Jubileo de la Misericordia Misericordiae

Misericordiae: La experiencia del perdón

Misericordiae-3-La-experiencia-del-perdón-PDFLa Confesión, el sacramento de la Reconciliación

Reflexiones tomadas del subsidio pastoral La Confesión, el sacramento de la Reconciliación (Colección Misericordiosos como el Padre, Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización)

La experiencia del perdón

Cuando recibimos el perdón de alguien vivimos una experiencia de liberación y de paz interior.  Y es que el perdón es sanante para quien lo da y lo recibe.  El perdón genera comunión.  Con cuánta mayor razón es necesario para nuestra vida, ser perdonados por el amor misericordioso de Dios.

En este Año Santo estamos invitados a acercarnos al sacramento de la reconciliación para recibir el perdón que Dios quiere concedernos por su amor misericordioso, especialmente a través de las indulgencias plenarias.

«El sacramento de la Reconciliación es un sacramento de curación.  Cuando yo voy a confesarme es para curarme, curarme el alma, curarme el corazón por algo que hice y no está bien». 

Catequesis del 19 de febrero de 2014.

1. ¿Necesitamos ser perdonados?

¿Hay la conciencia, en los hombres de nuestro tiempo, de la necesidad de recibir el perdón de Dios?  Lamentablemente constatamos que en muchos casos no la hay.  Y es que se ha perdido el sentido del pecado, de que somos pecadores y por ello es muy difícil reconocer que necesitamos de la misericordia de Dios para con nosotros.

«La ilusión de la omnipotencia humana que el progreso tecnológico parece inspirar, el impulso del mito de la eterna juventud, la ostentación del bienestar, la eficiencia y la productividad, únicos criterios de referencia social, conducen a una visión alienada y alienante del hombre y de la vida.  En ella cualquier límite representa un “mal” por el simple hecho de que frena el camino hacia la libertad sin otras referencias que la afirmación de sí mismo contra todos y contra todo.

Entonces la confesión del propio pecado suena a debilidad, y la invocación del perdón hacia Dios se considera un rito humillante del cual tomar distancia.  No se cree más en la misericordia de Dios porque no se tiene más conciencia del pecado, y no se tiene más conciencia del pecado porque subyace en nosotros la convicción de que no existe ninguna noción objetiva del bien o del mal».

2. La experiencia del perdón de los pecados

«Celebrar el sacramento de la Reconciliación significa ser envueltos en un abrazo afectuoso: es el abrazo de la infinita misericordia del Padre». 

Papa Francisco, Catequesis del 19 de febrero de 2014.

Reconocer el mal en la propia vida es aceptar la propia fragilidad y esto es el primer paso para vivir la verdad de nosotros mismos.  Esta experiencia precede a la de acercarnos a pedir perdón por ello, y ésta a la experiencia de recibir el perdón por nuestros pecados en el sacramento de la reconciliación donde «la ‘alegre noticia’ sobre el perdón de los pecados se hace realidad.

El perdón de los pecados, se trata de una experiencia de gratuidad.  El perdón de Dios no puede ser conquistado, sino solo implorado y recibido: ello, ciertamente, es el don que alcanza el hombre por medio de Cristo.

El perdón de los pecados es experiencia de luz que la encuentra en el Crucificado y Resucitado que es el centro adecuado del cual partir para comprender al hombre, la historia y el mundo.

El perdón de los pecados es la experiencia de la verdad.  El pedido reiterado del perdón de Dios pone en vigilancia la conciencia del cristiano sobre la verdad de la propia condición de pecador… El sacramento de la reconciliación certifica que hay, indudablemente, un misterio del mal que nos supera y frente al cual deberíamos cultivar siempre una actitud vigilante, con humildad, lucidez y prudencia, sin la fantasía de querer comprenderlo y dominarlo con nuestra sola razón.

El perdón de los pecados es una experiencia regeneradora que renueva la gracia del bautismo y consagra como tarea constante el camino personal y eclesial de la conversión…  Para el creyente, el sacramento de la Reconciliación es un sacramento de curación que lo acompaña en el seguimiento de Cristo, sosteniéndolo en el camino señalado ante la propia fragilidad y debilidad.

El perdón de los pecados es una experiencia de comunión.  Este sacramento nos reconcilia con la Iglesia.  El pecado menoscaba o rompe la comunión fraterna.  El sacramento de la penitencia la repara o la restaura.  En este sentido, no cura solamente al que se reintegra en la comunión eclesial, tiene también un efecto vivificante sobre la vida de la Iglesia que ha sufrido por el pecado de uno de sus miembros.  (Catecismo de la Iglesia Católica, 1469)».

3. Las palabras del perdón

¿Alguna vez te has detenido a meditar en las palabras que el sacerdote pronuncia cuando perdona tus pecados?  Aquí te ofrecemos unas reflexiones sobre ellas, para ayudarte a comprender cada vez mejor lo que vives en esos momentos donde recibes a través de estas palabras, el perdón de Dios.

«Dios, Padre misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por la muerte y la resurrección de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz.  Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». 

Catecismo de la Iglesia Católica, 1449

«Dios, Padre de misericordia, que ha reconciliado al mundo consigo…

El deseo y la garantía de ser perdonados, el arrepentimiento, la reparación del mal causado, para el creyente son siempre posibles porque se apoya sobre esta inquebrantable certeza de fe: la misericordia de Dios, dirigida a cada uno y a todo el mundo…  Es el Padre quien nos reconcilia consigo, la iniciativa es ante todo suya.  La misericordia tiende a la comunión.  La misericordia donada por Dios reconstruye y hace más fuerte las relaciones débiles o interrumpidas por el pecado: ella cubre al penitente abriendo espacio al abrazo y al encuentro del Padre.

…por la muerte y la resurrección de su Hijo…

El momento culminante de esta obra reconciliadora cumplida por el Hijo de Dios es la ofrenda de su vida en la cruz, cuando por todos nosotros ha implorado y obtenido el perdón del Padre (Lc 23,23).  Por esto, el cristiano no tiene miedo de hacer su examen de conciencia y realizar una confesión abierta, porque actúa a partir de la certeza de que la salvación ya fue ofrecida por el Señor.

Por la muerte de Jesús, renacemos a una vida nueva, que se nos otorga en el bautismo.  La vida nueva bautismal no anula la fragilidad de la naturaleza humana, por eso, el camino del cristiano está señalado por la dolorosa experiencia del pecado y exige el continuo perdón de Dios en el sacramento de la reconciliación.

…y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados…

La remisión de los pecados obtenida por la muerte de Jesús en la cruz alcanza a cada cristiano por la fuerza del Espíritu Santo enviado por Dios a través del Resucitado.

…te conceda mediante el ministerio de la Iglesia…

El perdón que Dios ofrece al pecador… no solo se realiza en lo profundo del corazón, sino que también es recibido en el seno de la Iglesia y mediante ella».  Por eso se recibe a través de un sacerdote, que tiene la autoridad delegada de hacerlo, al haber recibido el orden sacerdotal de un obispo.

…el perdón y la paz…

La paz es el éxito final de la acción salvífica que deriva de la misericordia del Padre.  Ella es el fruto del perdón y de la reconciliación con Dios obtenidos mediante la confesión de los propios pecados.  No se trata simplemente de la paz psicológica.  Es la paz que el Espíritu Santo infunde en los discípulos del Señor donándoles a ellos el coraje y la vitalidad para el anuncio y el testimonio del evangelio.

…y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

El gesto de la imposición de las manos con las que el sacerdote acompaña las palabras de la absolución significa la efusión del Espíritu Santo por la remisión de los pecados, la reconciliación y la comunión con el Señor.

El sacramento de la penitencia no obra solo la “cancelación” de los pecados; está también destinado a suscitar en quien lo recibe la voluntad de cambiar de mentalidad y la orientación de la vida, un camino de conversión que solo el Espíritu puede guiar y sostener.

El “Yo” inicial en posición enfática señala que aquel que está hablando no lo hace en nombre propio, sino en cuanto depositario de la autoridad de perdonar los pecados que el Señor les ha confiado a los apóstoles y a sus sucesores.  En él actúa y están actuando el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

La absolución de los pecados no es un gesto mecánico, casi mágico: ella es la gracia que penetra en el pecador abriéndole el corazón, la mente y la voluntad para una vida de comunión con Dios».

«Alguno puede decir: “Yo me confieso solamente con Dios”.  Sí, tú puedes decir a Dios: “Perdóname”, y decirle tus pecados.  Pero nuestros pecados son también contra nuestros hermanos, contra la Iglesia y por ello es necesario pedir perdón a la Iglesia y a los hermanos, en la persona del sacerdote.  “Pero, padre, ¡me da vergüenza!”.  También la vergüenza es buena, es ‘salud’ tener un poco de vergüenza…  nos hace más humildes.  Y el sacerdote recibe con amor y con ternura esta confesión, y en nombre de Dios perdona…  ¡Esto es lo hermoso de la Confesión!». 

Catequesis del 19 de febrero de 2014.