Camino hacia Dios

231. ¿Cómo me ayuda María a vivir mi fe?

CHD 231 ENCABEZADO

CHD 231 may2013 Cómo me ayuda María a vivir mi fe INTERIORIZANDO pdf CHD 231 may2013 Cómo me ayuda María a vivir mi fe pdfEl Año de la fe nos ofrece una excelente oportunidad para dejarnos iluminar con el ejemplo de Santa María, Madre de la fe.  «¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!»[1] exclama Isabel al recibir la visita de la Madre de Dios.  Esta bienaventuranza ha resonado en el seno de la Iglesia a lo largo de los siglos como un reconocimiento de la grandeza de la fe de María.

Cuando volvemos nuestra mirada interior a la Virgen María, se nos ofrecen dos reflexiones que tienen que ver directamente con nuestra propia vida de fe.  Por un lado, podemos preguntarnos: ¿cuál es el origen de la veneración que en la Iglesia le damos a Santa María?  ¿Cómo es que Ella se ha constituido en guía y auxilio para nuestra vida cristiana?  Por otro lado, la Virgen María es modelo de fe y, en este sentido, profundizar en su ejemplo y testimonio nos ayuda a crecer en nuestra vida cristiana.

¿Por qué veneramos a María?

En alguna ocasión podemos haber escuchado decir que los católicos somos idólatras porque ponemos a la Virgen María al mismo nivel que a Dios.  Una afirmación como ésta desconoce la enseñanza de la Iglesia sobre Santa María así como las actitudes que nos invita a tener con la Madre de Jesús.

En primer lugar es fundamental comprender que el lugar que tiene María en la vida cristiana de los discípulos del Señor Jesús brota de la misma fe.  «El papel de María con relación a la Iglesia es inseparable de su unión con Cristo, deriva directamente de ella»[2] h—nos enseña el Catecismo—.  Es Cristo mismo quien nos ha señalado a su Madre.  Él nos ha invitado a amarla como hijos suyos y a ver en Ella un ejemplo a seguir.  El pasaje de la crucifixión que nos trae el Evangelio de San Juan es elocuente: «Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Clopás, y María Magdalena.  Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”.  Luego dice al discípulo: “Ahí tienes a tu madre”.  Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa»[3].

Desde los primeros siglos de su peregrinar, la Iglesia recibió este pasaje evangélico como una clara indicación del Señor Jesús a la que los cristianos debemos adherirnos con fe.  Porque creemos en el Señor Jesús creemos también lo que Él nos dice.  Así lo entendieron los apóstoles y los primeros discípulos, como se puede ver en los Hechos de los Apóstoles[4].  Esa misma fue la fe que recibieron y profundizaron los Padres de la Iglesia y la que desde entonces se ha transmitido de generación en generación en la Tradición eclesial.  Esa es la fe de la Iglesia que el Magisterio ha custodiado y enseñado ininterrumpidamente.

Sobre esta base sólida, pues, creemos con fe firme que Dios escogió desde todos los tiempos a una Mujer para que sea la Madre virginal de su Hijo; que Ella cooperó con fe y obediencia ejemplares a la obra de la reconciliación; que por designio del mismo Jesús, así como es Madre de Cristo Cabeza, Ella es también Madre de todos los hombres que forman el Cuerpo de Cristo; que desde su Asunción al Cielo Ella sigue intercediendo por nosotros ante su Hijo y es modelo acabado de virtud y ejemplo para nuestra vida cristiana.  Por ello, nos dice el Concilio Vaticano II, «la Iglesia no duda en confesar esta función subordinada de María, la experimenta continuamente y la recomienda a la piedad de los fieles para que, apoyados en esta protección maternal, se unan con mayor intimidad al Mediador y Salvador»[5].

En el cántico del Magnificat, la Virgen Madre dice de sí misma: «todas las generaciones me llamarán bienaventurada porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí»[6].  Con humildad, Ella misma reconoce las maravillas que el Señor ha obrado a través suyo y que serán causa de alegría y devoción para todas las generaciones.  Así, pues, «la piedad de la Iglesia hacia la Santísima Virgen es un elemento intrínseco del culto cristiano»[7].  Al respecto nos enseña el Catecismo una distinción muy importante: «La Santísima Virgen “es honrada con razón por la Iglesia con un culto especial.  Y, en efecto, desde los tiempos más antiguos, se venera a la Santísima Virgen con el título de ‘Madre de Dios’, bajo cuya protección se acogen los fieles suplicantes en todos sus peligros y necesidades […] Este culto […] aunque del todo singular, es esencialmente diferente del culto de adoración que se da al Verbo encarnado, lo mismo que al Padre y al Espíritu Santo, pero lo favorece muy poderosamente” (Lumen gentium, 66)»[8].

Los católicos, pues, no adoramos a María.  Dios —Padre, Hijo y Espíritu Santo— es el único a quien rendimos adoración pues es el único Dios.  A María le profesamos veneración, un profundo amor de hijos siguiendo la indicación del mismo Jesús y buscamos acoger en nuestra vida la función dinámica que Ella, por designio de Dios, tiene en la vida de todo cristiano.

El Año de la fe es un tiempo de gracia para profundizar en lo que nos enseña la fe de la Iglesia sobre Santa María y su lugar en la obra de la reconciliación[9], así como para renovarnos en nuestra adhesión al sendero de la piedad filial que el Señor Jesús nos invita a recorrer como un camino de amor y de encuentro pleno con Él.

María nos precede en la fe

El segundo aspecto en el que podemos detenernos es en considerar el ejemplo de María, particularmente como modelo de fe.  El Papa Benedicto XVI hace una magnífica síntesis que nos muestra cómo toda la vida de la Virgen está construida sobre el sólido cimiento de la fe: «Por la fe, María acogió la palabra del Ángel y creyó en el anuncio de que sería la Madre de Dios en la obediencia de su entrega (ver Lc 1,38).  En la visita a Isabel entonó su canto de alabanza al Omnipotente por las maravillas que hace en quienes se encomiendan a Él (ver Lc 1,46-55).  Con gozo y temblor dio a luz a su único hijo, manteniendo intacta su virginidad (ver Lc 2,6-7).  Confiada en su esposo José, llevó a Jesús a Egipto para salvarlo de la persecución de Herodes (ver Mt 2,13-15).  Con la misma fe siguió al Señor en su predicación y permaneció con Él hasta el Calvario (ver Jn 19,25‑27).  Con fe, María saboreó los frutos de la Resurrección de Jesús y, guardando todos los recuerdos en su corazón (ver Lc 2,19.51), los transmitió a los Doce, reunidos con ella en el Cenáculo para recibir el Espíritu Santo (ver Hch 1,14; 2,1-4)»[10].

La respuesta de fe de Santa María es, pues, para todos nosotros modelo de adhesión dócil y obediente al Plan de Dios.  Ella «realiza de la manera más perfecta la obediencia de la fe», y por ello «la Iglesia venera en María la realización más pura de la fe»[11].

Todo esto nos lleva a preguntarnos: ¿qué puedo hacer para profundizar en la fe que he recibido?  Siendo la fe un don —recibido en nuestro Bautismo— requiere sin embargo de nuestra adhesión personal y del asentimiento libre a toda la verdad que Dios nos ha manifestado[12].  Este camino de crecimiento y profundización en la fe se alimenta constantemente de la oración en la que, como aquel hombre del Evangelio, pedimos: ¡creo, Señor, pero aumenta nuestra fe![13]  En este camino el ejemplo y modelo de nuestra Madre María es un auxilio permanente.  Por un lado, Ella sigue intercediendo por nosotros, buscando que el Señor Jesús crezca en el corazón de cada uno de sus hijos.  Por ello pidamos su intercesión, no dudemos en poner bajo su manto maternal nuestras intenciones y preocupaciones.  Por otro lado, su propia vida de fe, de la que nos da cuenta la Sagrada Escritura, es una fuente de meditación en la que encontraremos aliento y guía para nuestro propio camino.

Santa María nos precede en la fe y nos da ejemplo de haber construido su existencia sobre la roca firme de la fe[14].  Ella creyó lo que el Señor le reveló, guardó y meditó en su corazón inmaculado la Palabra de Dios y buscó siempre ponerla por obra.  No encontramos separación alguna entre lo que María cree y lo que vive.  Por el contrario, Ella es modelo de una vida unificada en la fe que anuncia con todo su ser que Jesús es el Salvador del mundo.


Citas para la oración

  • El Señor Jesús nos señala a su Madre: Jn 19,25-27; Lc 11,27-28.
  • La fe de Santa María: Lc 1,38; 1,45.46-55.
  • María guarda y profundiza la fe en su Corazón: Lc 2,19.51.
  • Edificar la propia vida sobre la roca de la fe: Mt 7,24-27; Lc 6,47-49.

Preguntas para el diálogo

  1. ¿Conoces y profundizas en lo que la fe de la Iglesia nos enseña sobre Santa María y sobre su lugar en la historia de nuestra reconciliación?
  2. En tu vida espiritual, ¿qué lugar tiene el amor filial a María? ¿Eres obediente a las palabras del Señor Jesús que nos señala a María?
  3. ¿Le pides a María que interceda por ti y te ayude a crecer en tu vida de fe? ¿Meditas y profundizas en tu corazón el testimonio de fe de nuestra Madre?
  4. ¿Vives una fe integral como María? ¿Tu fe se hace vida cotidiana?  ¿La fe ilumina y se expresa en todo lo que haces?

Trabajo de interiorización

Lee el siguiente texto del Concilio Vaticano II:

«Enriquecida desde el primer instante de su concepción con el resplandor de una santidad enteramente singular, la Virgen Nazarena, por orden de Dios, es saludada por el ángel de la Anunciación como «llena de gracia» (ver Lc 1,28), a la vez que ella responde al mensajero celestial: «He aquí la sierva del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38).  Así María, hija de Adán, al aceptar el mensaje divino, se convirtió en Madre de Jesús, y al abrazar de todo corazón y sin entorpecimiento de pecado alguno la voluntad salvífica de Dios, se consagró totalmente como sierva del Señor a la Persona y a la obra de su Hijo, sirviendo con diligencia al misterio de la redención con Él y bajo Él, con la gracia de Dios omnipotente.  Con razón, pues, piensan los Santos Padres que María no fue un instrumento puramente pasivo en las manos de Dios, sino que cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres.  Como dice San Ireneo, “obedeciendo, se convirtió en causa de salvación para sí misma y para todo el género humano”.  Por eso no pocos Padres antiguos afirman gustosamente con él en su predicación que “el nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María; que lo atado por la virgen Eva con su incredulidad, fue desatado por la virgen María mediante su fe”» (Lumen gentium, 56).

  • ¿Qué dice el texto sobre la fe de María?
  • ¿Qué elementos señala el texto que te pueden ayudar a vivir mejor tu fe?

 Medita el pasaje de la Anunciación-Encarnación (Lc 1,36-38) y a la luz de este texto:

  • ¿Qué actitudes ves en María?
  • ¿Por qué María puede responder al pedido de Dios?

A la luz de la meditación, haz algunas resoluciones concretas que te dispongan a crecer en tu respuesta de fe.


[1] Lc 1,45.

[2] Catecismo de la Iglesia Católica, 964.

[3] Jn 19,25-27

[4] Ver Hch 1,14; Ver también Lumen gentium, 59.

[5] Lumen gentium, 62.

[6] Lc 1,48-49.

[7] Pablo VI, Marialis cultus, 56.

[8] Catecismo de la Iglesia Católica, 971.

[9] Para profundizar en ello puedes leer: Lumen gentium, cap VIII (nn.  52-69); Catecismo de la Iglesia Católica, nn.  484-511; 963-975; Juan Pablo II, El Credo, Tomo V (La Madre del Redentor), Vida y Espiritualidad, Lima 1999, pp.  79ss.

[10] Benedicto XVI, Porta fidei, 13.

[11] Catecismo de la Iglesia Católica, 148-149.

[12] Ver Catecismo de la Iglesia Católica, 150.

[13] Ver Mc 9,24.

[14] Ver Lc 6,47-49.