Camino hacia Dios

23. El silencio

CHD 023 Encabezado

CHD 023 El silencio PDFPara el hombre hodierno, acostumbrado al cambio acelerado, a la idolatría de la novedad, a la superficialidad y a la evasión como forma usual de vida, a vivir envuelto por todo tipo de seducciones, ilusiones y engaños, poco tiempo le queda para entrar en sí mismo.  El ruido y el bullicio de la vida moderna ya no son solamente una característica exterior de la sociedad contemporánea, sino que también han penetrado al interior del propio hombre.  Ya no hay lugar para el recogimiento y la vida interior, pues el fragor y la dispersión de la rutina cotidiana van acaparando cada vez más los pocos espacios que aún le quedan al ser humano.

Parecería como si los hombres y mujeres de nuestro siglo tuviéramos un terrible horror al silencio, un secreto pavor a descubrirnos carentes de la “seguridad” que nos proporciona la agitación y la bulla de la vida moderna.  De ahí que, muchas veces, el silencio sea visto como una especie de amenaza para la persona.

Se hace necesario, pues, recuperar una dimensión tan importante para la realización plena del ser humano como es el silencio.

La escuela del silencio

El silencio del que estamos hablando no consiste en quedarse callado, en no hablar.  No es una ausencia ni tampoco una mera actitud pasiva.  Tampoco se trata de una actitud exterior, pasajera y momentánea.  Es algo muchísimo más rico, más profundo.  Es un estado armónico de nuestras facultades, un estilo interior y constante.  Es un silencio rico en presencia que le abre al ser humano las puertas de la comprensión de sí mismo y lo dispone para acoger el don de la reconciliación.  Es una disposición del espíritu que nos posibilita escuchar la voz de Dios, nuestra propia voz interior, a los demás, así como el lenguaje de la creación.

Escuchando la voz de Dios

El silencio siempre ha significado para el hombre un ámbito privilegiado de encuentro y comunión con el Señor.  En efecto, el silencio nos abre a la vivencia de una dimensión de acogida y reverencia que nos capacita para el encuentro con Dios por su Palabra.  El Señor Jesús es el Verbo Encarnado, la Palabra del Padre que se hace uno de nosotros para devolvernos la semejanza perdida, para restablecer la comunicación con Dios rota por el pecado.  El Reconciliador de los hombres se manifiesta en el corazón silencioso del creyente, en ese corazón que aprende a callar, a silenciar su propia palabra para escuchar la Palabra por excelencia.

El silencio nos dispone para el encuentro con Dios en la oración personal y comunitaria, así como en las actividades ordinarias de cada día, mediante la reverencia y la actitud oyente.  El silencio nos permite escuchar a Aquel que incansablemente toca la puerta de nuestro corazón, esperando que alguien le abra[1].

Camino de plenificación personal

En el silencio, el ser humano encuentra también un marco eficaz para redescubrirse a sí mismo y el sentido de su existencia.  El silencio aparece así como un excelente medio para recuperar el recto dominio personal, el equilibrio, la paz y la armonía interior.

Silenciando nuestros desórdenes, rescatamos el uso de nuestras facultades y potencias, heridas por el pecado.  Mediante la práctica del silencio, éstas se apartan de la ilusión y de la mentira hacia las cuales están habituadas a dirigirse por esa grave distorsión que es el pecado, para pasar del laberinto del extravío, el desorden y la falsedad a una dinámica de verdad y autenticidad, de realización humana y marcha ascendente hacia la recuperación de la semejanza perdida.

El ejercicio del silencio busca conducir nuestros hábitos inconscientes e involuntarios a un nivel voluntario, consciente y responsable, de manera que se tornen en opciones libres, orientadas al cumplimiento del divino Plan.  Por eso el silencio es también una pedagogía de la voluntad.

El silencio aparece, pues, como condición esencial para iniciar un trabajo serio sobre uno mismo en la línea de reorientar nuestros dinamismos fundamentales, desordenados por la ruptura del pecado.

Hacia la comunión fraterna

El hombre es un ser para el encuentro.  El silencio no sólo me posibilita encaminarme hacia el encuentro con Dios; también es un espacio apropiado para vivir la comunión fraterna.  El silencio, al ayudarme a restaurar mi yo profundo, me permite autoposeerme en libertad y, desde esa autoposesión, proyectarme a los demás en un dinamismo amorizante, análogo al dinamismo de encuentro con Dios, impreso en el corazón humano.

La práctica constante del silencio constituye una valiosísima manera de reorientar mis capacidades hacia la comunicación en autenticidad y libertad.  La vivencia del silencio no sólo me facilita la recuperación del recto sentido del lenguaje tan devaluado en nuestros días, sino que reorienta todo mi ser —mis gestos y actitudes, mi capacidad de escucha y acogida—, abriéndome así a la comunicación total e integral con los demás.

El lenguaje de lo creado

«Las cosas sencillas entre las que nos movemos —escribía el gran teólogo suizo Hans Urs von Balthasar— han perdido en buena medida su lenguaje.  Y nosotros, que ya no oímos su palabra, parecemos analfabetos ante el libro de la creación»[2].  Tan acostumbrados estamos a manipular las cosas, a ejercer nuestro dominio sobre ellas, que nos hemos hecho incapaces de escuchar el misterioso lenguaje de las cosas creadas.

El silencio nos ayuda a recuperar esa fineza de espíritu, esa sensibilidad interior que nos hace comprender el transparente y sencillo idioma del símbolo, la fuerza afirmativa de los signos, el lenguaje innato de la creación.

María, mujer del silencio

En Santa María, sus hijos encontramos un ejemplo claro y cercano donde aprender a vivir el silencio.  Su vida entera está entretejida por el fino tramado de la reverencia amorosa, la escucha atenta, la fineza de espíritu, la disponibilidad total, la acogida generosa, la docilidad ante las mociones del Espíritu Santo…  Ella, mejor que nadie, supo hacer de su existencia toda un auténtico gesto litúrgico, viviendo el camino plenificador y humanizante del silencio.


Para meditar

  • El silencio, ámbito de encuentro y comunión con el Señor: 1Re 19,11-13; Sal 4,5-6; Sab 18,14-15; Lam 3,25-26; Hab 2,20; Sof 1,7.
  • El silencio y la armonía interior: 1Pe 3,3-4.


[1] Ver Ap 3,20.

[2] Hans Urs von Balthasar, Prólogo a Egon Kapellari, Signos sagrados, Herder, Barcelona 1990, p. 8.