Camino hacia Dios

229. ¿Por qué es importante el Bautismo?

Venimos reflexionando sobre el don de la fe que como cristianos hemos recibido y que estamos llamados a profundizar. Nos puede ayudar mucho, en este sentido, renovarnos en la consciencia de que la vida de la fe ha tenido un comienzo para nosotros. Hubo un momento concreto de nuestra historia en el cual atravesamos la “puerta de la fe”. Antes de ese día estábamos fuera de la comunión con Dios y del Cuerpo de Cristo; a partir de ese día todo cambió. Podríamos decir incluso que —utilizando el lenguaje de San Pablo— antes de ese día estábamos muertos por el pecado y en ese momento recibimos la verdadera vida: «Fuimos sepultados con Él (Cristo) por el Bautismo para participar en su muerte, para que, como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva»[1].

¿Dónde hemos recibido este don? En el Sacramento del Bautismo. Por ello en este Año de la fe, que estamos celebrando por iniciativa del Papa Benedicto XVI, resulta tan oportuno reflexionar en el significado que tiene el Bautismo para nuestra vida cristiana.

Un momento que lo cambió todo

Nuestro Bautismo se dio en un momento concreto de nuestra vida. Para una gran mayoría de católicos, este sacramento se realizó cuando éramos muy niños. Ese momento significó un cambio radical. En él experimentamos la acción de Dios que transformó lo más hondo de nuestro ser: fuimos sumergidos en la muerte de Cristo para resucitar con Él a una vida nueva. El recuerdo de ese momento único en nuestra vida nos lleva también a renovarnos en la inmensa riqueza de su significado.

El Bautismo se llama «baño de regeneración y de renovación en el Espíritu Santo»[2], nuevo nacimiento por el agua y el Espíritu, sin el cual nadie «puede entrar en el reino de Dios»[3]. El Catecismo de la Iglesia Católica cita un texto de San Gregorio Nacianceno que a través de una serie de conceptos nos invita a considerar la riqueza inmensa de este sacramento: «El Bautismo ―dice San Gregorio― es el más hermoso y maravilloso de los dones de Dios (…). Lo llamamos (…) don, puesto que se da a quienes no tienen nada; gracia, porque se otorga también a los culpables; bautismo, porque el pecado se entierra en el agua; unción, porque es sagrado y regio (el ungido es sagrado y rey); iluminación, porque es luz resplandeciente; vestido, porque cubre nuestra vergüenza; baño, porque nos lava; sello, porque nos conserva y es signo del señorío de Dios»[4].

Todo lo dicho por San Gregorio sucedió realmente en cada uno de nosotros el día que recibimos el Bautismo. Por ello, tal vez lo primero sea dar lugar a la gratitud. Gratitud a Dios por habernos reconciliado en Cristo y habernos hecho pasar de la muerte a la vida; gratitud a nuestros padres —si recibimos el bautizo de niños— por habernos dado el don de la vida y habernos participado el don de la fe; a nuestros padrinos que se comprometieron a ayudarnos a crecer en la fe; a nuestros catequistas y las personas por las que hemos conocido la fe, si es que recibimos de adultos el don bautismal.

El Bautismo y la vida cristiana

Haber cruzado la “puerta de la fe” supuso para todos nosotros «emprender un camino que dura toda la vida. Éste empieza con el bautismo (ver Rom 6,4), con el que podemos llamar a Dios con el nombre de Padre, y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna, fruto de la resurrección del Señor Jesús que, con el don del Espíritu Santo, ha querido unir en su misma gloria a cuantos creen en Él (ver Jn 17,22)»[5]. Es, pues, necesario comprender que nuestro Bautismo no sólo realizó cambios reales y radicales en nuestra vida sino que en ese momento recibimos como en semilla un don que está destinado a germinar y dar frutos, en nuestra vida cristiana.

Ahora bien, aunque el Bautismo nos borra el pecado original, perdona nuestros pecados si los habíamos cometido y nos da una vida nueva, quedan en nosotros unas consecuencias, unas secuelas que no desaparecen. Es algo que todos experimentamos y algunas veces tal vez nos cuesta comprender: ¿Por qué después del Bautismo seguimos experimentando con tanta fuerza la atracción del pecado? Y el Catecismo nos responde: «Por el Bautismo, todos los pecados son perdonados… No obstante, en el bautizado permanecen ciertas consecuencias temporales del pecado, como los sufrimientos, la enfermedad, la muerte o las fragilidades inherentes a la vida como las debilidades de carácter, etc., así como una inclinación al pecado que la Tradición llama concupiscencia»[6] y que nos llama al combate espiritual.

A partir del Bautismo, pues, comprendemos nuestra vida cristiana como un camino de lucha, en el que estamos llamados a prestar nuestra cooperación con la gracia de Dios para que la dinámica bautismal se haga realidad en cada momento de nuestra vida y así podamos ir construyendo una relación de amistad con Jesús. En otras palabras, de nuestro Bautismo brota un dinamismo que nos invita a vivir en Cristo, despojándonos de todo aquello que nos aparta del buen camino, y más bien revistiéndonos de todo aquello que permita «tener nosotros, como dice San Pablo, los sentimientos de Cristo Jesús… “que se hizo obediente hasta la muerte” (Flp 2,5-8)»[7].

Como se puede ver, todo esto resulta fundamental para nuestra vida espiritual, para el seguimiento fiel del Señor Jesús. En un sentido, podemos decir que todo se inició con nuestro Bautismo y que allí reside el origen de una vida en el Espíritu.

Vivir nuestros compromisos bautismales

Cada vez que, en el marco de la Semana Santa, participamos en la Vigilia Pascual renovamos nuestros compromisos bautismales. Así, de manera clara y muy simbólica, la Iglesia nos invita a remitirnos a nuestro Bautismo para animarnos y fortalecernos en el combate espiritual.

Somos rociados con el agua de la vida; recibimos la luz de la fe, simbolizada en los cirios que llevamos encendidos y que son participación de la luz del Cirio Pascual que es Cristo, Luz del mundo; renunciamos al pecado y a todas las obras del mal con un enérgico “sí, renuncio”; y renovamos nuestra adhesión a la fe de la Iglesia respondiendo “sí, creo” a los artículos del Credo.

Esta hermosa Liturgia, llamada la Madre de todas las liturgias, es una ocasión privilegiada para renovar nuestro compromiso por vivir como bautizados, es decir como hijos de Dios, como miembros del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, y como templos del Espíritu Santo.

En efecto, en nuestro Bautismo experimentamos un nuevo nacimiento que nos hizo “hijos de Dios”. Difícil explicar la riqueza de una expresión en apariencia tan sencilla. Tenemos ahí un horizonte de profundización y meditación que seguramente será de mucho provecho para nuestra vida espiritual. San Pablo, en un pasaje muy hermoso, dice que «al llegar la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley para redimir a los que estaban bajo la ley, para que recibiésemos el ser hijos por adopción. Y, puesto que somos hijos, envió Dios a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abba! ¡Padre!  De manera que ya no eres esclavo, sino hijo»[8].

Si soy hijo(a) de Dios, ¿vivo como tal? Si somos hijos de Dios e hijos de María, ¿soy obediente a la palabra de Jesús que me señala a su Madre y me pide que la ame como Él la ama? Aquí tenemos un camino espiritual concreto para avanzar, educados por María y con la fuerza del Espíritu, en nuestra configuración con el Señor Jesús.

Por otra parte, en Cristo hemos sido incorporados a su Cuerpo de manera que «así como el cuerpo, siendo uno, tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, con ser muchos, son un cuerpo único, así también Cristo. Porque todos nosotros hemos sido bautizados también en un solo Espíritu, para constituir un solo cuerpo»[9]. Somos llamados, pues, a vivir la unidad y la comunión como discípulos de Cristo, con Él y en Él.  La unidad y la comunión se fundan en la profunda relación que cada uno tiene con Jesús, ya que en Él todos somos hermanos e hijos de un mismo Padre. Si no vivimos una relación personal y viva con Jesús, difícilmente podremos ser artesanos de unidad y comunión.

Finalmente, el Bautismo nos hace templos del Espíritu Santo. En nuestro Bautismo fuimos ungidos con óleo santo. Ello es un símbolo externo de una realidad mucho más profunda: «Es Dios quien a nosotros y a ustedes nos confirma en Cristo y el que nos ha ungido; el que también nos ha sellado y ha depositado las arras del Espíritu en nuestros corazones»[10]. Dios ungió y selló nuestro interior con una huella indeleble y nos ha constituido en un templo espiritual en el que, gracias a la conformación con Cristo, habita la presencia de Dios. Ungidos por Dios, como bautizados somos hechos partícipes de la misión evangelizadora de Jesús de manera que podemos decir también nosotros con Él: «El Espíritu del Señor está sobre mí; por lo cual me ha ungido para evangelizar a los pobres, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos, y a proclamar el año de gracia del Señor»[11].


Citas para la oración

  • Jesús recibe el Bautismo de Juan: Mt 3,13ss; Mc 1,9-11; Lc 3,21-22.
  • Cristo instituye el Sacramento del Bautismo: Mc 1,8; Mt 3,12; Jn 1,33; Mt 28,19.
  • El Bautismo nos hace partícipes de la Muerte y Resurrección de Cristo: Rom 6,1-11; 2Cor 5,17.
  • Por el Bautismo nacemos a una vida nueva: Jn 3,5; Gal 3,26-27; Tit 3,5.
  • El Bautismo nos reconcilia del pecado: Hch 2,38; 22,16; Ef 5,25-26.
  • El Bautismo nos incorpora en la Iglesia: Hch 2,41; 1Cor 12,13.

Preguntas para el diálogo

  1. ¿Soy consciente de lo que significa el don del Bautismo en mi vida espiritual? ¿Qué puedo hacer para crecer en esa consciencia y aplicarla a mi vida?
  2. En mi vida cotidiana, ¿cómo vivo la dinámica bautismal que me invita a morir al pecado y vivir para Cristo? ¿De qué tengo que despojarme y de qué tengo que revestirme para configurarme con Jesús?
  3. ¿Cómo puedo renovarme en la vivencia de mis compromisos bautismales?
  4. ¿Qué implicancias tiene mi condición de bautizado con mi apostolado? ¿Cómo estoy viviendo el envío apostólico que recibe todo bautizado?

Trabajo de interiorización

1. Medita este texto de la Carta de San Pablo a los Romanos:

«¿Qué diremos, pues? ¿Que debemos permanecer en el pecado para que la gracia se multiplique? ¡De ningún modo! Los que hemos muerto al pecado ¿cómo seguir viviendo en él? ¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con Él sepultados por el Bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Porque si hemos hecho una misma cosa con él por una muerte semejante a la suya, también lo seremos por una resurrección semejante; sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con él, a fin de que fuera destruido este cuerpo de pecado y cesáramos de ser esclavos del pecado. Pues el que está muerto, queda librado del pecado. Y si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, sabiendo que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más, y que la muerte no tiene ya señorío sobre él. Su muerte fue un morir al pecado, de una vez para siempre; mas su vida, es un vivir para Dios. Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús» (Rom 6,1-11).

  • ¿Qué te dice el texto?
  • ¿Qué reflexiones y medios concretos puedes sacar para tu combate espiritual?

2. Lee este texto de San Juan Pablo II:

«Es importante subrayar el papel y el valor del bautismo para el ingreso en la comunidad eclesial. También hoy hay personas que manifiestan poco aprecio hacia ese papel, descuidando o aplazando el bautismo, particularmente en el caso de los niños. Ahora bien, según la tradición consolidada de la Iglesia, la vida cristiana se inaugura no simplemente con disposiciones humanas, sino con un sacramento dotado de eficacia divina. El bautismo, como sacramento, es decir, como signo visible de la gracia invisible, es la puerta a través de la cual Dios actúa en el alma ―también en la de un recién nacido― para unirla a sí mismo en Cristo y en la Iglesia. La hace partícipe de la Redención. Le infunde la “vida nueva”. La inserta en la comunión de los santos. Le abre el acceso a todos los demás sacramentos, que tienen la función de llevar a su pleno desarrollo la vida cristiana. Por esto, el bautismo es como un renacimiento, por el que un hijo de hombre se convierte en hijo de Dios». (Audiencia 25/3/1992)

  • ¿Cómo explicarías lo que dice el Papa en tus propias palabras?
  • ¿Qué implicancias tiene para tu vida cristiana y tu apostolado?

3.

«El Bautismo es el sacramento de la fe (ver Mc 16,16). Pero la fe tiene necesidad de la comunidad de creyentes. Sólo en la fe de la Iglesia puede creer cada uno de los fieles. La fe que se requiere para el Bautismo no es una fe perfecta y madura, sino un comienzo que está llamado a desarrollarse. Al catecúmeno o a su padrino se le pregunta: “¿Qué pides a la Iglesia de Dios?” y él responde: “¡La fe!”. En todos los bautizados, niños o adultos, la fe debe crecer después del Bautismo. Por eso, la Iglesia celebra cada año en la vigilia pascual la renovación de las promesas del Bautismo. La preparación al Bautismo sólo conduce al umbral de la vida nueva. El Bautismo es la fuente de la vida nueva en Cristo, de la cual brota toda la vida cristiana» (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1253-1254).

  • ¿Qué significa para mí que la “fe debe crecer después de Bautismo”?
  • ¿Qué estoy haciendo y qué debo hacer para vivir este horizonte de crecimiento y maduración del don de la fe?


[1] Rom 6,4. Ver Col 2,12; 2Tim 2,11.

[2] Tt 3, 5.

[3] Jn 3, 5.

[4] San Gregorio Nacianceno, Discursos, 40, 3-4. Ver Catecismo de la Iglesia Católica, 1214-1216.

[5] S.S. Benedicto XVI, Porta fidei, n. 1.

[6] Catecismo de la Iglesia Católica, 1263-1264.

[7] Juan Pablo II, Alocución en la Basílica del Sagrado Corazón de Montmartre, 1/6/1980, n. 3.

[8] Ver Gal 4,4-7.

[9] 1Cor 12,12-13.

[10] 2Cor 1,21-22.

[11] Lc 4,18-19. Ver Is 61,1-2.