Camino hacia Dios

210. La Dirección de San Pedro: un camino espiritual

CHD 210 ENCABEZADO

CHD 210 ago2011 La Dirección de San Pedro un camino espiritual INTERIORIZANDO PDF CHD 210 ago2011 La Dirección de San Pedro un camino espiritual PDFA muchos nos ha ocurrido que cuando deseamos algo con mucho ahínco ponemos todos los medios y esfuerzos necesarios para conseguirlo. Si la meta es grande, incluso se nos ocurren estrategias y modos de obrar con el fin de alcanzar con mayor facilidad lo que buscamos. Algo similar ocurre con la vida cristiana. Nuestra meta —lo sabemos bien— es alcanzar la santidad. Es decir, configurarnos con el Señor Jesús y alcanzar la plenitud de la caridad. Sin embargo, muchas veces erramos en el camino y somos negligentes en responderle al Señor. Si para alcanzar bienes materiales y muchas veces efímeros ponemos tanto empeño, ¿por qué no hacer lo mismo para alcanzar la santidad? Como sabemos bien por experiencia, no se trata sólo de poner esfuerzo y empeño. Es necesario saber hacerlo con inteligencia. Es decir, implica tener un camino, un método que nos ayude a conseguir nuestra meta.

Ahora bien, es necesario hacer aquí una precisión que es muy importante: por la naturaleza del fin que perseguimos en la vida cristiana, conseguir la meta de la santidad no depende sólo de nuestro esfuerzo. Por el contrario, lo fundamental es la gracia que Dios derrama sobre nosotros, sin la cual nada podríamos hacer para avanzar en ese camino hacia la santidad. Sabemos bien que la iniciativa es de Dios y que nosotros debemos cooperar con esa gracia divina. Se trata entonces de ser inteligentes y ordenados en nuestra lucha por la santidad, encauzar nuestros esfuerzos para crecer paso a paso, permitiendo que la fuerza divina vaya desarraigando los vicios propios de nuestro hombre viejo y revistiéndonos del hombre nuevo[1].

Un método para crecer en santidad

En su Segunda Carta, San Pedro nos propone precisamente un método para avanzar paso a paso por el camino de la santidad. La espiritualidad sodálite ha procurado profundizar en este camino espiritual propuesto por el Apóstol, a quien Jesús eligiera como roca de la fe y cabeza de la Iglesia. Esta Dirección de San Pedro, como se ha venido a llamar este pasaje, se encuentra en 2Pe 1,1-11, y nos invita a ser «partícipes de la naturaleza divina»[2], «poner todo empeño» para el crecimiento en las virtudes, y poder tener así «amplia entrada» en el Reino eterno. La Dirección de San Pedro, es importante resaltarlo, es un camino cristocéntrico. Es decir, «partiendo de la fe, conduce al encuentro con el Señor Jesús, tiene a Cristo como centro de toda su dinámica, y tiene como fin la configuración con Él, lo que significa además la armonía de nuestras facultades, de todo nuestro ser en sentido integral, en sus dimensiones corporal, psicológica y espiritual»[3].

El pasaje de la carta en el que encontramos la Dirección de San Pedro es de gran profundidad y riqueza. Nos recuerda que por medio de la gracia «nos han sido concedidas las preciosas y sublimes promesas»[4]. ¿De qué promesas habla el Apóstol? Nos habla de que no seremos ni «inactivos ni estériles para el conocimiento perfecto de nuestro Señor Jesucristo»[5]. Nos dice que «obrando así, nunca caeréis», y que «se os dará amplia entrada en el Reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo»[6]. En efecto, son promesas hermosas, que anhelamos todos. San Pedro nos habla también de la necesidad de huir «de la corrupción que hay en el mundo por la concupiscencia»[7], puesto que ella nos prueba y da lugar en nosotros al pecado[8].

Se trata, pues, de un camino en el cual Dios nos da la fuerza necesaria, nos acompaña en el combate espiritual, y nos invita a cooperar con la acción del Espíritu para dar frutos de santidad en nuestra vida. Como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, «el mérito del hombre ante Dios en la vida cristiana proviene de que Dios ha dispuesto libremente asociar al hombre a la obra de su gracia. La acción paternal de Dios es lo primero, en cuanto que Él impulsa, y el libre obrar del hombre es lo segundo en cuanto que éste colabora, de suerte que los méritos de las obras buenas deben atribuirse a la gracia de Dios en primer lugar, y al fiel, seguidamente»[9]. Esa cooperación con la gracia se da, de modo concreto, en el empeño que debemos poner para avanzar en el camino de la virtud.

De virtud a virtud

Todo método tiene pasos, una secuencia, un camino con etapas. En el caso de la Dirección de San Pedro, los pasos que propone nos ayudan a responder con orden y sentido a la gracia que Dios derrama sobre nosotros. De este modo, nuestros esfuerzos serán mejor encauzados, y podemos avanzar con mayor seguridad hacia la meta a la que el Señor nos llama. Estos pasos, o escalones, son una serie de virtudes interconectadas entre sí, originada en la fe y cuya meta es la caridad. La Dirección de San Pedro tiene como núcleo los versículos 5 al 7, donde el Apóstol nos sugiere, a partir de la fe, una auténtica escalera espiritual, que tiene como pasos la virtud, el conocimiento, la templanza o dominio propio, la tenacidad o paciencia nutrida de esperanza, la piedad, el amor fraterno y la caridad. Esos son los pasos que debemos dar, los escalones por los cuales vamos subiendo hacia la meta: la perfección de la caridad[10]. Son virtudes claves en la vida cristiana, a tal punto que —nos dice San Pedro— «quien no las tenga, es ciego y corto de vista: ha echado al olvido la purificación de sus pecados pasados»[11].

Poniendo todo nuestro empeño

Es importante recordar que San Pedro nos invita a poner nuestro mejor empeño[12] en este camino espiritual. Si cooperamos con la gracia divina, abriéndonos a la fuerza transformante del Espíritu Santo, alcanzaremos las virtudes señaladas por San Pedro, teniéndolas «en abundancia»[13]. Recordemos que el Apóstol nos pide huir de la concupiscencia. Eso, de por sí, implica ya una decisión libre y consciente de nuestra parte, y es consecuencia del compromiso que hemos asumido con Dios, en nuestro Bautismo, de renunciar a Satanás y a todas sus seducciones. Ahora bien, es sabido que en un viaje no basta con evitar los malos caminos; es necesario avanzar por el buen camino, recorrer las buenas sendas. De igual manera, en el deporte no basta con no lesionarse, o no perder la concentración; es fundamental fortalecerse, adquirir y mejorar las habilidades, elaborar estrategias.

En este sentido, San Pedro nos exhorta: «poned el mayor empeño»[14]. Nuestro empeño, en comparación con la fuerza de Dios, puede parecer algo poco significativo. Sin embargo, no es auténticamente cristiana una actitud pasiva, indiferente ante la generosa gracia de Dios. La tierra buena de la que nos habla Jesús en su parábola[15] se hace fértil por la escucha de la Palabra de Dios y por ponerla en obra, de modo que la semilla de salvación que ella porta pueda crecer y fructificar el ciento por uno. Por tanto, junto a la convicción de que primero está siempre la gracia de Dios, debemos poner cuanto esté a nuestro alcance para que esa gracia no caiga en saco roto.

Interioricemos la exhortación de San Pedro: «Por tanto, hermanos, poned el mayor empeño en afianzar vuestra vocación y vuestra elección por las buenas obras»[16]. La Dirección de San Pedro es un camino espiritual que nos invita a poner nuestro mayor empeño en cooperar con la gracia de Dios. Así, paso a paso, transformados interiormente por el Espíritu divino, iremos despojándonos de nuestros vicios y pecados —del hombre viejo— y revistiéndonos de las virtudes del hombre nuevo que es Cristo, hasta alcanzar en Él la perfección de la caridad.


PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO

  1. ¿Soy consciente de que mi vida espiritual necesita un orden, una estrategia, un método?
  2. ¿Qué es la Dirección de San Pedro? ¿De qué forma me puede ayudar en el camino hacia la santidad? ¿Conozco las virtudes que San Pedro me recomienda vivir?
  3. ¿Confío en las promesas divinas? ¿Soy consciente de todo lo que el Señor Jesús ha hecho y hace hoy por mi salvación?
  4. ¿Qué tanto me esfuerzo por cooperar con la gracia que el Señor siempre está derramando en mi corazón? ¿Qué tanto me esfuerzo por vivir las virtudes de la Dirección de San Pedro?
  5. ¿Estoy dispuesto a vivir los medios necesarios para alcanzar la santidad, poniendo todo mi empeño en esa tarea?

CITAS PARA LA ORACIÓN

  • La Dirección de San Pedro: 2Pe 1,1-11.
  • Ser partícipes de la naturaleza divina: 1Jn 4,8.16; 2Pe 1,4b; Ef 1,3-13.
  • Alcanzar la semejanza con Cristo: Col 1,15; Rom 8,29.
  • Crecer hasta la plenitud de la caridad: 1Cor 13; Jn 15,12-13; Flp 2,5ss.
  • Huir de la concupiscencia: 2Pe 1,4c; Sab 4,1; Stgo 1,14-15; 1Jn 2,16-17.
  • Despojarnos del hombre viejo y revestirnos del hombre nuevo: Col 3,5-17; Ef 4,17-32.
  • Poner todo nuestro empeño: 2Pe 1,5.10a; 2Tim 2,4-6; 1Cor 9,25.

INTERIORIZANDO

«La virtud es una disposición habitual y firme a hacer el bien. Permite a la persona no sólo realizar actos buenos, sino dar lo mejor de sí misma. Con todas sus fuerzas sensibles y espirituales, la persona virtuosa tiende hacia el bien, lo busca y lo elige a través de acciones concretas. El objetivo de una vida virtuosa consiste en llegar a ser semejante a Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1803b ).

  • ¿Qué tan virtuosa es mi vida? Es decir, ¿qué tan habitual y firme es mi disposición por hacer el bien?
  • ¿Doy lo mejor de mí mismo en las actividades de la vida cotidiana? ¿Elijo siempre el bien?
  • ¿Soy consciente de que puedo llegar a ser semejante a Dios, si es que coopero con su gracia por medio de las buenas obras?

 

«Con la ayuda de Dios [las virtudes] forjan el carácter y dan soltura en la práctica del bien. El hombre virtuoso es feliz al practicarlas. Para el hombre herido por el pecado no es fácil guardar el equilibrio moral. El don de la salvación por Cristo nos otorga la gracia necesaria para perseverar en la búsqueda de las virtudes. Cada cual debe pedir siempre esta gracia de luz y de fortaleza, recurrir a los sacramentos, cooperar con el Espíritu Santo, seguir sus invitaciones a amar el bien y guardarse del mal» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1810b-1811).

  • ¿Tengo consciencia de la fuerza negativa del pecado en mi vida? ¿Estoy dispuesto(a) a romper con el pecado? ¿Realmente he renunciado a Satanás y a todas sus seducciones? ¿Amo el bien y me guardo del mal?
  • ¿Pido a Dios su ayuda para vivir las virtudes? ¿Anhelo forjar mi carácter de tal forma que yo pueda tener “soltura en la práctica del bien”?
  • ¿Recurro a los sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía para recibir la gracia divina, necesaria para avanzar en el camino de las virtudes? ¿Qué medios debo poner para hacerlo con constancia?

 

Respecto de la invitación a recorrer una escalera espiritual de virtudes, San Beda el Venerable comenta que San Pedro «nos llama seriamente a realizar todo esfuerzo en esto, porque la persona que es fofa o negligente en su trabajo se hermana con aquel que destruye sus obras»[17]. Por su parte, un anciano Padre del Desierto advertía que: «No avanzamos en la virtud porque no conocemos nuestras limitaciones y porque no tenemos paciencia en las obras que emprendemos. Queremos alcanzar la virtud sin esfuerzo alguno»[18].

  • ¿Soy fofo(a) y negligente en mi trabajo por conquistar la santidad? ¿Soy consciente de que “el que no avanza, retrocede”?
  • ¿Conozco mis limitaciones? ¿Qué tanto vivo la humildad y soy paciente conmigo mismo (a)?
  • ¿Estoy dispuesto(a) a pedir ayuda a personas idóneas, en vistas a desterrar de mi vida los vicios y pecados? Con sinceridad, ¿pongo todo mi empeño en la vivencia de la Dirección de San Pedro?


[1] Ver Col 3,5-17; Ef 4,17-32.

[2] 2Pe 1,4.

[3] Kenneth Pierce, La escalera espiritual de San Pedro, Fondo Editorial, Lima 2010, pp. 72-73

[4] 2Pe 1,4a.

[5] 2Pe 1,8.

[6] 2Pe 1,10b-11.

[7] 2Pe 1,4c.

[8] Ver Sab 4,1; Stgo 1,14-15; 1Jn 2,16-17.

[9] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2008.

[10] Sobre cada una de las virtudes y su progresión, tratará el siguiente Camino hacia Dios.

[11] 2Pe 1,9.

[12] Ver 2Pe 1,5.

[13] 2Pe 1,8.

[14] 2Pe 1,5.

[15] Ver Mc 4,29 y paralelos.

[16] 2Pe 1,10.

[17] San Beda el Venerable, On the Seven Catholic Epistles, Cistercian Publications, Kalamazoo 1985, p. 127.

[18] Sentencias de los Padres del Desierto, Desclée de Brouwer, Bilbao 1988, pp. 120-121.