Camino hacia Dios Pascua

194. Testigos de la Resurrección

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CHD 194 abr2010 Testigos de la Resurrección INTERIORIZANDO pdf 100x142px CHD 194 abr2010 Testigos de la Resurrección pdfVerdaderamente ha resucitado

Alguna vez un ministro ilustrado de Napoleón Bonaparte le aconsejó fundar una nueva religión distinta de la cristiana, a lo que el emperador respondió: “Si usted es capaz de morir y resucitar al tercer día, con gusto puede fundar la religión que desee”.

Y es que la vida de la Iglesia y la veracidad de la Revelación cristiana se fundamentan en la persona del Señor Jesús, y encuentran en el acontecimiento histórico de la Resurrección un aliciente sólido, tanto así que San Pablo afirma que “si Cristo no hubiera resucitado vana sería nuestra predicación y vana nuestra fe”[1]

La Resurrección de Jesús no es como algunos pretenden un invento de la fe subjetiva de los primeros cristianos, sino que es un hecho histórico.  La fe en el Resucitado es la fe en algo que realmente ha sucedido.  Cristo realmente resucitó de entre los muertos, y se apareció a los apóstoles y a cientos de testigos, quienes han dado testimonio —muchos de ellos con su sangre— de la Resurrección del Señor.

El encuentro con el Señor Jesús Resucitado

Para poder anunciar a Jesús en primera persona es necesario tener la experiencia de encontrarnos con Él.

Mirando a los discípulos que caminaban a Emaús y se encontraron con Jesús Resucitado, la Escritura nos relata que en un primer momento no lo reconocieron y sólo después se les abrieron los ojos y fueron capaces de reconocerlo.  Esta dificultad en parte se debe a que «Jesús resucitado es soberanamente libre de aparecer como quiere: bajo la apariencia de un jardinero (cf. Jn 20,14-15) o “bajo otra figura” (Mc 16,12) distinta de la que les era familiar a los discípulos, y eso para suscitar su fe [2].

La fe es necesaria para reconocer a Jesús Resucitado.  Sabemos que la fe es un don de Dios, que como todo don, supone también una respuesta libre de parte del hombre.  Es el mismo Jesús Resucitado el que suscita la fe y enciende el corazón de aquellos a quienes desea manifestarse, disipando sus dudas y convirtiéndolos en testigos de su Resurrección.  El cardenal Ratzinger, antes de ser elegido como Sucesor de Pedro, enseñaba: “El Resucitado solo puede ser visto por las personas a quienes Él se revela.  Y solo se revela a aquellos a quienes les confía una misión.  No se revela a sí mismo para satisfacer la curiosidad humana, sino para responder al amor.  Para verlo y reconocerlo, el órgano indispensable es el amor”[3].

Cada uno de nosotros esta llamado a tener un encuentro personal con Cristo muerto y resucitado.  Podríamos preguntarnos, ¿Cómo encontrarnos hoy con Jesús Resucitado?  ¿Cómo experimentar en nuestras vidas ese poder de su Resurrección?

Lo podemos hacer a través de la fe, entendida en su integralidad.  La fe no es un acto meramente intelectual o volitivo, o una actividad meramente emocional, sino que es un acto de todo el ser, de toda la persona en su unidad indivisa[4]La fe es un don de Dios, que ilumina la mente, enciende el corazón y mueve la acción.  La fe nos permite reconocer a Jesús presente hoy en la vida de la Iglesia, especialmente en la fracción del pan.  Por la fe, podemos tocar hoy al resucitado y reconocerlo vivo y actuante en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, adorándolo como el apóstol Santo Tomás: “Señor mío y Dios mío”[5]

Llamados a ser testigos

El primer anuncio evangelizador de la Iglesia está consignada en el Libro de los Hechos de los Apóstoles.  Fue la predicación de San Pedro después de Pentecostés, donde el apóstol afirma: “Dios resucitó a Jesús, nosotros somos testigos”[6]

Y es que a partir del hecho de la Resurrección del Señor Jesús, ser apóstol significa ser testigo de su Resurrección.

Esto también lo vemos en los distintos pasajes de la Sagrada Escritura que narran el encuentro del Señor Jesús Resucitado con sus apóstoles y discípulos, donde aparece en forma muy clara la misión de la Iglesia Naciente de anunciar la Buena Noticia.  Por ejemplo, vemos que el ángel que se aparece a las mujeres que van de madrugada al sepulcro y encuentran la tumba vacía les dice: “Vayan aprisa a decir a sus discípulos que ha resucitado de la muerte”[7].

Es el mismo Jesús Resucitado quien invita a los testigos a compartir la Buena Nueva con los demás: “Anda y cuéntales a mis hermanos”,[8] le dice el Señor a María Magdalena, quien va presurosa a contar a los apóstoles: “He visto al Señor y me ha dicho esto”[9]Lo mismo los discípulos de Emaús luego del encuentro con Jesús Resucitado vuelven presurosos a Jerusalén y “contaron lo que les había pasado por el camino y como lo habían reconocido al partir el pan”[10]

El Señor Resucitado se aparece antes los doce cuando están con las puertas cerradas por miedo a los judío y les muestra las huellas de la pasión en sus manos y pies.  Luego les dice: “Ustedes son testigos de todo esto”[11]Por último, antes de ascender a los cielos, el Señor les dice a los Once: “Vayan por el mundo entero predicando la buena noticia a toda la humanidad”[12]

Queda patente que estamos llamados a predicar la alegre noticia de la Resurrección a tiempo y a destiempo.  Se trata de un llamado, de una vocación que el Señor Jesús nos ha encomendado, como el apóstol Pablo lo señala: “Predicar el Evangelio no es motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe” [13].  No significa una carga pesada que obstruye en camino de la felicidad y la santidad, sino por el contrario, es el clamor de un corazón ardoroso que quiere compartir el tesoro encontrado.  Por eso dos mil años más tarde, nos lo recuerda el Papa Pablo VI, diciendo que la evangelización es “la misión esencial de la Iglesia…  La dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda”[14].

Y es que el apostolado es sobreabundancia de amor y siempre brota y debe brotar de un encuentro personal con el Señor Jesús.  Debemos anunciar a Cristo en primera persona, como quien se ha encontrado con Él[15].  Y el hecho de que haya Resucitado es la garantía de que lo vivió y enseñó Jesús es real y fiable.

Compartir la alegría cristiana

Debemos anunciar a Jesús Resucitado no solo con las palabras, sino especialmente con el testimonio de nuestra vida, pues las palabras convencen, pero los ejemplos arrastran.

Se trata de irradiar la alegría pascual, que se note en cada uno de nosotros la vida nueva de la Resurrección.

La primera comunidad cristiana vive la experiencia pascual con una alegría desbordante, una “alegría que nadie les puede quitar”[16]No es fruto de una ilusión o subjetivismo, sino que es la reflexión y la experiencia de tener verdaderamente al Señor Jesús entre ellos, aquel que había muerto y que ha resucitado, como lo había prometido.

La alegría de la Resurrección es una alegría que debe ser compartida. «[…]dejemos que el aleluya pascual también se grabe profundamente en nosotros, de modo que no sea sólo una palabra en ciertas circunstancias exteriores, sino la expresión de nuestra misma vida: la existencia de personas que invitan a todos a alabar al Señor y lo hacen actuando como “resucitados”» [17].

María, la Madre de la alegría pascual, la Mujer que mantuvo encendida la lámpara de la esperanza cuando muchas se apagaron, Aquella que proclamó gozosa las maravillas del Señor, nos permita experimentar y compartir en esta Pascua la alegría de la Resurrección.


PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO

  1. ¿Creo en la Resurrección de Jesucristo como un acontecimiento que realmente ha sucedido?
  2. ¿He tenido la experiencia de encontrarme por medio de la fe con Jesús Resucitado? ¿De qué manera?
  3. ¿Descubro que el Señor Jesús me llama a ser testigo de su Resurrección?
  4. ¿Cómo irradio la alegría pascual en mi vida cristiana?
  5. ¿Cómo vivió y compartió María la alegría de la Resurrección?

CITAS PARA LA ORACIÓN

  • Cristo verdaderamente ha resucitado: 1Cor 15,3-20; Jn 20,24-29
  • El encuentro con Cristo Resucitado: Lc 24,36-43; Hch 10,40-42; Jn 20,11-18; Jn21,1-14.
  • Ser testigos de la Resurrección: Hch 2,32; Mt 27,7; Mc 16,15.
  • Compartir la alegría cristiana: Lc 15,9; Lc 1,39-56 ; Hch 20,35, Jn 16,22.
  • María, modelo de anuncio alegre: Lc 1,46-47.

INTERIORIZANDO

“Sí, hermanos, la Pascua es la verdadera salvación de la humanidad.  Si Cristo, el Cordero de Dios, no hubiera derramado su Sangre por nosotros, no tendríamos ninguna esperanza, la muerte sería inevitablemente nuestro destino y el del mundo entero.  Pero la Pascua ha invertido la tendencia: la resurrección de Cristo es una nueva creación, como un injerto capaz de regenerar toda la planta.  Es un acontecimiento que ha modificado profundamente la orientación de la historia, inclinándola de una vez por todas en la dirección del bien, de la vida y del perdón.  ¡Somos libres, estamos salvados!  Por eso, desde lo profundo del corazón exultamos: «Cantemos al Señor, sublime es su victoria».  (Mensaje pascual de S.S Benedicto XVI en el 2010)

  • ¿Qué implica en mi vida que Cristo haya resucitado
  • Si Cristo ha vencido el pecado y las tinieblas que hay en mi corazón, ¿qué medios concretos puedo tener para cooperar con la gracia que me ha dado con su Resurrección?
  • ¿Qué ha significado esta pascua que acabo de vivir con el Señor? ¿Qué me pide concretamente en este momento de mi vida?

«[…]dejemos que el aleluya pascual también se grabe profundamente en nosotros, de modo que no sea sólo una palabra en ciertas circunstancias exteriores, sino la expresión de nuestra misma vida: la existencia de personas que invitan a todos a alabar al Señor y lo hacen actuando como “resucitados”» (Benedicto XVI, Regina Coeli, 24/03/2008)

  • Cuando me encuentro con el Señor ¿descubro una profunda alegría? ¿Por qué?
  • Recuerda algunos momentos fuertes de tu vida en que te hayas encontrado profundamente con el Señor Jesús
  • ¿Cuando haces apostolado te alegras de anunciar al Señor Jesús? ¿Cómo es tu experiencia

“Predicar el Evangelio no es motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe” (1Cor 9,16)

  • ¿Descubres la urgencia de hacer apostolado
  • ¿Eres consciente de que anunciar a Cristo resucitado es lo que la humanidad necesita para su salvación
  • ¿Cómo evalúas tu compromiso apostólico en la misión del MVC?

 

[1] 1Cor 15,14.

[2] CEC 645.

[3] Ratzinger, Joseph, Seek that which is above, p. 63-65.

[4] Ratzinger, Joseph, Gospel, Catechesis, Catechism, p. 25-26.

[5] Jn 20,28.

[6] Hch 2,32.

[7] Mt 27,7.

[8] Jn 20,17.

[9] Jn 20,18.

[10] Lc 24,35.

[11] Lc 24,48.

[12] Mc 16,15.

[13] 1Cor 9,16.

[14] Evangelii nuntiandi, n. 14.

[15] Homilía en la Catedral de Santo Domingo durante la Misa para el clero, religioso y seminaristas, 26/1/1979.

[16] Jn 16,23.

[17] Benedicto XVI, Regina Coeli, 24/03/2008.