Camino hacia Dios

19. La piedad filial

CHD 019 Encabezado

CHD 019 La piedad filial pdf«“Mujer, ahí tienes a tu hijo”… “Ahí tienes a tu Madre”»[1]. Desde lo alto del madero de la Cruz, altar de nuestra reconciliación, el Señor Jesús nos señala a Santa María como Madre nuestra. En ese momento cargado de dolor y de esperanza, de sufrimiento y de entrega generosa, el Señor nos explicita aquel maravilloso misterio de la maternidad espiritual de Santa María sobre nosotros sus hijos.

Ya en la Anunciación-Encarnación, con un generoso y decidido “Hágase”, la humilde Virgen de Nazaret aceptaba la invitación divina a cooperar desde su libertad con la obra reconciliadora. En ese momento, María se convertía en Madre del Reconciliador de los hombres. Sin embargo, su maternidad también se extiende hacia todos nosotros, pues al engendrar a Jesús nos engendra a la vida de la gracia. En efecto, en la Anunciación-Encarnación del Verbo, María concibe al Cristo total: la Cabeza y nosotros, los miembros de su Cuerpo Místico. La maternidad espiritual de María no es, pues, una piadosa analogía, ni una figura literaria. Tampoco se trata de una maternidad adoptiva. María es verdadera y realmente Madre nuestra en el orden de la gracia: «Esta maternidad de María en la economía de la gracia perdura sin cesar desde el momento del asentimiento que prestó fielmente en la Anunciación, y que mantuvo sin vacilar al pie de la Cruz hasta la consumación perpetua de todos los elegidos»[2].

¡Sí! ¡María, la Madre de Dios, es también Madre nuestra! La maternidad espiritual no es un acontecimiento separado, independiente de nuestra existencia como creyentes. Todo lo contrario. La maternidad de María constituye piedra angular de nuestra vida cristiana. Implica todo un programa de vida para quien verdaderamente busca con sincero corazón ser fiel a su vocación de hijo de María.

De ahí que nuestra devoción a María no sea una devoción más. No se trata solamente de honrar a María, de amarla y recurrir a Ella. Buscamos amar a María con verdadero amor filial, ya que realmente somos hijos suyos. Sin embargo, el mismo significado y alcance de este amor filial es muchísimo más grande.

Camino configurante

Nuestra piedad filial mariana busca reproducir el amor filial del Señor Jesús para con su Madre. Aspiramos a amar a María con los mismos afectos y sentimientos que el Señor tuvo para con Ella. No buscamos imitar el amor y actitudes de Jesús, sino abrirnos a la gracia que nos transforma en “otros Cristos”, de manera que sea el Señor Jesús quien continúe amando a María en nosotros. No se trata, pues, de una mera imitación exterior, sino de participar a la vez que prolongar el mismo amor de Jesús hacia María, en una dinámica amorizante que es camino de comunión y participación así como de realización personal.

De esta forma, la piedad filial constituye como el primer movimiento de un maravilloso proceso amorizante por el cual María, en un segundo momento, ejerciendo su maternidad espiritual, me va revistiendo de su Hijo. Amando a María con el mismo amor de Jesús, me voy configurando cada vez más con Él, voy siendo transformado en “otro Cristo”, de manera que pueda repetir con el Apóstol de Gentes: «Vivo yo, mas no yo, sino que es Cristo quien vive en mí»[3].

Por ello nuestro amor y devoción a María son eminentemente cristocéntricos. Su fundamento no es otro que nuestra opción fundamental por el Señor, nuestra adhesión amorosa a Él. En efecto, quien opta por el Señor Jesús y la dinámica del amor que su seguimiento conlleva, no puede dejar de percibir aquella unión amorosa, tan íntima como misteriosa, entre la Madre y el Hijo. Todo en Jesús nos señala a María. A su vez, todo en María está referido a su Hijo. Quien ama al Señor, ama a quien Él ama, y ciertamente el amor filial por su Madre reviste características particularísimas, insondables rasgos de cercanía, de ternura, de comunión.

Concreción apostólica

Quien aspira a recorrer las sendas de la piedad filial, no puede prescindir de la dimensión apostólica que ésta necesariamente implica. En efecto, María ha recibido del mismo Dios la misión de conducir a los hombres hacia el encuentro plenificador con el Señor Jesús, su Hijo. Quien se acerca a María se ve conducido suave y amorosamente hacia el Hijo. María modela con afecto maternal nuestros corazones asemejándolos al de Jesús. Ella nos guía de manera silenciosa, discreta, pero eficaz, hacia la plenitud de la vida. Ella es segura compañía en nuestro peregrinar por los caminos de Dios.

Para llevar a cabo esta misión, María necesita de nuestra cooperación activa. Acercándonos a María, contemplándola, conociéndola, amándola, descubrimos cómo comunicar el amor de Cristo a todos los hombres, pues aprendemos a amar como Jesús amó. La piedad filial mariana nos introduce de lleno en el dinamismo del amor solidario a los hombres, nos impulsa a proyectarnos en el servicio evangelizador y de promoción humana a nuestros hermanos. Así, nuestra acción apostólica se vuelve fecunda prolongación del don de la reconciliación que Dios nos entrega en la persona del Señor Jesús.


Para meditar

  • María es verdaderamente Madre nuestra: Jn 19,26-27.
  • Nos conduce al Señor Jesús: Jn 2,5.
  • Nos acompaña en nuestra vida cristiana: Hch 1,14.
  • La piedad filial nos introduce en la dinámica del anuncio evangelizador y del servicio solidario: Lc 1,39-45.


[1] Jn 19,26-27.

[2] Lumen gentium, 62.

[3] Gál 2,20.