Camino hacia Dios

1. Camino hacia Dios

 

«El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva»[1]. Estas palabras del Señor Jesús sintetizan la invitación que nos hace a cada uno de nosotros a seguirle. Se trata de una conversión interior en la que el creyente se abre al dinamismo de la gracia y coopera activa y libremente con ella, en un proceso configurante que busca la conformación con Jesús en su estado por excelencia: Hijo de María.

Este llamado a la conversión, tan actual durante todos los tiempos, lo es también en nuestros días, en donde vemos como el pecado y la dinámica de ruptura que acarrea alcanzan niveles inauditos. Trabajar por la propia santificación no es sólo una urgente necesidad, sino también una gran responsabilidad.

Sin embargo, este camino no es fácil. La experiencia cotidiana nos enseña que para ser santos es necesario cooperar activamente con la gracia, luchar, entregarse, esforzarse por superar todos los obstáculos que nos impiden cumplir el Plan de Dios. Como nos enseña San Pablo, para salir victoriosos en esta lucha necesitamos pelear «el buen combate de la fe»[2].

El combate espiritual

Este trabajo activo por convertirnos de manera cada vez más plena al Señor Jesús, puede realizarse sin seguir una pauta de acción determinada, sin orden alguno. Sin embargo, la vida misma nos muestra la ineficacia de esta opción. Por el contrario, la experiencia de tantos hermanos que nos han precedido en la fe nos enseña la conveniencia de recorrer un camino más bien metódico y ordenado, para así poder cooperar con mayor fidelidad con la gracia en nuestro proceso de adherencia-configuración con el Hijo de Santa María.

El combate espiritual es, pues, una manera concreta y sistemática de responder al llamado a la santidad. Se trata de un medio por el cual busco despojarme de mi hombre viejo para revestirme del nuevo, en un dinamismo altamente positivo por el que procuro reordenar mis facultades desordenadas por el pecado, así como eliminar todo lo que de negativo hay en mí, para de esta manera revestirme de las virtudes y hábitos contrarios.

Puesto que mi meta es la configuración plena con el Señor Jesús, debo preguntarme: ¿Qué tengo yo que Cristo no tiene?, es decir, ¿qué me sobra? (mis pecados, mis hábitos equivocados que me conducen al pecado). Por otra parte, también debo cuestionarme: ¿Qué tiene Jesús que yo no tengo?, ¿qué me falta? (docilidad al Plan de Dios, actitud de servicio, entrega, humildad, obediencia, amor, etc.).

Camino de plenitud

Esta lucha constante, con la ayuda de la gracia, puede conducirme al dominio de mí mismo, al señorío sobre mis tendencias y facultades para así poder responder con mayor plenitud al divino Plan. Por otro lado, el trabajo permanente por revestirnos del Señor Jesús permite el propio conocimiento, principio fundamental para la vida espiritual y elemento básico para el autodominio.

Asimismo, el combate espiritual nos hace cada vez más libres. En efecto, la verdadera libertad no consiste, como no pocos equivocadamente creen y viven, en regirse según la dictadura de los propios caprichos, en dejarse arrastrar por el propio subjetivismo. La ley del gusto-disgusto, el vivir según lo que a uno le provoca, lo único que hace es introducirnos cada vez más en la propia mentira existencial, en el autoengaño y la falsedad. La verdadera libertad sólo la consigue quien vive en la verdad[3].

Huir de las ocasiones

En todo combate siempre existen enemigos. El cristiano está en alerta constante frente a todo aquello que busca apartarlo del Plan de Dios. De ahí que el apóstol San Pedro no deje de recordarnos: «Sed sobrios y velad, pues vuestro enemigo, el diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar. Resistidle firmes en la fe»[4]. Mucho nos ayudará en nuestro combate espiritual el tener en cuenta que, frente a las ocasiones de pecado, aun antes de que se presente la tentación, el mejor remedio es huir, rechazarlas desde el primer momento. Huir de las ocasiones de pecado nos evita enfrentar la tentación y nos preserva de entrar en diálogo con ella, diálogo que constituye el primer paso para caer en ella[5]. Huir de las ocasiones de pecado es, pues, método seguro y eficaz para evitar las caídas en el combate.

Junto con María

En nuestro combate espiritual no estamos solos. El cristiano recorre su camino hacia Dios en compañía de quien es la primera cristiana. Santa María no es una figura lejana y estática, sino que es una persona real, involucrada en la vida concreta de cada uno de nosotros. La Madre, por su intercesión, influye suave y eficazmente en nuestra vida cristiana, nos acompaña en nuestra lucha diaria con su presencia maternal, ayudándonos a peregrinar hacia el encuentro configurante con su Hijo Jesucristo.


Para meditar

  • El llamado a la santidad: Lev 20,26; Mt 5,48; Ef 1,4; 1Tes 4,3; 1Pe 1,15-16.
  • La lucha contra el pecado: Eclo 21,2; Rom 12,21; Stgo 4,7-8; 1Pe 5,8-9.
  • El combate espiritual: Ef 6,10-20; Flp 3,12-14; 1Tim 6,11-12; Heb 12,1-4.
  • La cooperación activa con la gracia: 2Cor 6,1; Col 1,29.

Notas

[1] Mc 1,15.

[2] 1Tim 6,12.

[3] Ver Jn 8,32.

[4] 1Pe 5,8-9.

[5] Ver Gén 3,1-5.