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El chisme y los silencios

Chisme

Por Oscar Tokumura

Son numerosas las ocasiones en que el Papa Francisco ha mencionado el daño que supone el chisme: «La unidad es superior a los conflictos, la unidad es una gracia que debemos pedir al Señor para que nos salve de las tentaciones, de las divisiones, de las luchas entre nosotros y del egoísmo, de los chismes, ¡eh! ¡Cuánto daño hacen los chismes: cuánto daño, eh! Cuánto daño. Nunca chismes sobre los otros: nunca»[1].

El Diccionario de la Real Academia define el chisme como: «Noticia verdadera o falsa, o comentario con que generalmente se pretende indisponer a unas personas con otras o se murmura de alguna». Definitivamente es, como dice el Santo Padre, algo muy dañino que atenta contra la buena fama y el nombre de quien se habla pero además enturbia el corazón del que los difunde y del que les da crédito.

El chismoso es aquel que encuentra en alguna noticia cierta o no un elemento de dominio, de supuesto poder al poseer información que puede dañar el buen nombre de otro. Hiere profundamente la unidad y la comunión al suscitar fantasmas, sombras entre las personas con supuestas “verdades” que ocultan el rostro verdadero y misterioso de quien tenemos delante.

La renuncia al chisme supone, en primer lugar un silencio de palabra que evite repetir aquello que se ha escuchado y que dañe el buen nombre de un hermano. La tentación de la maledicencia brota, en ocasiones, de un corazón en ruptura que busca afirmarse en lo que dice saber. Es una manera de compensarse, desde la propia inseguridad y la baja auto estima, con el daño al prójimo.

Por otro lado exige también un silencio en la escucha, es decir, no prestar oídos a las noticias no verificadas que a veces circulan como por un teléfono descompuesto que va distorsionando y, usualmente, empeorando la supuesta verdad. Es un acto ciertamente ascético pues muchas veces es fuerte la curiosidad, ese vicio que el diccionario define como el «deseo de saber o averiguar alguien lo que no le concierne».

Evitar el chisme supone también un silencio de mente. Es decir, el pensar según los criterios de Dios y no según los criterios del mundo, para, de esa manera, juzgar la importancia y el peso de las cosas de manera adecuada y sobria. San Pablo nos dice en su Carta a los Romanos (1,28s.): «Y como no tuvieron a bien guardar el verdadero conocimiento de Dios, entrególos Dios a su mente insensata, para que hicieran lo que no conviene: llenos de toda injusticia, perversidad, codicia, maldad, henchidos de envidia, de homicidio, de contienda, de engaño, de malignidad, chismosos…»

Pensar con la mente de Cristo lleva a evitar el chisme como se rechaza una enfermedad contagiosa. Si escucho algo malo de alguien y no puedo corroborarlo o no me corresponde hacerlo, y no tengo mayor argumento que “dicen que dicen”, simplemente debo esforzarme por darle el peso correspondiente: el de un chisme. Etiquetar a las personas y emitir juicios ligeros es la forma más simple de atentar contra el silencio de mente que busca, ante todo, la Verdad.

Se ejercita también el silencio de memoria para recordar lo que se debe recordar y para olvidar aquello que no es bueno recordar. Por ejemplo, si me dicen que “se dice” que tal persona suele robar en su trabajo, pero no tengo mayores pruebas ni un argumento razonable, lo mejor es purificar la memoria y no permitir que esa idea carcoma mi interior.

Miremos a María y aprendamos de su silenciosa discreción, de su dulce mirada maternal para con nosotros y de esa forma evitar caer en el vicio del chisme que no pocas veces sofoca un valor tan importante y entrañablemente evangélico como es el de la caridad fraterna.

[1] Catequesis 19/06/2013.