Jubileo de la Misericordia Misericordiae

Misericordiae: Santos en la Misericordia

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Ellos han experimentado la intimidad de la misericordia de Dios y han dado su testimonio viviendo las obras de misericordia en sus vidas.

Los santos en la misericordia se han vuelto misericordiosos con el prójimo porque primero se han dejado impregnar por la infinita caridad de Dios. Se han vuelto misericordiosos porque se han sentido sumergidos en la Misericordia divina. Se han confrontado con el doble mandamiento de “amar a Dios con todo el corazón, con toda la mente y con todas las fuerzas” y “amar al prójimo como a sí mismos” y han tratado de observarlo, aunque a veces sin lograrlo completamente. Pero, insistiendo con humilde obediencia, han sido traspasados por el “gran amor” (Ef 2,4) del Dios trinitario.

El Hijo de Dios quiso hacerse nuestro prójimo

La santidad cristiana comienza con el asombro que experimentamos ante el misterio de la encarnación del Hijo de Dios y cuando caemos en la cuenta de que [en Él podemos] abrazar a Dios y al hombre juntos.

El Hijo de Dios ha querido hacerse nuestro prójimo y nos ha seguido en todos nuestros caminos y nuestro caminar errante, sujetándose a nuestros pecados, perdonando o, incluso, anticipando y previniendo nuestras caídas. Así, habitando junto a Jesús, se hace posible poner perfectamente en práctica el gran mandamiento del amor, en el sentido de que es él mismo quien trabaja para impregnar de amor todo nuestro corazón, toda nuestra alma y todas nuestras fuerzas.

Siguiendo a Jesús, el primer Buen Samaritano

Nos volvemos misericordiosos, como buenos samaritanos que se hacen cargo de los hermanos caídos en el camino, porque deseamos corresponderle a Jesús por el don de haber sido, para todos nosotros, el primer Buen Samaritano. La encarnación —si la comprendemos desde su dinamismo misericordioso— exige siempre de nosotros la humilde respuesta de ofrecernos a nosotros mismos.

Efectivamente, los santos se ofrecen de mil modos porque la caridad en ellos resulta infinitamente creativa. En la historia de cualquiera de ellos, todo está empapado por esta misericordia: su persona, sus obras y las vicisitudes, incluso las más penosas de su existencia. De hecho, la misericordia de Dios es como un fuego que quema y purifica todo aquello que toca. Y es un fuego que quema desde el inicio de la creación. Basta con no negarse tercamente a su acción o protegerse de ella.

Santa Faustina Kowalska, (1905-1938)

La Misericordia es el verdadero rostro de Dios. Este mensaje se lo comunicó Jesús a Santa Faustina Kowalska. Ella, que fue una religiosa que vivió en Polonia, escribió este mensaje en un Diario. En él se encuentran estas palabras de Jesús, entre muchas más:

“Escribe todo aquello que hay en las entrañas de mi misericordia, tan profundo como el pequeño en el seno materno. Cuán doloroso me resulta que no confíen en mi bondad. Los pecados de desconfianza son aquellos que me hieren de la manera más dolorosa”.

Santa Faustina vivió y anuncio la Misericordia. Jesús le encargó difundir la devoción a su misericordia a través de la divulgación de una Imagen, de la Fiesta de la misericordia, la oración de la coronilla de la misericordia y la oración de las 3 de la tarde[1].

Senor de la misericordia

“Pinta una imagen según el modelo que ves, y firma: ‘Jesús, en Ti confío’. Deseo que esta imagen sea venerada primero en su capilla y [luego] en el mundo entero” (Diario, 47)

“Deseo que haya una Fiesta de la Misericordia. Quiero que esta imagen que pintarás con el pincel, sea bendecida con solemnidad el primer domingo después de la Pascua de Resurrección; ese domingo debe ser la Fiesta de la Misericordia” (Diario, 49)

“A las tres, ruega por Mi misericordia, en especial para los pecadores y aunque sólo sea por un brevísimo momento, sumérgete en Mi Pasión, especialmente en Mi abandono en el momento de Mi agonía. Esta es la hora de la gran misericordia para el mundo entero… En esta hora nada le será negado al alma que lo pida por los méritos de Mi Pasión” (Diario, 1320)

Santo Cura de Ars (1786-1859)

Administró el sacramento de la misericordia de Dios y cumplió santamente su misión… Amaba repetir:

“El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”.

Y añadía:

“Un buen pastor, un pastor conforme con el corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios pueda conceder a una parroquia y uno de los dones más preciosos de la misericordia Divina”.

A veces al santo cura le pasaba que encontraba a algún penitente desalentado y dudoso del perdón de Dios, por la conciencia de haber pecado; entonces él le daba la siguiente increíble y sublime respuesta:

“El buen Dios sabe todo. Antes incluso de que se lo confieses, ya sabe que pecarás nuevamente, y sin embargo los perdona. ¡Tan grande es el amor de nuestro Dios que nos impulsa a olvidar voluntariamente lo que venga, con tal de perdonarnos!”.

Además decía:

“No es el pecador que vuelve a Dios para pedirle perdón, sino Dios mismo el que corre derecho al pecador y lo hace volver a él”.

Madre Teresa de Calcuta (1910-1997)

La Madre Teresa de Calcuta se dedicó a entrelazar el culto de la Eucaristía con las obras de misericordia. Inauguró su difícil misión con esta plegaria que constituía todo un programa:

“Dios mío… no daré marcha atrás. Mi comunidad son los pobres. Su seguridad es la mía. Su salud es mi salud. Mi casa es la casa de los pobres: no simplemente de los pobres, sino de los que entre los pobres son más pobres. De aquellos a los cuales trata uno de no acercarse por miedo de contagiarse y ensuciarse… De los que no van a la iglesia porque no tienen ropa para ponerse. De los que no comen porque no tienen fuerzas. De los que se desploman en las calles conscientes de que van a morir, mientras los vivos transitan al lado de ellos sin prestarles atención. De los que ya no son capaces de llorar porque no tienen más lágrimas”.

Pero ¿dónde habrá encontrado el secreto y la fuerza para dar un abrazo con la más dulce caridad a cada marginado? Más adelante, ella lo explicó a sus hermanas de la siguiente manera:

“Ustedes ¿han visto con cuánto amor y delicadeza el sacerdote trata el Cuerpo de Cristo durante la misa? Busquen hacer lo mismo en la casa [de los moribundos] adonde están a punto de partir: allí está Jesús en cada semblante de dolor”.

Y muchas de ellas han contado que jamás habrían entendido tan bien aquella expresión eucarística que habla de “la presencia real de Jesús”, sino tocando los miembros doloridos de los enfermos. Y era justo en favor de esta sublime “identificación eucarística” que Madre Teresa explicaba la verdadera identidad de su instituto de caridad:

“Sobre todo, nosotras somos religiosas, no asistentes sociales, no maestras, no enfermeras, o médicas […]. La diferencia, entre nosotras y los obreros sociales, está en lo siguiente: que ellos actúan para algo, nosotras, en cambio, actuamos para Alguien. Nosotras servimos a Jesús en los pobres. Todo aquello que hacemos —oración, trabajo y sacrificios— lo hacemos por Jesús”.

San Martín de Porres (1579-1639)

Martín mostró el rostro misericordioso de Dios a los más necesitados. En el tiempo y en la sociedad peruana en la cual nace, a Martín, hijo ilegítimo de un noble y de una esclava, lo espera solamente el título injurioso de “perro mulato”. Pero todos terminaron por llamarlo “Martín de la Caridad”, admirados por la dedicación con la que realizaba su servicio de enfermería a quien lo necesitara. Su “sala médica”, en el convento dominico, donde fue recibido como oblato, estaba siempre llena de enfermos, porque las curaciones eran innumerables y, a menudo, prodigiosas. Pero fray Martín explicaba sonriendo: “Yo te curo, Dios te sana”. Así la fama del hermanito santo se extendía, y las filas de pobres y de enfermos se acrecentaban.

Lo que preocupaba particularmente a su corazón, era la situación de los huérfanos, que él conocía muy bien, abandonados a su suerte, obligados a vagar por las calles, dedicados a la mendicidad, privados de oportunidades para la educación y sin esperanza de rescate. Para ellos fundó inclusive un instituto —El Asilo de Santa Cruz, el primer colegio del Nuevo Mundo—, donde acogió a decenas de niños, y les garantizó no sólo lo necesario para el mantenimiento, sino la presencia de asistentes y educadores remunerados. A las jóvenes, garantizaba hasta una dote conveniente, para cuando llegara la edad de casarse. Realizaba de esta manera una especie de prodigio: una suerte de “sanación social”. Tanto que, en Perú, Martín fue, incluso, proclamado “Patrono de la justicia social”.


[1] Ver información en: //www.ewtn.com/spanish/prayers/Misericordia/Coronilla.htm