Cuaresma Dies Domini

Domingo de Ramos: “¡Hosanna!… ¡Crucifícalo!”

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I.  LA PALABRA DE DIOS

Procesión de Ramos: Mc 11,1-10: “¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”

Se acercaban a Jerusalén, por Betfagé y Betania, junto al monte de los Olivos, y Jesús mandó a dos de sus discípulos, diciéndoles:

—«Vayan al poblado de enfrente.  Al entrar en él, encontrarán un burrito atado, que nadie ha montado todavía.  Desátenlo y tráiganlo.  Y si alguien les pregunta por qué lo hacen contéstenle: “El Señor lo necesita y lo devolverá pronto”».

Fueron y encontraron el burrito en la calle, atado a una puerta, y lo soltaron.  Algunos de los presentes les preguntaron:

—«¿Por qué tienen que desatar el burrito?»

Ellos les contestaron como había dicho Jesús; y se lo permitieron.

Llevaron el burrito, le echaron encima sus mantos, y Jesús montó en él.  Muchos alfombraron el camino con sus mantos, otros con ramas cortadas en el campo.  Los que iban delante y detrás gritaban:

—«Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor.  Bendito el reino que llega, el reino de nuestro padre David.

¡Hosanna en el cielo!»

Is 50,4-7: “No me tapé el rostro ante los ultrajes”

Mi Señor me ha dado una lengua de discípulo, para saber decir al abatido una palabra de aliento.

Cada mañana me despierta el oído, para que escuche como los discípulos.  El Señor me abrió el oído, y yo no resistí ni me eché atrás: ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que tiraban mi barba; no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos.

El Señor me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como roca, sabiendo que no quedaría defraudado.

Sal 21,8-9.17-20.23-24: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”

Al verme, se burlan de mí,
hacen muecas, menean la cabeza:
«Acudió al Señor, que lo ponga a salvo;
que lo libre, si tanto lo quiere».

Me acorrala una jauría de mastines,
me cerca una banda de malhechores;
me taladran las manos y los pies,
puedo contar mis huesos.

Se reparten mi ropa,
echan a suertes mi túnica.
Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
fuerza mía, ven corriendo a ayudarme.

Contaré tu fama a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré.
Fieles del Señor, alábenlo;
linaje de Jacob, glorifíquenlo;
témanlo, linaje de Israel.

Flp 2,6-11: “Se rebajó, por eso Dios lo levantó sobre todo”

Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Marcos: 14,1-15, 47

Faltaban dos días para la fiesta de la Pascua y de los panes Ázimos.  Los sumos sacerdotes y los escribas andaban buscando el modo de arrestar a Jesús con engaño y darle muerte.  Pero decían:

—«No durante las fiestas; podría amotinarse el pueblo».

Estando Jesús en Betania, en casa de Simón, el leproso, sentado a la mesa, llegó una mujer con un frasco de perfume muy caro, de nardo puro; quebró el frasco y lo derramó en la cabeza de Jesús.  Algunos comentaban indignados:

—«¿A qué viene este derroche de perfume?  Se podía haber vendido por más de trescientos denarios para dárselo a los pobres».

Y regañaban a la mujer.  Pero Jesús replicó:

—«Déjenla, ¿por qué la molestan?  Lo que ha hecho conmigo está bien.  Porque a los pobres los tienen siempre con ustedes y pueden socorrerlos cuando quieran; pero a mí no me tienen siempre.  Ella ha hecho lo que podía: se ha adelantado a embalsamar mi cuerpo para la sepultura.  Les aseguro que, en cualquier parte del mundo donde se proclame el Evangelio, se recordará también lo que ha hecho esta mujer».

Judas Iscariote, uno de los Doce, se presentó a los sumos sacerdotes para entregarles a Jesús.  Al oírlo, se alegraron y le prometieron dinero.  Él andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.

El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos:

—«¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?»

Él envió a dos discípulos, diciéndoles:

—«Vayan a la ciudad, encontrarán un hombre que lleva un cántaro de agua; síganlo y, en la casa en que entre, díganle al dueño: “El Maestro pregunta: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?” Él les mostrará en el piso de arriba una sala grande y bien alfombrada.  Prepárennos allí la cena».

Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encon­traron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua.

Al atardecer fue Él con los Doce.  Mientras estaban a la mesa comiendo, dijo Jesús:

—«Les aseguro que uno de ustedes me va a entregar: uno que está comiendo conmigo».

Ellos, consternados, empezaron a preguntarle uno tras otro:

—«¿Seré yo?»

Respondió:

—«Uno de los Doce, el que está mojando en la misma fuen­te que yo.  El Hijo del hombre se va, como está escrito de Él; pero ¡ay del que va a entregar al Hijo del hombre!  ¡Más le valdría no haber nacido!»

Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendi­ción, lo partió y se lo dio, diciendo:

—«Tomen, esto es mi cuerpo».

Y, tomando en sus manos una copa, pronunció la ac­ción de gracias, se la dio, y todos bebieron.  Y les dijo:

—«Esta es mi sangre, sangre de la Alianza, derramada por todos.  Les aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios».

Después de cantar el salmo, salieron para el monte de los Olivos.  Jesús les dijo:

—«Todos ustedes se van a escandalizar, como está escrito: “Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas”.  Pero, cuando re­sucite, iré antes que ustedes a Galilea».

Pedro replicó:

—«Aunque todos te abandonen, yo no».

Jesús le contesto:

—«Te aseguro que tú hoy, esta noche, antes que el gallo cante dos veces, me habrás negado tres».

Pero él insistía:

—«Aunque tenga que morir contigo, no te negaré».

Y los demás decían lo mismo.

Fueron a un huerto, que llaman Getsemaní, y dijo a sus discípulos:

—«Siéntense aquí mientras voy a orar».

Se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, empezó a sentir terror y angustia, y les dijo:

—«Me muero de tristeza; quédense aquí velando».

Y, adelantándose un poco, se postró en tierra pidiendo que, si era posible, se alejase de Él aquella hora; y dijo:

—«¡Abba!  (Padre), tú lo puedes todo; aparta de mí este cáliz.  Pero no se haga lo que yo quiero, sino lo que tú quieres».

Volvió y, al encontrarlos dormidos, dijo a Pedro:

—Simón, ¿duermes?; ¿no has podido velar ni una hora?  Velen y oren, para no caer en la tentación; el espíritu es decidi­do, pero la carne es débil».

De nuevo se apartó y oraba repitiendo las mismas pa­labras.  Volvió, y los encontró otra vez dormidos, pues sus ojos se cerraban de sueño.  Y no sabían qué contestarle.  Volvió por tercera vez y les dijo:

—¿Todavía están dormidos y descansando?  ¡Basta ya!  Ha llegado la hora; miren que el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores.  ¡Levántense, vamos!  Ya está cerca el que me va a entregar.

Todavía estaba hablando, cuando se presentó Judas, uno de los Doce, y con él gente con espadas y palos, mandada por los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos.  El traidor les había dado una contraseña, diciéndoles:

—«Al que yo bese, ése es; arréstenlo y llévenlo bien cus­todiado».

Y en cuanto llegó, se acercó y le dijo:

—«¡Maestro!»

Y lo besó.  Ellos le echaron mano y lo arrestaron.  Pero uno de los presentes, desenvainando la espada, de un gol­pe le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote.  Jesús tomó la palabra y les dijo:

—«¿Han salido a prenderme con espadas y palos, como a un bandido?  A diario estaba con ustedes enseñando en el tem­plo, y no me detuvieron.  Pero, es necesario que se cumplan las Escrituras».

Y todos lo abandonaron y huyeron.  Lo iba siguiendo un muchacho, cubierto tan solo con una sába­na.  Lo detuvieron, pero él soltando la sábana se escapó desnu­do.

Condujeron a Jesús a casa del sumo sacerdote, y se reunieron todos los sumos sacerdotes y los ancianos y los escri­bas.  Pedro lo fue siguiendo de lejos, hasta el interior del palacio del sumo sacerdote; y se sentó con los criados junto al fuego para calentarse.

Los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno buscaban un testimonio contra Jesús, para condenarlo a muerte; y no lo encon­traban.  Pues, aunque muchos daban falso testimonio contra Él, los testimonios no concordaban.  Y algunos, poniéndose en pie, daban testimonio contra Él diciendo:

—«Nosotros le hemos oído decir: “Yo destruiré este tem­plo, edificado por hombres, y en tres días construiré otro no edificado por hombres”».

Pero ni en esto concordaban los testimonios.  El sumo sacerdote se puso en pie en medio e interrogó a Jesús:

—«¿No tienes nada que responder?  ¿Qué son estos car­gos que levantan contra ti?»

Pero Él callaba, sin dar respuesta.  El sumo sacerdote lo interrogó de nuevo, preguntándole:

— «¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios bendito?»

Jesús contesto:

—«Sí, lo soy.  Y verán que el Hijo del hombre está sentado a la derecha del Todopoderoso y que viene entre las nubes del cielo».

El sumo sacerdote se rasgó las vestiduras, diciendo:

—«¿Qué necesidad tenemos ya de testigos?  Han oído la blasfemia.  Ustedes ¿qué dicen?»

Y todos lo declararon reo de muerte.  Algunos se pusie­ron a escupirle y, tapándole la cara, lo abofeteaban y le decían:

—«Adivina quién fue».

Y los criados le daban bofetadas.

Mientras Pedro estaba abajo en el patio, llegó una cria­da del sumo sacerdote y, al ver a Pedro calentándose, lo miró y dijo:

—«También tú andabas con Jesús, el Nazareno».

Él lo negó, diciendo:

—«Ni sé ni entiendo lo que quieres decir».

Salió fuera, a la entrada, y un gallo cantó.  La criada, al verlo, volvió a decir a los presentes:

—«Éste es uno de ellos».

Y él volvió a negar.  Al poco rato, también los presentes dijeron a Pedro:

—«Seguro que eres uno de ellos, pues eres galileo».

Pero él se puso a echar maldiciones y a jurar:

—«No conozco a ese hombre de quien ustedes hablan».

Y en seguida, por segunda vez, cantó un gallo.  Pedro se acordó de las palabras que le había dicho Jesús: «Antes de que cante el gallo dos veces, me habrás negado tres», y se echó a llorar.

Apenas se hizo de día, los sumos sacerdotes, con los ancianos, los escribas y el Sanedrín en pleno, se reunieron, y, atando a Jesús, lo llevaron y lo entregaron a Pilato.  Pilato le preguntó:

—«¿Eres tú el rey de los judíos?»

Él respondió:

—«Tú lo dices».

Y los sumos sacerdotes lo acusaban de muchas cosas.  Pilato le preguntó de nuevo:

—«¿No contestas nada?  Mira cuántos cargos presentan contra ti».

Jesús no contestó más; de modo que Pilato estaba muy extrañado.

Por la fiesta solía soltarse un preso, el que le pidieran.  Esta­ba en la cárcel un tal Barrabás, con los revoltosos que habían cometido un homicidio en la revuelta.  La gente subió y empezó a pedir el indulto de costumbre.  Pilato les contestó:

—«¿Quieren que les suelte al rey de los judíos?»

Pues sabía que los sumos sacerdotes se lo habían en­tregado por envidia.  Pero los sumos sacerdotes alborotaron a la gente para que pi­dieran la libertad de Barrabás.

Pilato tomó de nuevo la palabra y les preguntó:

—«¿Qué hago con el que ustedes llaman rey de los judíos?»

Ellos gritaron de nuevo:

—«¡Crucifícalo!»

Pilato les dijo:

—«Pues ¿qué mal ha hecho?»

Ellos gritaron más fuerte:

—«¡Crucifícalo!»

Y Pilato, queriendo dar gusto a la gente, les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

Los soldados se lo llevaron al interior del palacio —al pretorio— y reunieron a toda la tropa.  Lo vistieron de púrpura, le pusieron una corona de espinas, que habían trenzado, y co­menzaron a hacerle el saludo:

—«¡Salve, rey de los judíos!»

Le golpearon la cabeza con una caña, le escupieron; y, doblando las rodillas, se postraban ante Él.

Terminada la burla, le quitaron el manto de color púrpura y le pusieron su ropa.  Y lo sacaron para crucificarlo.

Y a un tal Simón, natural de Cirene, el padre de Alejan­dro y Rufo, que al regresar del campo pasaba por allí, lo obliga­ron a llevar la cruz de Jesús.

Y llevaron a Jesús al Gólgota (que quiere decir lugar de «la calavera»), y le ofrecieron vino con mirra; pero Él no lo aceptó.  Lo crucificaron y se repartieron sus ropas, echándolas a suerte, para ver lo que se llevaba cada uno.

Era media mañana cuando lo crucificaron.  En el letrero esta­ba escrita la causa de su condena: «El rey de los judíos».  Crucifi­caron con Él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su iz­quierda.  Así se cumplió la Escritura que dice: «Lo consideraron como un malhechor».

Los que pasaban lo injuriaban, haciendo muecas y di­ciendo:

—«¡Eh, tú que destruías el templo y lo reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo bajando de la cruz!».

Los sumos sacerdotes con los escribas se burlaban también de Él, diciendo:

—«A otros ha salvado, y a sí mismo no se puede salvar.  Que el Mesías, el rey de Israel, baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos».

También los que estaban crucificados con Él lo insulta­ban.

Al llegar el mediodía, toda la región quedó en tinieblas hasta la media tarde.  Y, a la media tarde, Jesús clamó con voz potente:

—«Eloí, Eloí, lamá sabaktaní».

Que significa:

—«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»

Algunos de los presentes, al oírlo, decían:

—«Mira, está llamando a Elías».

Y uno echo a correr y, empapando una esponja en vina­gre, la sujetó a una caña, y le daba de beber, diciendo:

—«Déjenlo, a ver si viene Elías a bajarlo».

Y Jesús, dando un fuerte grito, expiró.

Todos se arrodillan, y se hace una pausa

El velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo.  El centurión, que estaba enfrente, al ver cómo había expirado, dijo:

—«Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios».

Había también unas mujeres que miraban desde lejos; entre ellas, María Magdalena, María, la madre de Santiago el Menor y de José, y Salomé, que, cuando Él estaba en Galilea, lo seguían para atenderlo; y otras muchas que habían subido con Él a Jerusalén.

Al anochecer, como era el día de la Preparación, víspera del sábado, vino José de Arimatea, noble senador, que también aguardaba el reino de Dios; armándose de valor, se presen­tó ante Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús.

Pilato se extrañó de que hubiera muerto ya; y, llamando al centurión, le preguntó si hacía mucho tiempo que había muerto.  Informado por el centurión, concedió el cadáver a José.

Éste compró una sábana y, bajando a Jesús, lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro, excavado en una roca, y rodó una piedra a la entrada del sepulcro.

María Magdalena y María la madre de José observaban dón­de lo ponían.

II. APUNTES

Se acercaba ya la celebración anual de la Pascua judía y Jesús, como todos los años (ver Lc 2,41), junto con sus apóstoles y discípulos se dirige a Jerusalén para celebrar allí la fiesta.

Mientras se encuentra de camino el Señor recibe un mensaje apremiante de parte de Marta y María, hermanas de Lázaro: «Señor, aquel a quien tú quieres, está enfermo» (Jn 11,3).  Imploraban al Señor que fuera a Betania lo más pronto posible para curar a su hermano, que se encontraba al borde de la muerte.  El Señor, en cambio, hace todo lo contrario: espera unos días más aduciendo que la enfermedad de su amigo «no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella» (Jn 11,4).  Terminada su espera, se dirige finalmente a Betania, donde realiza un milagro que rebasa el límite de todo lo que un profeta habría podido hacer: devolverle la vida a un hombre que yacía ya cuatro días en el sepulcro, cuyo cadáver se encontraba ya en estado de descomposición (ver Jn 11,39-40).

El desconcierto inicial daba lugar a un indescriptible estado de euforia al ver a Lázaro salir vivo de la tumba.  Tan impactante y asombroso fue este milagro que muchos «viendo lo que había hecho, creyeron en Él» (Jn 11,45).  La espectacular noticia se difundió rápidamente por los alrededores, de modo que muchos acudieron a Betania a ver a Jesús y a Lázaro.  ¿No era suficiente ese signo para acreditarlo ante el pueblo, ante los fariseos y sumos sacerdotes como el Mesías esperado?  No es difícil imaginar el estado de exaltación en el que se encontrarían los apóstoles y discípulos al ver actuar a su Maestro con tal poder.  Probablemente pensaban que al fin se acercaba ya la hora de su gloriosa y poderosa manifestación a Israel, la hora en que liberaría a Israel de la opresión de sus enemigos e instauraría finalmente el Reino de los Cielos en la tierra.

Algunos corrieron a toda prisa a Jerusalén llevando la noticia, comunicándosela a los fariseos, quienes reuniéndose en consejo se preguntaban: «¿Qué hacemos?  Porque este hombre realiza muchas señales.  Si le dejamos que siga así, todos creerán en Él y vendrán los romanos y destruirán nuestro Lugar Santo y nuestra nación» (Jn 11,47-48).  Con tal argumento finalmente «decidieron darle muerte» (Jn 11,53).

Y como gran número de judíos al enterarse de lo sucedido acudían a Betania no sólo a ver a Jesús sino también a Lázaro (ver Jn 12,9) los sumos sacerdotes decidieron darle muerte también a él, «porque a causa de él muchos judíos se les iban y creían en Jesús» (Jn12,11).  ¿Cómo podía llegar a tanto la cerrazón, la ambición y la ceguera de aquellos fariseos?  Lo cierto es que mientras muchos por la evidencia de los hechos se abrían a la fe, éstos endurecían más y más el corazón.

Hasta entonces el Señor había insistido en que a nadie dijeran que Él era el Mesías (ver Lc 8,56; 9,20-21).  Sin embargo, sabiendo que pronto iba a ser “glorificado” (ver Jn 11,4), es decir, que se acercaba ya la hora de su Pasión, Muerte y Resurrección, cambia su actitud.  Esta vez, cerca ya de Jerusalén y acompañado por la enfervorizada multitud, da instrucciones a sus discípulos para que le traigan un borrico para realizar, montado en él, el último trecho y la entrada a la Ciudad Santa.  Les dice dónde encontrarán al joven animal que aún no había sido montado por nadie, y los discípulos hacen exactamente lo que el Señor les pide (Evangelio antes de iniciar la procesión de ramos).

No era raro que en aquel entonces personas importantes usaran un borrico para transportarse (ver Núm 22,21ss).  ¿Y qué importancia tiene el que nadie lo hubiese montado aún?  Los antiguos pensaban que un animal ya empleado en usos profanos no era idóneo para usos religiosos (ver Núm 19,2; Dt 15,19; 21,3; 1Sam 6,7).  Un pollino que no hubiese sido montado anteriormente era, pues, lo indicado para transportar por primera vez a una persona sagrada, al mismo Mesías enviado por Dios.

¿Y qué significado tenía esta entrada a Jerusalén montado en un asnillo?  El Señor tiene en mente una antigua profecía: «¡Exulta sin freno, hija de Sión, grita de alegría, hija de Jerusalén!  He aquí que viene a ti tu rey: justo él y victorioso, humilde y montado en un asno, en un pollino, cría de asna… Él proclamará la paz a las naciones.  Su dominio irá de mar a mar y desde el Río hasta los confines de la tierra» (Zac 9,9-10).  El mensaje que quería dar el Señor era muy claro: Él era el rey de la descendencia de David, el Mesías prometido por Dios para salvar a su pueblo; en Él se cumplía la antigua profecía.

El mensaje lo comprendió perfectamente la enfervorizada multitud de discípulos y los admiradores que lo acompañaban, de modo que mientras que el Señor Jesús avanzaba hacia Jerusalén montado sobre el pollino algunos tendían sus mantos en el suelo como alfombras para que pasase sobre ellos, mientras muchos otros acompañaban la jubilosa procesión agitando alegremente ramos de palma, signo popular de victoria y triunfo.  Era la manera popular de proclamar que reconocían en Él al rey-Mesías que traería la victoria a su pueblo.

Mientras tanto, llevados por el entusiasmo y la algarabía, todos gritaban una y otra vez: «¡Hosanna al Hijo de David!  ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!  ¡Hosanna en el cielo!».  Los términos empleados son típicos.  Al decir el que viene en nombre del Señor hacían referencia al Mesías, y al decir el reino que viene… de David (ver Mc 11,9-10) se referían al reino mesiánico inaugurado por el Mesías, el hijo de David.  Más ellos pensaban en un reino mundano, en una victoria política, en un triunfo militar garantizado por una gloriosa intervención divina.

Ciertamente el Señor se aprestaba a manifestar su gloria, se disponía a liberar a su pueblo, pero de otra opresión: la del pecado y de la muerte.  La hora de la manifestación de su gloria no sería otra que la de su Pasión y su elevación en la Cruz (Evangelio).  Conociendo su doloroso destino, anunciado ya anticipadamente a sus discípulos en repetidas oportunidades (ver Mt 16,21; Lc 9,22), Él no se resiste ni se echa atrás.  (1ª lectura) Confiado en Dios, Él se ofrecerá a sí mismo, soportará el oprobio y la afrenta para nuestra reconciliación.  De este modo Dios exaltó y glorificó al Hijo que por amorosa obediencia, siendo de condición divina, se rebajó a sí mismo «hasta la muerte y muerte de Cruz» (2ª lectura).  Ante Él toda rodilla ha de doblarse y toda lengua ha de confesar que Él «es SEÑOR para gloria de Dios Padre».

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

La liturgia del Domingo de Ramos nos introduce ya en la Semana Santa.  Asocia dos momentos radicalmente contrapuestos, separados tan sólo por pocos días de diferencia: la acogida gloriosa de Jesús en Jerusalén y su implacable ajusticiamiento en el Gólgota, el “hosanna” con los saludos desbordantes de júbilo y el “¡crucifícalo!” con los improperios cargados de desprecio.

Acaso nos preguntamos sorprendidos: ¿Qué pasó en tan breve lapso de tiempo?  ¿Por qué este cambio radical de actitud?  ¿Cómo es posible que los gritos jubilosos de “hosanna” (es decir: “sálvanos”) y “bendito el que viene” con que reconocían y acogían al Mesías-Hijo de David se trocasen tan pronto en insultos, golpes, burlas, interminables latigazos y en un definitivo desprecio y rechazo: “¡A ése no!  ¡A Barrabás!… a ése ¡crucifícalo, crucifícalo!”?

Una explicación sin duda es la manipulación a la que es sometida la muchedumbre.  Como sucede también en nuestros días, quien carece de sentido crítico tiende a plegarse a la “opinión pública”, a “lo que dicen los demás”, dejándose arrastrar fácilmente en sus opiniones y acciones por lo que “la mayoría” piensa o hace.  ¿No hacen lo mismo hoy muchos enemigos de la Iglesia que hallando eco en los poderosos medios de comunicación social presentan “la verdad sobre Jesús” para que muchos hijos de la Iglesia griten nuevamente “crucifíquenlo” y “crucifiquen a Su Iglesia”?  En el caso de Jesús, como en muchos otros casos, la “opinión pública” es continuamente manipulada hábilmente por un pequeño grupo de poder que quiere quitar a Cristo de en medio (ver Lc 19,47; Jn 5,18; 7,1; Hech 9,23).

Pero la asombrosa facilidad para cambiar de actitud tan radicalmente con respecto a Jesús no debe hacernos pensar tanto en “los demás”, o señalar a la masa para sentirnos exculpados, sino que debe hacernos reflexionar humildemente en nuestra propia volubilidad e inconsistencia.  ¿Cuántas veces arrepentidos, emocionados, tocados profundamente por un encuentro con el Señor, convencidos de que Cristo es la respuesta a todas nuestras búsquedas de felicidad, de que Él es EL SEÑOR, le abrimos las puertas de nuestra mente y de nuestro corazón, lo acogemos con alegría y entusiasmo, con palmas y vítores, pero poco después con nuestras acciones y opciones opuestas a sus enseñanzas lo expulsamos y gritamos “¡crucifícale!”, porque preferimos al “Barrabás” de nuestros propios vicios y pecados?

También yo me dejo manipular fácilmente por las voces seductoras de un mundo que odia a Cristo y busca arrancar toda raíz cristiana de nuestros pueblos y culturas forjados al calor de la fe.  También yo me dejo influenciar fácilmente por las voces engañosas de mis propias concupiscencias e inclinaciones al mal.  También yo me dejo seducir fácilmente por las voces sutiles y halagadoras del Maligno que con sus astutas ilusiones me promete la felicidad que anhelo vivamente si a cambio le ofrendo mi vida a los dioses del poder, del placer o del tener.  Y así, ¡cuántas veces, aunque cristiano de nombre, grito cada vez que dedico hacer el mal que se presenta como “bueno para mí”: “¡A ése NO!  ¡A ése CRUCIFÍCALO!  ¡A ese sácalo de mi vida!  ¡Elijo a Barrabás!  ”!

Qué importante es aprender a ser fieles hasta en los más pequeños detalles de nuestra vida, para no crucificar nuevamente a Cristo con nuestras obras!  ¡Qué importante es ser fieles, siempre fieles!  ¡Qué importante es desenmascarar, resistir y rechazar aquellas voces que sutil y hábilmente quieren ponernos en contra de Jesús, para en cambio construir nuestra fidelidad al Señor día a día con las pequeñas opciones por Él!  ¡Qué importante es fortalecer nuestra amistad con Él mediante la oración diaria y perseverante!  De lo contrario, en el momento de la prueba o de la tentación, en el momento en que escuchemos las “voces” interiores o exteriores que nos inviten a eliminar al Señor Jesús de nuestras vidas, descubriremos cómo nuestro “hosanna” inicial se convertirá en un traidor “crucifícalo”.

¿Qué elijo yo?  ¿Ser fiel al Señor hasta la muerte?  ¿O cobarde como tantos, me conformo en señalar siempre como una veleta en la dirección en la que soplan los vientos de un mundo que aborrece a Cristo, que aborrece a su Iglesia y a todos aquéllos que son de Cristo?

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Andrés de Creta: «Venid subamos juntos al monte de los Olivos y sal­gamos al encuentro de Cristo, que vuelve hoy desde Be­tania, y que se encamina por su propia voluntad hacia aquella venerable y bienaventurada Pasión, para llevar a término el misterio de nuestra salvación.  Viene, en efecto, voluntariamente hacia Jerusalén, el mismo que, por amor a nosotros, bajó del Cielo para exaltarnos con Él, como dice la Escritura, por encima de todo principado, potestad, virtud y dominación, y de todo ser que exista, a nosotros que yacíamos postrados.  Él viene, pero no como quien toma posesión de su gloria, con fasto y ostentación.  No gritará —dice la Es­critura—, no clamará, no voceará por las calles, sino que será manso y humilde, con apariencia insignificante, aunque le ha sido preparada una entrada suntuosa.  Corramos, pues, con Él que se dirige con presteza a la Pasión, e imitemos a los que salían a su encuentro».

San Ambrosio: «Como las multitudes ya conocían al Señor, le llaman rey, repiten las palabras de las profecías, y dicen que ha venido el hijo de David, según la carne, tanto tiempo esperado».

San Beda: «No se dice que el Salvador sea rey que viene a exigir tributos, ni a armar ejércitos con el acero, ni a pelear visiblemente contra los enemigos; sino que viene a dirigir las mentes para llevar a los que crean, esperen y amen, al Reino de los Cielos; y que quisiera ser rey de Israel es un indicio de su misericordia y no para aumentar su poder».

San Beda: «Una vez crucificado el Señor, como callaron sus conocidos por el temor que tenían, las piedras y las rocas le alabaron, porque, cuando expiró, la tierra tembló, las piedras se rompieron entre sí y los sepulcros se abrieron».

San Ambrosio: «Y no es extraño que las piedras, contra su naturaleza, publiquen las alabanzas del Señor, siendo así que se confiesan más duros que las piedras los que lo habían crucificado; esto es, la turba que poco después había de crucificarle, negando en su corazón al Dios que confesó con sus palabras.  Además, como habían enmudecido los judíos después de la Pasión del Salvador, las piedras vivas, como dice San Pedro, lo celebraron».

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

La subida de Jesús a Jerusalén

557: «Como se iban cumpliendo los días de su asunción, Él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén» (Lc 9,51).  Por esta decisión, manifestaba que subía a Jerusalén dispuesto a morir.  En tres ocasiones había repetido el anuncio de su Pasión y de su Resurrección.  Al dirigirse a Jerusalén dice: «No cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén» (Lc13,33).

558: Jesús recuerda el martirio de los profetas que habían sido muertos en Jerusalén.  Sin embargo, persiste en llamar a Jerusalén a reunirse en torno a Él: «¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina reúne a sus pollos bajo las alas y no habéis querido!» (Mt 23,37b).  Cuando está a la vista de Jerusalén, llora sobre ella y expresa una vez más el deseo de su corazón: «¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz!  Pero ahora está oculto a tus ojos» (Lc 19,41-42).

La entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén

559: ¿Cómo va a acoger Jerusalén a su Mesías?  Jesús rehuyó siempre las tentativas populares de hacerle rey, pero elige el momento y prepara los detalles de su entrada mesiánica en la ciudad de «David, su padre» (Lc 1,32).  Es aclamado como hijo de David, el que trae la salvación («Hosanna» quiere decir «¡sálvanos!», «¡Danos la salvación!»).  Pues bien, el «Rey de la Gloria» (Sal 24,7-10) entra en su ciudad «montado en un asno» (Zac 9,9): no conquista a la hija de Sión, figura de su Iglesia, ni por la astucia ni por la violencia, sino por la humildad que da testimonio de la Verdad.  Por eso los súbditos de su Reino, aquel día fueron los niños y los «pobres de Dios», que le aclamaban como los ángeles lo anunciaron a los pastores.  Su aclamación, «Bendito el que viene en el nombre del Señor» (Sal 118,26), ha sido recogida por la Iglesia en el «Sanctus» de la liturgia eucarística para introducir al memorial de la Pascua del Señor.

560: La entrada de Jesús en Jerusalén manifiesta la venida del Reino que el Rey-Mesías llevará a cabo mediante la Pascua de su Muerte y de su Resurrección.  Con su celebración, el Domingo de Ramos, la liturgia de la Iglesia abre la Semana Santa.

VI. TEXTOS DE LA ESPIRITUALIDAD SODÁLITE

San Juan nos introduce en este acontecimiento dramático (de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo) con estas palabras: «Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo»[1].

En el Evangelio según San Juan queda muy claro que Cristo fue enviado por Dios al mundo para llevar a cabo la redención del hombre mediante el sacrificio de su propia vida.  Este sacrificio debía tomar la forma de un “despojarse” de sí en la obediencia hasta la muerte en la Cruz.  En toda su predicación, en todo su comportamiento, Jesús es guiado por la consciencia profunda que tiene de los designios de Dios sobre la vida y la muerte, con la certeza de que esos designios nacen del amor eterno del Padre al mundo, y en especial al hombre.

Jesús mismo lo formula con las siguientes palabras: «Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna»[2].  El amor sigue siendo la explicación definitiva de la redención mediante la Cruz.  Es la única respuesta a la pregunta “¿por qué?” a propósito de la muerte de Cristo incluida en el designio eterno de Dios.

De esa manera, la muerte no tiene la última palabra.  Jesús con su muerte revela que al final de la vida el hombre no está destinado a sumergirse en la oscuridad, en el vacío existencial, en la vorágine de la nada, sino que está invitado al encuentro con el Padre misericordioso, que lo espera con los brazos abiertos por el camino del amor hecho obediencia.

En nuestra espiritualidad sodálite el mandamiento de Jesús encuentra especialmente su plasmación en la oración del ideal: «Santa María, ayúdame a esforzarme, según el máximo de mi capacidad y al máximo de mis posibilidades, para así responder al Plan de Dios en todas las circunstancias concretas de mi vida».  (Camino hacia Dios #149)


[1] Jn 13,1.

[2] Jn 3,16.

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