Camino hacia Dios Cuaresma

61. LA CONVERSIÓN

El Papa Juan Pablo II, recogiendo el sentir de los obispos de toda América, nos ha recordado recientemente que «el encuentro con Jesús vivo, mueve a la conversión»[1] y, al mismo tiempo, «nos conduce a la conversión permanente»[2].  Y es que la conversión no hay que entenderla solamente como un «momentáneo acto interior, sino también como disposición estable, como estado de ánimo»[3], por el cual todo aquél que es hijo en el Hijo vive convirtiéndose al Padre sin cesar.  Así, pues, es bueno que tengamos en cuenta que «la conversión en esta tierra nunca es una meta plenamente alcanzada: en el camino que el discípulo está llamado a recorrer siguiendo a Jesús, la conversión es un empeño que abarca toda la vida»[4]

La conversión: una lucha de toda la vida

El Catecismo de la Iglesia nos enseña que «la vida nueva recibida en la iniciación cristiana (Bautismo, Confirmación y Eucaristía) no suprimió la fragilidad y la debilidad de la naturaleza humana, ni la inclinación al pecado que la tradición llama concupiscencia»[5].  Ésta permanece en nosotros y da lugar al combate espiritual[6]

Es importante comprender que estas tendencias desordenadas o inclinaciones al pecado no son “instintos” o “fuerzas ciegas” a las que es imposible resistir, de modo que podamos pensar que “no tenemos culpa” si pecamos.  La posibilidad de rechazar la tentación y obrar el bien —por más que nuestra libertad se halle muy comprometida por nuestros hábitos pecaminosos— siempre estará a nuestro alcance.  Quien peca, es porque cede libremente a las tendencias desordenadas, ya que «la concupiscencia… no puede dañar a los que no la consienten y la resisten con coraje»[7].  Más aún, a nosotros se nos promete que la tentación nunca será superior a la medida humana.  Que Dios no permitirá que seamos tentados más allá de nuestras fuerzas, y que antes bien, cuando aparezca la tentación, nos dará la gracia necesaria para resistirle con éxito[8]

Tampoco hay que olvidar que —hoy como ayer— nuestro adversario «el Diablo, ronda como león rugiente, buscando a quién devorar»[9], y que él se vale de sugestiones o tentaciones para inducirnos a obrar el mal y dejar de hacer el bien.  En efecto, «mientras estamos en este mundo, nuestro propósito de conversión se ve constantemente amenazado por las tentaciones»[10].

Así, pues, mientras dure nuestra peregrinación por los caminos de este mundo, no dejaremos de experimentar nuestra desordenada inclinación al pecado, nuestra propia fragilidad para resistir al mal y para perseverar en el bien[11], así como la fuerza atractiva de las diversas tentaciones que disfrazadas de “bien para mí”, tienen como fin conducirme al mal y a la muerte[12].  La experiencia de estas realidades, que tantas veces son motivo de desaliento o desesperanza para quien no las acepta con humildad, deben ser tomadas como un continuo aliento que nos empuja a la lucha «de la conversión con miras a la santidad y la vida eterna»[13], lucha en la que entendemos de que nada podemos sin el Señor[14].

La metánoia

Al llamar a todos los hombres a la conversión, el Señor Jesús y sus apóstoles utilizan en el Nuevo Testamento la palabra «metánoia[15], que quiere decir cambio de mentalidad.  No se trata sólo —explica el Santo Padre— de un modo distinto de pensar a nivel intelectual, sino de la revisión del propio modo de actuar a la luz de los criterios evangélicos»[16].  En efecto, «la conversión (metánoia), a la que cada ser humano está llamado»[17] «consiste en el esfuerzo de asimilar los valores evangélicos que contrastan con las tendencias dominantes en el mundo»[18].  Supone despojarnos de los pensamientos, sentimientos, conductas y hábitos que se oponen al Plan de Dios o prescinden de él, para revestirnos de aquellos pensamientos, sentimientos y conductas del Señor Jesús.  Es un proceso alentado por la gracia en el que se crece toda la vida contando con nuestra libre colaboración.

El Señor Jesús, al ser tentado en el desierto, nos señala con su actitud la importancia y urgencia de tal asimilación integral.  Muestra que la única manera de resistir y vencer con éxito las múltiples tentaciones que irán apareciendo en nuestro camino de conversión es la oposición pronta y radical: con la tentación jamás se dialoga[19], se la rechaza inmediatamente oponiéndole los “criterios evangélicos” [20]

La meta es la santidad

La conversión no tiene, pues, sólo un aspecto negativo, cual es la lucha contra las tentaciones y tendencias pecaminosas que hay en nosotros.  El horizonte de la conversión es eminentemente positivo, y apunta a la santidad[21].  El mismo Padre es quien nos ha señalado la meta: ser santos como Él mismo es Santo[22], es más, nos ha dado y señalado «El Camino»[23] por el cual todos podemos alcanzar efectivamente tal perfección y santidad: en el Hijo, quien ha revelado a toda persona humana «el modo de llegar a la plenitud de su propia vocación»[24], y lo alienta con la certeza que aspirar a llegar «al estado de hombre perfecto»[25] no es imposible.

Conclusión

Por el Bautismo y la Confirmación hemos llegado a ser plenamente hijos en el Hijo.  Aun así, hace falta que desde nuestra libertad rectamente ejercida respondamos al don recibido.  El don exige nuestra cooperación, exige que de nuestra parte aprendamos a ser hijos.  ¿Cómo aprenderemos a ser verdaderamente hijos?  El Señor Jesús, el Hijo amado del Padre e Hijo de Santa María Virgen, es paradigma y modelo[26].  En el camino de conversión se trata de ser verdaderos discípulos, aspirando incesantemente a dejarnos educar por el Espíritu Santo por la intercesión de la Madre, de modo que lleguemos a ser “otros Cristos”: teniendo «la mente de Cristo»[27], guardando entre nosotros «los mismos sentimientos de Cristo»[28], obrando en todo como Él ha obrado[29].


CITAS PARA MEDITAR

  • El Señor llama a la conversión, a la metánoia: Mc 1,14; Mt 3,2; 4,17; Lc 3,32; 15,7; 15,10; 24,47; Hech 2,38.
  • El horizonte de la conversión: ser santos, como Dios es santo: Lev 11,44-45; 19,2; 20,7; 20,26; Mt 5,48; 1Pe 1,16.
  • La conversión o metánoia es un cambio de mentalidad: Rom 12,2; ver 1Pe 1,16.
  • Respondiendo a la gracia y al don recibido, hay que trabajar por despojarnos del hombre viejo, y revestirnos del hombre nuevo: Ef 4,22-24; Col 3,9-10.
  • Santa María nos educa en el camino de conversión: Jn 2,5; Lc 8,21; 11,27-28.


[1] Ecclesia in America, 26.

[2] Allí mismo, 28.

[3] Dives in misericordia, 13g.

[4] Ecclesia in America, 26.  El capítulo III de esta exhortación apostólica tiene como tema: “Camino de Conversión”.

[5] Catecismo de la Iglesia Católica, 1426.

[6] Ver allí mismo, 1264; ver 1426; 405.

[7] Allí mismo, 1264.

[8] Ver 1Cor 10,13.

[9] 1Pe 5,8; ver Gen 4,7.

[10] Ecclesia in America, 26. 

[11] Ver Rom 7,15.

[12] Ver Gen 3,6.

[13] Catecismo de la Iglesia Católica, 1426; ver 405.

[14] Ver Jn 15,5.

[15] Mc 1,14; Mt 3,2; 4,17; Lc 3,32; 15,7; 15,10; 24,47; Hech 2,38; etc.

[16] Ecclesia in America, 26. 

[17] Allí mismo, 32. 

[18] Allí mismo, 28.

[19] Ver Gen 3,1-6.

[20] Ver Mt 4,4.7.10.

[21] Ver Ecclesia in America, 30.

[22] Ver Lev 11,44-45; 19,2; 20,7; 20,26; Mt 5,48; 1Pe 1,16.

[23] Ver Jn 14,6.

[24] Ecclesia in America, 10; ver Gaudium et spes, 22.

[25] Ef 4,13.

[26] Ver Mc 1, 11 y 9,7.

[27] 1Cor 2,16.

[28] Flp 2,5.

[29] Ver Jn 13,15.