Camino hacia Dios

160. Colaboradores del Espíritu Santo

CHD 160 ENCABEZADO

CHD 160 Jun2007 Colaboradores del Espíritu Santo INTERIORIZANDO pdf CHD 160 Jun2007 Colaboradores del Espíritu Santo pdfHace pocos días hemos celebrado con gran gozo la fiesta de Pentecostés.  Reunidos los apóstoles alrededor de Santa María[1], con la efusión del Espíritu Santo se revela plenamente la Santísima Trinidad.  La celebración nos introduce de lleno en el misterio de Dios, Uno y Trino, y nos invita a dejar que la Tercera Persona de la Trinidad haga crecer en nosotros la vida nueva en Cristo[2].  Es el Espíritu Santo, Señor y Dador de Vida, Espíritu de Verdad y de Amor, que nos abre al misterio de Dios que es Comunión de Amor y que nos invita a participar de su vida íntima.  Es ésta la vida auténtica a la que estamos llamados, aquella que anhela con todo ardor nuestro corazón.  Es la vida en el seno de Dios, que como recuerda bellamente San Juan, es Amor[3], «y el Amor que es el primer don, contiene todos los demás.  Este amor “Dios lo ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado”[4]»[5].

El Espíritu había sido prometido a los Apóstoles por el mismo Señor Jesús.  Para cumplir su misión el Señor les había anunciado que enviaría sobre ellos «la Promesa de mi Padre».  Ellos debían permanecer en Jerusalén hasta ser «revestidos de poder desde lo Alto»[6].  ¿A qué se refería el Señor con «la Promesa del Padre», este «poder de lo Alto»?  Se refería al Espíritu Santo, que Él mismo junto con el Padre envió sobre sus Apóstoles y discípulos.  La misión de expandir el Evangelio de la Reconciliación a todas las culturas y a todos los pueblos es una tarea y empresa que no podían realizar solos, sino sólo con la fuerza del Espíritu divino.  El Espíritu continúa su misión en la Iglesia.  Precisamente, la misión de la Iglesia no se añade a la de Cristo y del Espíritu Santo, «sino que es su sacramento: con todo su ser y en todos sus miembros ha sido enviada para anunciar y dar testimonio, para actualizar y extender el Misterio de la Comunión de la Santísima Trinidad»[7].

El Espíritu, agente principal de la Evangelización

Es evidente que toda gracia es siempre don de Dios, que es quien toma la iniciativa para ayudarnos a asemejarnos cada día más al Señor Jesús.  Pero como sabemos bien, Dios quiere nuestra cooperación.  En esa dinámica, el Espíritu Santo es quien suscita, sostiene y acompaña nuestra libre cooperación para cumplir el Plan que tiene para cada uno de nosotros.  Lo señalaba el Papa Pablo VI cuando decía que «no habrá nunca evangelización posible sin la acción del Espíritu Santo… puede decirse que el Espíritu Santo es el agente principal de la evangelización»[8].  En Pentecostés vemos cómo la evangelización tiene como protagonista no a los apóstoles, sino al Espíritu Santo que actúa en aquellos que humilde y decididamente cooperan con Él prestándole sus mentes, sus corazones y sus labios.

El Espíritu del Señor es el que enciende los corazones en el fuego del divino amor y los lanza al anuncio audaz, decidido, valiente.  Con la fuerza de lo Alto los apóstoles fueron capaces de ser testigos veraces de Aquél a quien habían visto, oído y tocado con sus manos[9] para encender con ese mismo fuego de amor otros corazones.  «Ciertamente —afirmaba el Papa Benedicto XVI— el Señor pide nuestra colaboración, pero antes de cualquier respuesta nuestra se necesita su iniciativa: su Espíritu es el verdadero protagonista de la Iglesia.  Las raíces de nuestro ser y de nuestro obrar están en el silencio sabio y providente de Dios»[10].  Sabemos, por experiencia, que las técnicas de evangelización pueden ser muy buenas, «pero ni las más perfeccionadas podrían reemplazar la acción discreta del Espíritu.  La preparación más refinada del evangelizador no consigue absolutamente nada sin Él»[11].

El primer campo para evangelizar

Nos queda claro, entonces, que debemos colaborar en la misión del Espíritu Santo, que es la de anunciar al Señor Jesús «hasta los confines del mundo»[12].  Esa colaboración exige de nosotros una actitud activa, ardorosa y responsable.  No hay otra manera de comunicar la fuerza del Espíritu sino dejándonos inflamar por Él, comunicando gozosos la Buena Nueva de la Reconciliación.  Contando con esa fuerza interior que debemos albergar en nuestro corazón, hay muchos modos de participar en la misión evangelizadora de la Iglesia, y cada uno debe cooperar desde sus circunstancias concretas, al máximo de sus capacidades y posibilidades.

Sin embargo, hay una primera misión en la que debemos colaborar con el Espíritu Santo, y es la de nuestro propio crecimiento en la vida de gracia.  Se trata del esfuerzo por abrirnos al Espíritu de Amor, poniendo los medios necesarios para avanzar por el camino de nuestra propia santidad.  Colaborar con la misión del Espíritu Santo para anunciar el Evangelio implica empezar por el primer campo de apostolado, que es siempre uno mismo.  Se trata de ser «fortalecidos por la acción del Espíritu en el hombre interior»[13].  Lo señalaba también el recordado Papa Juan Pablo II, al invitar a «colaborar con el Espíritu Santo en esta transformación espiritual que permite que un hombre, que cada uno de nosotros (…) sea hijo de Dios a semejanza del Hijo Jesucristo»[14].

A la luz de estas reflexiones podemos ver que la conversión es un proceso continuo, que es en todo momento suscitado y sostenido por el Espíritu Santo, que sin embargo para hacerse fructífero necesita de nuestra colaboración.  Es ésta, pues, una primera dimensión en la que somos llamados a ser auténticos colaboradores del Espíritu Santo, una tarea que dura toda la vida y que tiene como meta la conformación plena con el Señor Jesús.  Todo ello nos recuerda que es preciso educarnos en una actitud de permanente apertura a la acción del Espíritu, lo que exige de nosotros una especial atención a la vida espiritual.  Sin una vida espiritual intensa, sin una oración hecha vida cotidiana, nuestra colaboración será sin duda estéril.

Colaboradores en el anuncio del Evangelio

El Espíritu Santo es el que anima y conduce a la Iglesia en la tarea evangelizadora a lo largo de los siglos, hasta que el Señor vuelva en su gloria.  La misión del Espíritu Santo se realiza en la Iglesia.  El Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda algunos aspectos esenciales de esta misión: «El Espíritu Santo prepara a los hombres, los previene por su gracia, para atraerlos hacia Cristo.  Les manifiesta al Señor Resucitado, les recuerda su palabra y abre su mente para entender su Muerte y su Resurrección.  Les hace presente el Misterio de Cristo, sobre todo en la Eucaristía para reconciliarlos, para conducirlos a la Comunión con Dios, para que den ‘mucho fruto’[15]»[16].

Como evangelizadores permanentemente evangelizados somos llamados a colaborar con el Espíritu para que se cumpla la misión de la Iglesia, sabiendo que la Nueva Evangelización se realiza mediante la generosa colaboración con el Espíritu Santo, que renueva la faz de la tierra[17].  Estamos llamados a ser creativos en el apostolado, a buscar y poner por obra todos los medios que estén a nuestra disposición para que el Espíritu actúe, a llegar a todos los ámbitos que necesiten de la Palabra de Dios, a todos los corazones que viven hambrientos de la verdadera Vida.

Se trata, en fin, de procurar una apertura a la acción del Espíritu Santo, quien en los planes de Dios se sirve habitualmente de las mediaciones humanas para actuar en la historia.  Precisamente por ello el Señor Jesús constituyó su Iglesia sobre el fundamento de los Apóstoles reunidos en torno a Pedro, y la enriqueció con el don de su Espíritu.  Nuestro esfuerzo debe orientarse a permanecer siempre abiertos y dóciles a la acción del Espíritu Santo, la única manera de ser entre los hombres signos creíbles y eficaces de la acción de Dios.

María colaboradora del Espíritu Santo

María Santísima, la siempre Virgen, es «la obra maestra de la Misión del Hijo y del Espíritu Santo en la Plenitud de los tiempos»[18].  El Espíritu Santo preparó a María con su gracia, en Ella el mismo Espíritu realiza el designio benevolente del Padre.  Asimismo, en Santa María el Espíritu Santo manifiesta al Hijo del Padre, hecho hombre para la salvación de la humanidad.  Por medio de Nuestra Madre el Espíritu Santo comienza a poner en Comunión con el Señor Jesús a los hombres.  Ella, que estaba presente con los Doce que «perseveraban en la oración, con un mismo espíritu”[19], continúa intercediendo por nosotros y guiándonos hacia una eficaz colaboración con el Espíritu.

La Virgen María es modelo de paradigmática colaboración con el Espíritu Santo.  A lo largo de su vida su respuesta fiel es guía valiosa y esperanzador aliciente para cooperar con el Espíritu en la misión de anunciar al Señor Jesús.  Siempre abierta al Espíritu, no pone trabas, y su «Hágase» es modelo de respuesta generosa.  En la naciente Iglesia los Apóstoles reunidos en torno a Ella recibieron el don pleno del Espíritu, y bajo sus cuidados maternales continuaron con la misión del Hijo, que realiza el Espíritu Santo en la Iglesia hasta el día de hoy y hasta el fin de los tiempos.  Junto a María, de su mano, aprendemos a vivir en apertura a las mociones de Dios, a tener una vida espiritual intensa, a comunicar a los demás aquella vida interior que recibimos de quien es la Vida, en resumen, aprendemos a ser dóciles y auténticos colaboradores del Espíritu Santo, para que otros también tengan vida y la tengan en abundancia[20].

Reflexionar sobre la presencia del Espíritu Santo en nuestras vidas es una invitación a renovar nuestro esfuerzo y compromiso por poner todos los medios para estar abiertos a su acción vivificadora.  Implica hacer todo esfuerzo[21] para avanzar por el camino de una auténtica conversión, respondiendo en primer lugar a la vocación a la santidad a la que todos somos llamados, con la mirada puesta el horizonte de la participación en la Comunión Divina de Amor.  Implica también poner todo nuestro esfuerzo y empeño para que desde una vida cada vez más evangelizada y reconciliada, podamos dar un testimonio elocuente y convincente de la presencia de Dios en nuestras vidas.  Nada de esto se puede hacer sin la apertura al Espíritu de Amor, y por el contrario, abiertos al fuego intenso y ardoroso del Espíritu, que como en Pentecostés bajó en llamas sobre Santa María y los Apóstoles, seremos capaces de proclamar la Buena Nueva de la Reconciliación a todas las gentes.  En nuestro caso, podremos anunciar al Señor Jesús con decisión y valor en las diversas circunstancias de nuestra vida cotidiana y en toda ocasión, a «tiempo y a destiempo»[22].


Preguntas para el diálogo

  1. ¿Soy consciente de la importancia del Espíritu Santo en mi vida?
  2. ¿Recurro al Espíritu Santo cotidianamente como parte de mi propio camino de conversión y santificación?
  3. ¿Recurro al Espíritu Santo en mi apostolado? ¿Soy consciente de que sin la presencia del Espíritu mi apostolado será estéril?
  4. ¿Cómo me enseña Santa María a ser un mejor colaborador del Espíritu Santo?
  5. ¿Qué medios puedo poner para tener una mayor docilidad y apertura al Espíritu Santo?

Citas para la oración

  • Colaborar con el Espíritu en nuestra propia santificación: Ef 3,16; Rom 5,5; 1Cor 6,19
  • El Espíritu nos da a conocer la verdad; Jn 14,26
  • El Espíritu, protagonista de la Evangelización: Lc 12,12; Jn 16,7-11; Hech 2,1ss; Hech 4,31; Hech 13,4; 1Cor 12,3,
    El Espíritu nos da la fuerza para evangelizar: Hech 1,8; Hech 21,11; 1Tes 1,5
  • Seguir el ejemplo de María: Lc 1,38

INTERIORIZANDO

La misión de expandir el Evangelio de la Reconciliación a todas las culturas y a todos los pueblos es una tarea y empresa que no podemos realizar solos, sino sólo con la fuerza del Espíritu divino.

  • ¿Soy consciente de la importancia del Espíritu Santo en mi vida?

En primer lugar, estamos llamados a ser colaboradores del Espíritu en nuestro propio camino de santificación.  El Espíritu Santo debe estar presente en nuestra vida cotidiana, en nuestro combate específico, pues es quien me abre a la verdad, me prepara para la oración y reza conmigo.

  • ¿Recurro al Espíritu Santo cotidianamente como parte de mi propio camino de conversión y santificación?
  • ¿Qué medios puedo poner para tener una mayor presencia del Espíritu Santo en mi vida cotidiana?

El Espíritu continúa la misión de Cristo en la Iglesia.  Precisamente, la misión de la Iglesia no se añade a la de Cristo y del Espíritu Santo, sino que es su sacramento.  En Pentecostés vemos como la evangelización tiene como protagonista no a los apóstoles sino al Espíritu Santo que actúa en aquellos que humilde y decididamente cooperan con Él prestándole sus mentes, sus corazones y sus labios.

El Papa Pablo VI recordaba: «No habrá nunca evangelización posible sin la acción del Espíritu Santo… puede decirse que el Espíritu Santo es el agente principal de la evangelización»

  • ¿Recurro al Espíritu Santo en mi apostolado?

“Si Yahveh no construye la casa, en vano se afanan los constructores” (Sal 127,1) ¿Qué te dice esta cita tomada de la Sagrada Escritura en relación al tema sobre el cual estamos reflexionando?

  • ¿Soy consciente de que sin la presencia del Espíritu mi apostolado será estéril?

Como evangelizadores permanentemente evangelizados estamos llamados a colaborar con el Espíritu para que se cumpla la misión de la Iglesia, sabiendo que la Nueva Evangelización se realiza mediante la generosa colaboración con el Espíritu Santo.  Estamos llamados a ser creativos en el apostolado, a buscar y poner por obra todos los medios que estén a nuestra disposición para que el Espíritu actúe, a llegar a todos los ámbitos que necesiten de la Palabra de Dios, a todos los corazones que viven hambrientos de la verdadera Vida.

Escribir tres medios que me permitan abrirme a la presencia del Espíritu Santo en mi apostolado cotidiano.

  1. _____________________________________________________________
  2. _____________________________________________________________
  3. _____________________________________________________________

María Santísima, la siempre Virgen, es «la obra maestra de la Misión del Hijo y del Espíritu Santo en la Plenitud de los tiempos».  A lo largo de su vida su respuesta fiel es guía valiosa y esperanzador aliciente para cooperar con el Espíritu en la misión de anunciar al Señor Jesús.

  • ¿Cómo me enseña Santa María a ser un mejor colaborador del Espíritu Santo?

Reflexionar sobre la presencia del Espíritu Santo en nuestras vidas es una invitación a renovar nuestro esfuerzo y compromiso por poner todos los medios para estar abiertos a su acción vivificadora.  De modo especial, pidamos la intercesión de Santa María, para que no ayude a ser auténticos colaboradores de la acción del Espíritu Santo.

Presencia del Espíritu

Santa María,
Madre del Señor Jesús y nuestra,
obtennos la presencia vivificante
del Espíritu,
y la gracia de andar siempre
por los caminos de Dios;
por tu bondadosa intercesión
consigue que estemos libres:
de las tristezas presentes,
de las asechanzas del enemigo,
de las flaquezas en la lucha,
de la permisividad
con nuestras inconsistencias;
y para cuando seamos
convocados por el Padre
consigue para nosotros
las alegrías sin fin.
Amén.


[1] Hech 2,1

[2] Rom 6,4

[3] 1Jn 4,8.16

[4] Rom 5,5

[5] Catecismo de la Iglesia Católica, 733.

[6] Hech 1,4-5

[7] Catecismo de la Iglesia Católica, 732.

[8] S.S. Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 76.

[9] Cf. 1 Jn 1,1

[10] S.S. Benedicto XVI, Homilía, 4/6/05.

[11] S.S. Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 76.

[12] Hech 1,8

[13] Ef 3,16

[14] S.S. Juan Pablo II, Audiencia general, 21/8/91.

[15] Jn 15,5.8.16

[16] Catecismo de la Iglesia Católica, 737.

[17] Cf. Sal 104,30

[18] Catecismo de la Iglesia Católica, 721.

[19] Hech 1,14

[20] Jn 10,10.

[21] 2Pe 1,5

[22] 2Tim 4,2