Camino hacia Dios Cuaresma

12. La conversión

Toda persona que haya tenido la audacia de ser sincera consigo misma experimenta en lo más íntimo de su ser una profunda conciencia de su propia limitación y, a su vez, una inmensa nostalgia de infinito.  Esta experiencia se traduce en una búsqueda por encontrar respuestas a los muchos interrogantes que la aquejan.

Desgraciadamente, para la mayoría de las personas esta búsqueda no es otra cosa que caminar en círculos, ingresando de esta manera en el monótono y despersonalizante influjo de la cultura de muerte, o cayendo en el vértigo de la desesperanza.  Y es que los múltiples sucedáneos que ofrece el mundo contemporáneo, con su cultura del poder, del tener y del placer, no pueden satisfacer esa intensa sed de felicidad que anida en el corazón de todo ser humano.  Todas estas visiones parciales, superficiales y reduccionistas se estrellan ante el propio misterio del hombre.

Solamente en el encuentro personal con el Señor Jesús puede el ser humano calmar sus anhelos más íntimos.  Sólo a la luz del misterio del Verbo Encarnado se esclarece el misterio del hombre[1].  Él es la única respuesta integral, plenificadora, capaz de responder a los dinamismos fundamentales de la persona[2].

Llamados a la conversión

Para que el maravilloso don de la reconciliación que nos trajo el Señor Jesús fructifique, ha de caer en buena tierra[3].  Esto exige que nos abramos al dinamismo de la gracia, cooperando con ella desde nuestra libertad, en un camino configurante con el Señor Jesús.  Éste es el sentido de las palabras del Maestro: «El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva»[4].

En efecto, el Señor nos llama a convertirnos a Él de todo corazón.  Conversión que significa “cambio de mente” (del griego metánoia), es decir dar muerte al pecado que habita en nosotros, para salir al encuentro de Aquel que está a la puerta, llamando para ingresar y atraernos a la comunión[5].

Opción fundamental

En virtud del Bautismo somos incorporados a Cristo, ingresando de esta manera a la vida nueva que nos trae el Señor.  Esta nueva dimensión de nuestra existencia supone una orientación de toda nuestra vida en la línea del dinamismo amorizante del Señor Jesús.

En efecto, convertirse es optar radicalmente por el Hijo de Santa María.  Pero no se trata de una opción cualquiera, sino de una opción fundamental.  El Señor Jesús debe ser para el cristiano el centro y motor de toda su vida, de sus decisiones y opciones, de sus trabajos y afanes, de sus gozos y alegrías.  No se trata, pues, de una opción más del yo periférico, sino de una opción que brota de lo más hondo de uno mismo.

Despojarse-revestirse

Un artista, para lograr la obra que se ha propuesto, puede proceder de dos maneras: quitar lo que sobra o añadir lo que falta.  Así, por ejemplo, un escultor va despojando al bloque de mármol sobre el cual trabaja de todo aquello que estorba o no corresponde con la imagen de lo que se ha propuesto realizar.  De la misma manera, un pintor va añadiendo sobre el lienzo vacío los colores y formas de lo que ha concebido.

El cristiano que opta por el Señor Jesús no puede contentarse con uno u otro método, sino que debe aplicar ambos: despojarse del hombre viejo y revestirse del nuevo[6].

Se trata de un dinamismo altamente positivo por el cual busco reordenar mis facultades desordenadas por el pecado, así como revestirme de los hábitos y virtudes contrarios, en un proceso configurante que se encamina en la línea de los dinamismos más profundos del ser humano.  No se trata de imitar un aspecto u otro del Señor Jesús, sino de dejarnos transformar en “otros Cristos”.  Buscamos hacer nuestros los mismos pensamientos, sentimientos y actitudes del Señor.  Es, en última instancia, poder repetir con San Pablo: «Vivo yo, mas no yo, sino que es Cristo quien vive en mí»[7].

Caminando con María

La conversión no se logra en un instante, sino que es un largo camino, no exento de pruebas y exigencias[8], pero también iluminado por la claridad de la gracia divina que siempre nos acompaña[9].  En esta peregrinación hasta la conformación definitiva con el Señor, María ocupa un papel fundamental.  El mismo Señor Jesús es quien nos señala a su Madre[10].  Sin embargo, la Virgen de Nazaret no es sólo un ejemplo preclaro de vida cristiana.  Aproximándonos a la Madre descubrimos con mayor plenitud al Hijo, pues como dice el Beato Pablo VI: «María es siempre camino que conduce a Cristo»[11].


Preguntas para el diálogo

  1. ¿En qué consiste la conversión? ¿Qué importancia ocupa en tu vida?
  2. ¿Vives la dinámica del despojarse-revestirse? ¿De qué forma?
  3. ¿Cuáles son los principales obstáculos en tu vida para recorrer el camino de la conversión?

Para meditar

  • Llamados a la conversión: Lam 3,40-42; Ez 36,26-27; Mt 4,17; Mc 1,15; Jn 12,24-25; Hch3,19.
  • La conversión es un encuentro personal con el Señor Jesús: Lc 19,1-10; Jn 1,35-51; Ap 3,20.
  • Cambio de mente: Is 55,8-9; Rom 12,1-2; 1Cor 2,16; 14,20; Flp 3,7-8.
  • Despojarse-revestirse: Ez 36,26-27; Ef 4,17-24; Col 3,8-12.
  • La conversión supone el combate espiritual: Mt 11,12; 1Cor 9,24-26; 2Tim 2,3-6; 4,7.


[1] Ver Gaudium et spes, 22.

[2] Ver Redemptor hominis, 10.

[3] Ver Mt 13,1-9.

[4] Mc 1,15.

[5] Ver Ap 3,20.

[6] Ver Col 3,9-10.

[7] Gál 2,20.

[8] Ver Mt 7,13; 10,34-39.

[9] Ver 2Cor 12,9.

[10] Ver Jn 19,27.

[11] Pablo VI, Carta Encíclica Mense Maio, 29 de abril de 1965.