Camino hacia Dios Cuaresma

114. LA METÁNOIA

Con el nombre de metánoia el Evangelio designa «un total cambio interior… una conversión radical, una transformación profunda de la mente y del corazón»[1].

El Santo Padre en su Exhortación apostólica Ecclesia in America nos recordaba una verdad esencial: «el encuentro con Jesús vivo mueve a la conversión»[2] y «nos conduce a la conversión permanente»[3]. También nos ha recordado que la meta del camino de conversión es la santidad[4], es decir, llegar «al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo»[5]. Todos estamos llamados a ser santos. Esta vocación universal[6] no es una novedad. Ya el apóstol San Pedro, el primer Papa, exhortaba a los primeros cristianos a responder a su vocación a la santidad poniendo todo empeño en asumir una conducta digna de su nueva condición: «Como hijos obedientes, no os amoldéis a las apetencias de antes, del tiempo de vuestra ignorancia, más bien, así como el que os ha llamado es santo, así también vosotros sed santos en toda vuestra conducta, como dice la Escritura: Seréis santos, porque santo soy yo»[7].

¿Qué es la metánoia?

La santidad es consecuencia y fruto de la metánoia. Metánoia es un término griego que literalmente traducido quiere decir “cambio de mentalidad”. El Señor Jesús inicia su ministerio público invitando justamente a la metánoia: «convertíos (metanoeite) y creed en la Buena Nueva»[8]. Como vemos, esta expresión designa mucho más que un mero “cambio de mentalidad”, designa una conversión total de la persona, una profunda transformación interior. Es decir, «no se trata sólo de un modo distinto de pensar a nivel intelectual, sino de la revisión del propio modo de actuar a la luz de los criterios evangélicos»[9]. La metánoia es un cambio en la mente y el corazón, es la transformación radical que alcanza al ser humano en su realidad más profunda, permitiéndole vivir una cada vez mayor coherencia entre la fe creída y la vida cotidiana. La metánoia lleva finalmente a vivir la vida activa según el designio divino.

Esta progresiva transformación interior cuyo horizonte es la plena conformación con Cristo «no es sólo una obra humana»[10]: es ante todo una obra del Espíritu Santo en nosotros. El Espíritu nos lleva a cambiar nuestro interior, transformando nuestro corazón de piedra en un corazón de carne[11], llevándonos a la configuración con el Señor Jesús. Nuestra tarea es cooperar generosa y activamente con la gracia en nuestro proceso de crecimiento y maduración espiritual, para que por la acción divina en nuestros corazones crezca en nosotros el “hombre interior” y se vuelque apostólicamente en el cumplimiento del Plan divino.

Medios concretos

¿Qué puedo hacer para vivir este proceso de conversión o metánoia?

Como se ha dicho, aunque requiere de nuestra libre y decidida respuesta y cooperación, la progresiva configuración con Cristo es ante todo una obra de la gracia en nuestros corazones. Por ello lo primero que debo hacer cada día es pedirle a Dios que Él me inspire y sostenga en mis propios esfuerzos de conversión, para que me convierta totalmente y me asemeje cada vez más con su Hijo, el Señor Jesús. El primer pensamiento que debe venir a mi mente apenas despierto en la mañana ha de ser semejante a este: “¡Quiero ser santo/a! ¡Anhelo configurarme con Cristo, el Hijo de María! ¡Mi meta y mi horizonte es alcanzar la plena madurez en Cristo! Hoy, cooperando con la gracia de Dios, quiero caminar un poco más hacia esa meta, convertirme un poco más, reconciliarme un poco más, amar un poco más a María y al Señor Jesús, amar un poco más como Él, crecer un poco más en santidad, para irradiar a Cristo con mi testimonio, con mi caridad, con mis palabras…”  Entonces, y a lo largo de la jornada, puedo repetir como jaculatoria esta sencilla oración: “¡Conviérteme, Señor, para que yo me convierta!”

Y porque sin el Señor y sin su gracia nada podemos, es también necesario el continuo recurso a los sacramentos, fuente de gracia abundante que el Señor mismo nos ha dejado en su Iglesia. El sacramento del Bautismo ha hecho ya de nosotros nuevas criaturas, nos ha transformado interiormente en hombres y mujeres nuevos. Pero ese hombre o mujer nueva debe crecer, fortalecerse y madurar hasta alcanzar la plenitud de la vida de Cristo en nosotros[12]. Para nutrirnos, fortalecernos y purificarnos en nuestro cotidiano combate espiritual, en el continuo empeño por convertirnos más al Señor y ser santos como él es santo, Él nos ha dejado el enorme tesoro de la Eucaristía y el don de la Reconciliación sacramental.

Comprendemos también que la perseverancia en la oración es fundamental: quien no reza, reza mal o reza poco, difícilmente se convierte. ¿No advierte el Señor que hemos de vigilar y rezar para no caer en tentación?[13] La oración perseverante[14] es un medio fundamental para permanecer en comunión con el Señor, y desde esa permanencia poder desplegarnos dando fruto abundante de conversión y santidad[15]. Fundamental es el encuentro y coloquio con el Señor en el Santísimo. Este y otros momentos fuertes de oración son indispensables, pues son momentos privilegiados de encuentro con Cristo en los que reflexionamos e internalizamos a semejanza de María la palabra de Dios y las enseñanzas de su Hijo contenidas en el Evangelio, y nos nutrimos asimismo de su fuerza para poner por obra lo que Él nos dice. La meditación bíblica es en este sentido un instrumento privilegiado de transformación, pues al calor del Encuentro con el Señor y de la meditación de su Palabra, me confronto con Él y me pregunto: “¿Qué tiene Él que a mí me falta? ¿Qué tengo yo que me sobra?” Esta práctica me lleva a proponer un medio concreto, realizable, que me ayude a despojarme de algún vicio o pecado habitual y revestirme de una virtud que veo en el Señor. Al cumplir con esta resolución concreta estoy cooperando eficazmente con la gracia del Señor en el proceso de mi propia conversión.

Otro medio fundamental para cooperar con el Espíritu en la obra de mi propia conversión es un planteamiento o estrategia de combate espiritual, con objetivos claros y con medios concretos y realizables. Debo conocerme para saber qué pecados o vicios pecaminosos debo despojarme y de qué virtudes opuestas he de revestirme. ¿Por dónde empezar? Los maestros espirituales recomiendan plantear la estrategia de combate espiritual en torno a nuestro vicio dominante. Junto con esta propuesta y el esfuerzo por llevarlo adelante, es oportuno revisar los puntos de mi combate espiritual cada semana, quincena o mes, haciendo una evaluación para ajustar lo necesario y renovarme continuamente en los propósitos y medios.

Es importante también perseverar en el diario ejercicio del examen de conciencia. También este es un importantísimo instrumento de transformación. Es muy bueno aplicar el examen de conciencia particular en el empeño de despojarme de algún vicio específico y revestirme de la virtud contraria.


Preguntas para el diálogo

  1. ¿Qué es la metánoia?
  2. ¿Entiendo que la conversión es una exigencia fundamental de mi condición de bautizado? ¿Qué estoy haciendo para alcanzarla?
  3. ¿Soy consciente de que la conversión tiene como meta mi propia santidad?
  4. ¿Cómo voy a hacer para vivir la metánoia en mi vida cotidiana? ¿Qué medios voy a poner?
  5. ¿Entiendo la necesidad de conocer cada vez más al Señor Jesús para asumir sus pensamientos, sentimientos y acciones?
  6. “Y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal 2,20). ¿Qué nos dice esta cita en relación a la metánoia?

CITAS PARA LA ORACIÓN

  • La conversión es una invitación a volver a Dios, reconciliarse con Él: Jl 2,12-13;
  • Dios quiere nuestra conversión y vida plena: Ez 18,23.
  • El precursor del Señor llama a la conversión: Mt 3,1-2; El Señor Jesús llama a la conversión: Mc 1,15; Mt 4,17. Dios invita a la conversión: Hech 17,30. Los apóstoles invitan a la conversión: Hech 26,20.
  • La conversión implica abandonar la vida de pecado, quitar obstáculos, despojarse del hombre viejo: Eclo 17,25-26.29; y al mismo tiempo revestirse de Cristo, vivir sus virtudes: 2Pe 1,4-7.
  • La meta y horizonte de la conversión es la santidad, la plenitud de la vida de Cristo en nosotros: Gal 2,20; Flp 2,20; Ef 4,13.

 

INTERIORIZANDO

«Marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios:
El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva». (Mc 1,14b-15)

La metánoia es el cambio interior, es convertirnos cada vez más al Señor. Es todo un programa de vida que nos invita a una profunda transformación interior, a cambiar todo nuestro ser a la luz de los criterios evangélicos. Se trata de «despojarnos del hombre viejo y revestirnos del nuevo» (cf. Col 3,9-10).

  • ¿Descubres la importancia del cambio interior, de la metánoia, en tu vida? ¿De qué cosas aún te falta desporjarte? ¿Y de qué otras debes revestirte?

«¿Acaso me complazco yo en la muerte del malvado —oráculo del Señor Yahveh— y no más bien en que se convierta de su conducta y viva?». (Ez 18,23)

El Señor nos llama a la conversión. Por el inmenso amor que nos tiene nos llama insistentemente tocando la puerta de nuestros corazones (cf. Ap 3,20). Como nos lo recuerda el apóstol San Pablo: «Esto es bueno y agradable a Dios, nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad» (1Tim 2,3-4). 

  • ¿Entiendes que el Señor nunca te abandona y siempre está buscando tu conversión personal?
  • Siendo la oración un medio concreto para alcanzar la metánoia, escribe una oración al Señor pidiendo que te sostenga en tus esfuerzos personales de conversión.

«… por medio de las cuales nos han sido concedidas las preciosas y sublimes promesas, para que por ellas os hicierais  partícipes de la naturaleza divina, huyendo de la corrupción que hay en el mundo por la concupiscencia. Por esta misma razón, poned el mayor empeño en añadir a vuestra fe la virtud, a la virtud el conocimiento, al conocimiento la templanza, a la templanza la tenacidad, a la tenacidad la piedad, a la piedad el amor fraterno, al amor fraterno la caridad». (2Pe 1,4-7)

La metánoia exige de nosotros un esfuerzo perseverante. Es necesario un verdadero combate espiritual para alcanzarla.

  • ¿Me doy cuenta que la metánoia implica un esfuerzo serio y constante de mi parte?
  • ¿Soy consciente de que tengo que rechazar radicalmente el pecado despojándome de todo lo que me es obstáculo para mi propia conversión?
  • ¿Qué voy hacer? ¿Qué medios concretos pondré en mi combate espiritual?

«Y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí». (Gal 2,20)

La meta de la conversión es la santidad, que no es otra cosa que ser “otros” Cristos, configurarnos con Él. Debemos llegar a repetir con el apóstol san Pablo: “No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí”.

  • ¿Entiendo la metánoia como un proceso por el cual voy alcanzando la santidad?
  • ¿Percibo en mi vida la necesidad de conocer y revestirme de los pensamientos, sentimientos y actitudes del Señor Jesús?

«La “gracia sacramental” es la gracia del Espíritu Santo dada por Cristo y propia de cada sacramento.  El Espíritu cura y transforma a los que lo reciben conformándolos con el Hijo de Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1129).

Sabemos que nuestro esfuerzo personal es necesario, pero no suficiente para alcanzar la conversión.  Por ello, el mismo Señor nos ofrece la gracia que necesitamos de una manera muy especial: en los sacramentos.

  • ¿Estoy continuamente buscando la gracia del Señor en los sacramentos?
  • ¿Qué puedo hacer para nutrir y fortalecerme aún más de la gracia sacramental?

Pidamos a Santa María que nos ayude a configurarnos con su Hijo, el Señor Jesús:

Alma Redemptoris Mater

Madre del Redentor, Virgen fecunda,
puerta del cielo siempre abierta,
estrella del mar,
ven a librar al pueblo que tropieza
y quiere levantarse.
Ante la admiración de cielo y tierra,
engendraste a tu santo Creador,
y permaneces siempre virgen.
Recibe el saludo del ángel Gabriel,
y ten piedad de nosotros, pecadores.


[1] S.S. Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 10.

[2] S.S. Juan Pablo II, Ecclesia in America, 26.

[3] Allí mismo, 28.

[4] Ver S.S. Juan Pablo II, Ecclesia in America, 30.

[5] Ef 4,13.

[6] Ver Lumen Gentium, V.

[7] 1Pe 1, 14-16.

[8] Mc 1,15.

[9] S.S. Juan Pablo II, Ecclesia in America, 26.

[10] Catecismo de la Iglesia Católica, 1428.

[11] Ver Ez 36,26-27.

[12] Ver Gal 2,20; Flp 2,20.

[13] Ver Mc 14,38.

[14] Ver Lc 18,1.

[15] Ver Jn 15,4-5.