Angelus Papa Francisco

Papa Francisco antes del angelus: «Quién cree “toca” a Jesús y toma de Él la gracia que salva»

«»Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de hoy presenta el relato de la resurrección de una niña de doce años, hija de uno de los jefes de la sinagoga, el cual se arroja a los pies de Jesús y le suplica: “Mi hijita se está muriendo; ven a imponerle las manos, para que se cure y viva” (Mc 5,23).  En esta oración sentimos la preocupación de todo padre por la vida y por el bien de sus hijos.  Pero sentimos también la gran fe que aquel hombre tiene en Jesús.  Y cuando llega la noticia que la niña ha muerto, Jesús le dice: “No temas, basta que creas” (v. 36).  ¡Da coraje esta palabra de Jesús!  Y también la dice a nosotros tantas veces: “No temas, solamente ten fe”.   Una vez entrado en la casa, el Señor hizo salir a toda la gente que llora y grita y se dirige a la niña muerta, diciendo: “¡Niña, yo te lo ordeno, levántate!” (v. 41).  E inmediatamente la niña se levantó y comenzó a caminar.  Aquí se ve el poder absoluto de Jesús sobre la muerte, que para Él es como un sueño del cual nos puede despertar.  ¡Jesús ha vencido la muerte, y tiene también poder sobre la muerte física!

Al interno de este relato, el Evangelista introduce otro episodio: la curación de una mujer que desde hacía doce años sufría de pérdidas de sangre.  A causa de esta enfermedad que según la cultura del tiempo la hacía “impura”, ella debía evitar todo contacto humano: pobrecita, estaba condenada a una muerte civil.  Esta mujer anónima, en medio a la multitud que sigue a Jesús, dijo a sí misma: “Con sólo tocar su manto quedaré curada” (v. 28).  Y así sucedió: la necesidad de ser liberada la empujó a probar y la fe “arranca”, por así decir, al Señor la curación.  Quién cree “toca” a Jesús y toma de Él la gracia que salva.  La fe es esto: tocar a Jesús y tomar de Él la gracia que salva.  Nos salva, nos salva la vida espiritual, nos salva de tantos problemas.  Jesús se da cuenta y en medio a la gente, busca el rostro de aquella mujer.  Ella se adelanta temblorosa y Él le dice: “Hija, tu fe te ha salvado.  Vete en paz, y queda curada de tu enfermedad” (v. 34).  Es la voz del Padre celestial que habla en Jesús: “¡Hija, no estás condenada, no estás excluida, eres mi hija!”  Y cada vez que Jesús se acerca a nosotros, cuando nosotros vamos hacia Él con la fe, escuchamos esto del Padre: “Hijo, tú eres mi hijo, tú eres mi hija, tú te has curado, tú estás curada.  Yo perdono a todos y todo.  Yo curo todo y a todos”.

Estos dos episodios —una curación y una resurrección— tienen un único centro: la fe.  El mensaje es claro, y se puede resumir en una pregunta: ¿creemos que Jesús —una pregunta que nos hacemos nosotros—  nos puede curar y nos puede despertar de la muerte?  Todo el Evangelio está escrito en la luz de esta fe: Jesús ha resucitado, ha vencido la muerte, y por esta victoria suya también nosotros resucitaremos.  Esta fe, que para los primeros cristianos era segura, puede empañarse y hacerse incierta, al punto que algunos confunden resurrección con reencarnación.  Pero la Palabra de Dios de este domingo nos invita a vivir en la certeza de la resurrección: Jesús es el Señor, Jesús tiene poder sobre el mal y sobre la muerte, y quiere llevarnos a la casa del Padre, en donde reina la vida.  Y allí nos encontraremos todos, todos los que estamos en la plaza hoy, nos encontraremos en la casa del Padre, en la vida que Jesús nos dará.

La Resurrección de Cristo actúa en la historia como principio de renovación y de esperanza.  Cualquier persona que está desesperada y cansada hasta la muerte, si se confía en Jesús y en su amor puede recomenzar a vivir. También recomenzar una nueva vida, cambiar vida es un modo de resurgir, de resucitar.  La fe es una fuerza de vida, da plenitud a nuestra humanidad; y quien cree en Cristo se debe reconocer porque promueve la vida en toda situación, para hacer experimentar a todos, especialmente a los más débiles, el amor de Dios que libera y salva.

Pidamos al Señor, por intercesión de la Virgen María, el don de una fe fuerte y valerosa, que nos empuje a ser difusores de esperanza y de vida entre nuestros hermanos.

(Traducción del italiano: María Cecilia Mutual – RV)

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