Ciclo C – Pascua – Semana II – Martes
30 de abril de 2019
Es el Espíritu que nos hace resucitar de nuestros límites, de nuestros muertos, porque tenemos tantas, tantas necrosis en nuestra vida, en nuestra alma. El mensaje de la Resurrección es este de Jesús a Nicodemo: debemos renacer. Pero, ¿por qué cede el paso al Espíritu? Una vida cristiana, que se llama a sí misma cristiana, que no deja espacio para el Espíritu y que no se deja llevar por el Espíritu, es una vida pagana, disfrazada de cristiana. El Espíritu es el protagonista de la vida cristiana, el Espíritu -el Espíritu Santo- que está con nosotros, nos acompaña, nos transforma, nos vence. Nadie ha ascendido jamás al cielo, sino aquel que descendió del cielo, es decir, Jesús. Bajó del cielo. Y en el momento de la resurrección, nos dice: «Recibid el Espíritu Santo», será el compañero de la vida, de la vida cristiana.
Por tanto, no puede haber vida cristiana sin el Espíritu Santo, que es «compañero de cada día», un don del Padre, un don de Jesús.
Pidamos al Señor que nos dé esta conciencia de que no podemos ser cristianos sin caminar con el Espíritu Santo, sin actuar con el Espíritu Santo, sin dejar que el Espíritu Santo sea el protagonista de nuestras vidas.
Debemos, pues, preguntarnos cuál es su lugar en nuestras vidas, «porque -repite- no se puede caminar en una vida cristiana sin el Espíritu Santo». Debemos pedir al Señor la gracia de comprender este mensaje: «Nuestro compañero en el camino es el Espíritu Santo».
Débora Donnini – Ciudad del Vaticano

