Catequesis del miércoles Jubileo de la Misericordia Papa Francisco

Catequesis del Papa: «La sinceridad de nuestro arrepentimiento suscita en Dios su perdón incondicional»

(RV 20.abril.2016)

Lectura del Evangelio según San Lucas 7,37-38.44.47-48

En aquel tiempo, una mujer pecadora que vivía en la ciudad, al enterarse de que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, se presentó con un frasco de perfume y colocándose detrás de él, se puso a llorar a sus pies y comenzó a bañarlos con sus lágrimas, los secaba con sus cabellos, los cubría de besos, los ungía con perfume.  Y volviéndose hacia la mujer dijo a Simón: “¿Ves a esta mujer?  Entré en tu casa y tú no derramaste agua sobre mis pies, en cambio ella los bañó con sus lágrimas y los secó con sus cabellos; por eso te digo que sus numerosos pecados le han sido perdonados porque ha demostrado mucho amor.  Pero aquel a quien se le perdona poco demuestra poco amor”.  Después dijo a la mujer: “Tus pecados te son perdonados”.

Palabra del Señor.


 

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy queremos detenernos en un aspecto de la misericordia bien representado en el pasaje del Evangelio de Lucas que hemos escuchado. Se trata de un hecho sucedido a Jesús mientras era huésped de un fariseo de nombre Simón.  Ellos habían querido invitar a Jesús a su casa porque había escuchado hablar bien de Él como un gran profeta.  Y mientras estaban sentados almorzando, entra una mujer conocida por todos en la ciudad como una pecadora.  Ésta, sin decir una palabra, se pone a los pies de Jesús y rompe en llanto; sus lágrimas lavan los pies de Jesús y ella los seca con sus cabellos, luego los besa y los unge con un aceite perfumado que ha traído consigo.

Resalta la confrontación entre las dos figuras: aquella de Simón, el celoso servidor de la ley, y aquella de la anónima mujer pecadora.  Mientras el primero juzga a los demás por las apariencias, la segunda con sus gestos expresa con sinceridad su corazón.  Simón, no obstante habiendo invitado a Jesús, no quiere comprometerse ni involucrar su vida con el Maestro; la mujer, al contrario, se abandona plenamente a Él con amor y con veneración.

El fariseo no concibe que Jesús se deje “contaminar” —entre comillas ¡Eh!— por los pecadores.  Así pensaban ellos, ¡eh!  Él piensa que si fuera realmente un profeta debería reconocerlos y tenerlos lejos para no ser contaminado, como si fueran leprosos.  Esta actitud es típica de un cierto modo de entender la religión, y está motivada por el hecho que Dios y el pecado se oponen radicalmente.  Pero la Palabra de Dios enseña a distinguir entre el pecado y el pecador: con el pecado no es necesario hacer compromisos, mientras los pecadores —es decir, ¡todos nosotros!— somos como enfermos, que necesitan ser curados, y para curarse es necesario que el médico los vea, los visite, los toque. ¡Y naturalmente el enfermo, para ser sanado, debe reconocer tener necesidad del médico!

Entre el fariseo y la mujer pecadora, Jesús se pone de parte de ésta última.  Libre de prejuicios que impiden a la misericordia expresarse, el Maestro la deja hacer.  Él, el Santo de Dios, se deja tocar por ella sin temer ser contaminado.  Jesús es libre, libre porque es cercano a Dios que es Padre misericordioso.  Y esta cercanía a Dios, Padre misericordioso, da a Jesús la libertad.  Al contrario, entrando en relación con la pecadora, Jesús pone fin a aquella condición de aislamiento al cual el juicio despiadado del fariseo y de sus conciudadanos —los cuales la explotaban, ¡eh!— la condenaban: «Tus pecados te son perdonados» (v. 48).  La mujer ahora puede “ir en paz”.  El Señor ha visto la sinceridad de su fe y de su conversión; por eso delante a todos proclama: «Tu fe te ha salvado, vete en paz» (v. 50).   De una parte aquella hipocresía del doctor de la ley, de otra parte la sinceridad, la humildad y la fe de la mujer.  Todos nosotros somos pecadores, pero tantas veces caemos en la tentación de la hipocresía, de creernos mejores de los demás.  “Pero mira tú pecado…”.  Todos nosotros miramos nuestro pecado, nuestras caídas, nuestras equivocaciones y miramos al Señor.  Esta es la línea de la salvación: la relación entre “yo” pecador y el Señor.  Si yo me considero justo, esta relación de salvación no se da.

A este punto, una sorpresa aún más grande invade a todos los comensales: «¿Quién es este hombre, que llega hasta perdonar los pecados?» (v. 49).  Jesús no da una respuesta explicita, sino la conversión de la pecadora está ante los ojos de todos y demuestra que en Él resplandece la potencia de la misericordia de Dios, capaz de transformar los corazones.

La mujer pecadora nos enseña la relación entre fe, amor y reconocimiento.  Le han sido perdonados “muchos pecados” y por esto ama mucho; «Pero aquel a quien se le perdona poco, demuestra poco amor» (v. 47).  Incluso el mismo Simón debe admitir que ama más aquel a quien se le perdona más.  Dios ha puesto a todos en el mismo misterio de misericordia; y de este amor, que siempre nos precede, todos nosotros aprendemos a amar.  Como recuerda San Pablo: «En Cristo, hemos sido redimidos por su sangre y hemos recibido el perdón de los pecados, según la riqueza de su gracia, que Dios derramó sobre nosotros, dándonos toda sabiduría y entendimiento» (Ef 1,7-8).  En este texto, el término “gracia” es prácticamente sinónimo de misericordia, y es llamado “abundante”, es decir, más allá de nuestra expectativa, porque actúa el proyecto salvífico de Dios para cada uno de nosotros.

Queridos hermanos, ¡seamos gratificados por el don de la fe, agradezcamos al Señor por su amor tan grande y no merecido!  Dejemos que el amor de Cristo se derrame en nosotros: de este amor el discípulo se nutre y en él se funda; de este amor cada uno de nosotros puede nutrirse y alimentarse.  Así, en el amor agradecido que derramamos sobre nuestros hermanos, en nuestras casas, en la familia, en la sociedad se comunica a todos la misericordia del Señor. Gracias.

(Traducción del italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano)


 

 

Texto de la catequesis que el Santo Padre Francisco pronunció en nuestro idioma:

El pasaje del Evangelio de Lucas que hemos leído refleja con claridad un aspecto fundamental de la misericordia: la sinceridad de nuestro arrepentimiento suscita en Dios su perdón incondicional.

Mientras Jesús, invitado por Simón el fariseo, está sentado a la mesa, una mujer, considerada por todos pecadora, entra, se pone a sus pies, los baña con sus lágrimas y los seca con sus cabellos; luego los besa y los unge con el aceite perfumado que ha traído consigo.

La actitud de la mujer contrasta con la del fariseo.  El celoso servidor de la ley, que juzga a los demás por las apariencias, desconfía de Jesús porque se deja tocar por los pecadores, y se “contamina”.  La mujer, en cambio, expresa con sus gestos la sinceridad de su arrepentimiento y, con amor y veneración, se abandona confiadamente en Jesús.  Cristo no hace componendas con el pecado, que es oposición radical al amor de Dios.  Pero no rechaza a los pecadores, sino que los acoge: Jesús, el Santo de Dios, se deja tocar por ellos, sin miedo de ser contaminado, los perdona y los libera del aislamiento al que estaban condenados por el juicio despiadado de quienes se creían perfectos, abriéndoles un futuro.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España y América latina.

Queridos hermanos en Cristo, que perdona los pecados, brilla en Él la fuerza de la misericordia de Dios, capaz de transformar los corazones.  Abrámonos al amor del Señor, y dejémonos renovar por Él.

Y en esta lengua, que nos une —a España y Latinoamérica, a Hispanoamérica— quiero decir también a nuestros hermanos del Ecuador nuestra cercanía y nuestra oración, en este momento de dolor. Gracias.

(from Vatican Radio)

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