Dies Domini

DOMINGO XXVII ORDINARIO: “Ya no son dos, sino una sola carne”

Año B – Tiempo Ordinario – Semana 27 – DomingoZimmerman - Christ & the Pharisees

I. LA PALABRA DE DIOS

Gen 2,18-24: “Serán los dos una sola carne”

El Señor Dios se dijo a sí mismo:
—«No está bien que el hombre esté solo; voy a hacerle alguien que sea una ayuda adecuada para él».
Entonces el Señor Dios formó de la tierra todas las bestias del campo y todas las aves del cielo y se las presentó al hombre, para ver qué nombre les ponía.  Y cada ser vivo llevaría el nombre que el hombre le pusiera.
Así, el hombre puso nombre a todos los animales domésticos, a las aves del cielo y a las bestias del campo; pero no encontraba ninguno como él que lo ayudase.
Entonces el Señor Dios dejó caer sobre el hombre un sueño profundo, y el hombre se durmió.  Le sacó una costilla y le cerró otra vez la carne.
De la costilla que el Señor Dios había tomado del hombre formó una mujer, y se la presentó al hombre.
El hombre dijo:
—«¡Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!
Su nombre será Mujer, porque ha salido del hombre.
Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne».

Sal 127,1-6: “Que el Señor te bendiga desde Sión”

Dichoso el que teme al Señor
y sigue sus caminos.
Comerás del fruto de tu trabajo,
serás dichoso, te irá bien.

Tu mujer, como parra fecunda,
en medio de tu casa;
tus hijos, como brotes de olivo,
alrededor de tu mesa.

Ésta es la bendición del hombre
que teme al Señor.
Que el Señor te bendiga desde Sión,
que veas la prosperidad de Jerusalén
todos los días de tu vida.

Que veas a los hijos de tus hijos.
¡Paz a Israel!

Heb 2,9-11: “Por el sufrimiento de Cristo el Padre ha llevado a muchos hijos a la gloria”

Hermanos:
Al que Dios había hecho un poco inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos ahora coronado de gloria y honor por su pasión y muerte.  Así, por la gracia de Dios, ha padecido la muerte para bien de todos.
En efecto, convenía que Dios, por quien y para quien existen todas las cosas, llevara muchos hijos a la gloria, perfeccionando mediante el sufrimiento al que iba a guiarlos a la salvación.  Pues santificador y santificados tienen todos el mismo origen.  Por eso, Él no se avergüenza de llamarlos hermanos.

Mc 10,2-16: “Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”

En aquel tiempo, se acercaron unos fariseos y le preguntaron a Jesús, para ponerlo a prueba:
—«¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?»
Él les replicó:
—«¿Qué les mandó Moisés?»
Contestaron:
— «Moisés permitió escribir el acta de divorcio y repudiarla».
Jesús les dijo:
—«Moisés dejó escrito este precepto por lo tercos que son ustedes.  Al principio de la creación Dios “los creó hombre y mujer.  Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne”.  De modo que ya no son dos, sino una sola carne.  Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre».
En casa, los discípulos volvieron a preguntarle sobre lo mismo.  Él les dijo:
—«Si uno se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra la primera.  Y si ella se divorcia de su marido y se casa con otro, comete adulterio».
Le acercaban niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban.  Jesús viendo esto, se enojó y les dijo:
—«Dejen que los niños vengan a mí y no se lo impidan; porque el reino de Dios pertenece a los que son como ellos.  Les aseguro: el que no reciba el reino de Dios como un niño no entrará en él».
Y tomaba en sus brazos a los niños, y los bendecía poniendo las manos sobre ellos.

II. APUNTES

Un grupo de fariseos se acerca al Señor «para ponerlo a prueba» (otra traducción dice: «querían tentarle») con una pregunta: «¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?»

En realidad, la pregunta no debe ser entendida en el sentido si el Señor consideraba lícito o no el divorcio, sino sobre las causas por las que el hombre podía divorciarse de su mujer.  En efecto, la licitud del divorcio estaba fuera de toda cuestión en Israel, pues así estaba escrito en la Ley de Moisés: «Si un hombre toma una mujer y se casa con ella, y resulta que esta mujer no halla gracia a sus ojos, porque descubre en ella algo que le desagrada, le redactará un libelo de repudio, se lo pondrá en su mano y la despedirá de su casa» (Dt 24,1-2).

Marcos, por alguna razón, omite la pregunta completa, que se encuentra en cambio en el evangelio de Mateo: «¿Puede uno repudiar a su mujer por un motivo cualquiera?» (Mt 19,3).  Ahora podemos entender mejor la pregunta que los fariseos dirigen al Señor Jesús en un contexto específico: la discusión que se había entablado entre dos escuelas farisaicas sobre el alcance de aquella norma dada por Moisés.  ¿Cómo debía interpretarse aquel “si no halla gracia a sus ojos”, o si “descubre en ella algo que le desagrada”?  La escuela farisaica de Hillel interpretaba que cualquier motivo era válido para redactarle a la mujer el libelo de repudio y despedirla de su casa.  Bastaba, por ejemplo, que no supiese prepararle la comida a su gusto.  ¿Y si encontraba una mujer más hermosa que su esposa?  Algunos maestros sostenían que también en esos casos era lícito despedir a su mujer.  En fuerte oposición a esta interpretación estaba la escuela de Shammai, que sólo admitía el adulterio como causa válida para el divorcio.

Así pues, la pregunta dirigida al Señor parece querer incluirlo en esta fuerte discusión de escuelas, acaso llevarle a tomar posición a favor de una de las escuelas.  ¿Estaba el Señor a favor del “repudio”, o sea, del divorcio por un motivo cualquiera, tal como lo sostenía la escuela de Hillel?  ¿O estaba el Señor a favor de la interpretación de la escuela de Shammai?  Con esta pregunta aquellos estudiosos de la Ley quieren sin duda someter a examen su doctrina, someter a prueba su sabiduría, escuchar su postura en un asunto tan discutido.

A la pregunta de los fariseos el Señor repregunta: «¿Qué les mandó Moisés?»  Ellos responden: «Moisés permitió escribir el acta de divorcio y repudiarla».  Entonces el Señor declara algo absolutamente inesperado, que romperá completamente con los esquemas de aquellos fariseos que pensaban que la licitud del divorcio estaba fuera de toda cuestión: aquel precepto dictado por Moisés en realidad era una concesión, necesaria en aquel momento dada la terquedad o dureza de corazón de los judíos.  Mas ahora, declara el Señor, ha llegado el momento de volver al proyecto original de Dios, que contemplaba la unión indisoluble entre el varón y la mujer.

El Señor recurre a dos pasajes tomados también del libro de la Ley: «Creó Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, varón y mujer los creó» (Gén 1,27) y «dejará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne» (Gén 2,24).  En estos textos inspirados, según la exégesis del mismo Señor, se descubre la intención primera de Dios, la indisolubilidad de la unión entre el hombre y la mujer que se unen para formar «una sola carne».  Con Cristo la concesión del divorcio ha llegado a su fin.

Las palabras finales del Señor, «lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre», son una declaración de que no hay poder alguno sobre la tierra que pueda separar lo que ha sido válidamente unido en matrimonio.  Por tanto, en adelante, cualquiera que se separe de su cónyuge sin importar el motivo, y se une con otro(a), comete adulterio.  El vínculo permanecerá a pesar de que los hombres declaren el divorcio.

¿Pide el Señor un imposible?  No.  En adelante será posible volver al designio original de Dios, el hombre y la mujer podrán asumir este vínculo indisoluble sin temor, porque el Señor Jesús ha venido a renovar los corazones endurecidos.  Él, gustando «la muerte para bien de todos» (2ª lectura), por el Misterio de su Cruz y Resurrección y por el don de su Espíritu, ha reconciliado y santificado al ser humano, ha arrancado los corazones endurecidos por el pecado para sustituirlos por un corazón de carne (ver Ez 36,26ss) capaz de amar con su mismo amor (ver Jn 15,12).  El amor que Él ha venido a derramar en los corazones por medio de su Espíritu (ver Rom 5,5) hace capaces a los esposos de vivir tal unión como Dios la había pensado desde el origen.

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

«¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer?»

La cuestión presentada por aquellos fariseos no ha perdido actualidad: ¿es lícito divorciarse a quienes se casan por la Iglesia?

Hoy la respuesta de muchos ante esta cuestión, no creyentes y creyentes, hombres de distintos credos y religiones, empujan en una misma dirección: es lícito divorciarse.

En lo que toca al matrimonio civil en nuestras sociedades de antiguo cuño cristiano, vemos cómo las leyes facilitan cada vez más el divorcio civil “por cualquier causa”.  Así por ejemplo en España el senado aprobó en el 2005 la primera reforma de aquella ley que en 1981 legalizó el divorcio.  Según esta reforma en España basta con que sólo uno de los cónyuges desee el divorcio sin que tenga que alegar causa alguna.  En cuanto al tiempo que tiene que transcurrir desde el matrimonio la nueva ley permite solicitar judicialmente la ruptura pasados tan sólo tres meses, sin que sea necesaria una separación previa.  Esto trae a mi memoria un anuncio publicitario de una bebida gaseosa que con tristeza vi en una ocasión.  En este anuncio se leía: “El amor eterno dura aproximadamente tres meses.  Las cosas como son”.  ¿Es que nuestra sociedad ya no cree en el amor fiel y perdurable entre dos personas?  ¡Qué pena que cada vez menos crean en un amor que “dura siempre”!  Pena tremenda, porque siendo lo esencial en el ser humano el amar y ser amado, claudicar del amor que no pasa es claudicar de la propia humanidad, claudicar de la capacidad de realizarse como personas humanas porque simplemente ya no se cree en el amor.

Este llamado “divorcio express”, que ahora se puede tramitar incluso por Internet “de un modo sencillo y a bajo costo”, se ha convertido en modelo y ejemplo a seguir para nuestros políticos latinoamericanos que, de este modo, se someten felices a un nuevo colonialismo, el ideológico.

En medio de este ambiente tan favorable al divorcio recae una presión inmensa sobre la Iglesia para que también ella “se adecue a los tiempos modernos” y conceda el divorcio o disolución del vínculo matrimonial a quienes así lo soliciten.  Mas ella es la única que se mantiene contracorriente, intransigente, terca en su postura de no admitir el divorcio entre bautizados que libremente han contraído la alianza matrimonial, pronunciando su consentimiento personal e irrevocable ante un ministro cualificado de la Iglesia.

Lo cierto es que el matrimonio entre bautizados, si es válido, es y permanecerá siendo siempre indisoluble.  ¿Por qué?  Porque la Iglesia católica no puede ser infiel a las palabras de su divino Fundador.  Y las palabras y la enseñanza del Señor Jesús están allí, claras, inapelables, inalterables, cuando hablan de la indisolubilidad del matrimonio: el hombre no puede romper lo que Dios ha unido.  Por ello, tampoco la Iglesia puede disolver mediante el divorcio el vínculo que los cónyuges libre y conscientemente establecieron, ante Dios, ante la asamblea y ante ellos mismos, jurando solemnemente amarse y respetarse, ser fieles en las buenas y en las malas, hasta que la muerte los separe.  «Entre bautizados, “el matrimonio rato y consumado no puede ser disuelto por ningún poder humano ni por ninguna causa fuera de la muerte”» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2382).

Quien se compromete a eso, debe ser consciente de que esta promesa no es broma, no puede ser tomada a la ligera, pues no es una promesa que se pueda retractar “si las cosas van mal”.

La promesa pronunciada y la entrega que consuma el matrimonio establecen un vínculo que ningún poder en la tierra puede disolver.  Si la Iglesia no admite el divorcio es porque sencillamente no tiene el poder de disolver el vínculo que los cónyuges contrajeron.  Ella cree en las palabras de su Señor, quien ante la pregunta de los fariseos, que sí admitían el divorcio, «insiste en la intención original del Creador que quería un matrimonio indisoluble, y deroga la tolerancia que se había introducido en la ley antigua.  Entre bautizados, “el matrimonio rato y consumado no puede ser disuelto por ningún poder humano ni por ninguna causa fuera de la muerte”» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2382).

Entiendan pues aquellos hijos de la Iglesia que han asumido o se disponen a asumir este vínculo “hasta que la muerte los separe”, que verdaderamente es “hasta que la muerte los separe”, y no “hasta que las cosas vayan mal”.  El consentimiento, la palabra dada, es irrevocable.  Los dos se dan definitiva y totalmente el uno al otro, de modo que cualquier relación ulterior con otro hombre o mujer que no sea el esposo o esposa, incluso si existe el divorcio legal, constituye adulterio de acuerdo a la enseñanza del Señor, enseñanza que la Iglesia no hace sino custodiar y guardar fielmente.

Planteadas así las reglas, quienes quieren asumir este compromiso y la vida en común han de lanzarse no a la aventura, sino que han de poner el máximo cuidado en prepararse debidamente, en conocerse en profundidad y, sobre todo, en afianzar y hacer madurar su amor en Cristo, único fundamento sobre el cual podrán construir un matrimonio verdaderamente consistente y fiel.  Quien no construye su matrimonio sobre esta Roca sólida, sobre Cristo, es como quien construye su casa sobre arena: tarde o temprano la casa caerá estrepitosamente.  Pero si los esposos ponen al Señor Jesús como centro y fundamento de sus propias vidas y de su matrimonio, la casa permanecerá de pie aun cuando vengan terremotos y huracanes.  La vida nueva en Cristo es garantía de una unidad indisoluble, de un amor que no pasa.  De ese modo el matrimonio será para los cónyuges no un continuo campo de batalla, sino un camino de mutua santificación, un camino en que el amor crece hasta alcanzar su plenitud.

IV. PADRES DE LA IGLESIA

Pseudo-Crisóstomo: «“En vista de la dureza de vuestros corazones”, porque, si estuviera purificado el corazón de deseos y de la ira, es posible que tolerase a la peor mujer del mundo, en tanto que multiplicadas en el corazón estas pasiones causan muchos males en un matrimonio odioso.  De este modo, salva a Moisés de aquella acusación, y hace caer sobre ellos toda la culpa.  Pero porque semejante acusación era grave, vuelve en seguida a la ley antigua y dice: “Pero, al principio, cuando los creó Dios, formó un solo hombre y una sola mujer”».

San Juan Crisóstomo: «Si el Señor hubiese querido el repudio, hubiese creado muchas mujeres en vez de una.  Dios no solamente unió la mujer al hombre, sino que dispuso que éste abandonase por ella a sus padres, según estas palabras que puso en boca de Adán: “Por cuya razón dejará el hombre a su padre y a su madre, y juntarse ha con su mujer”: demostrando lo indisoluble del matrimonio con la expresión “y juntarse ha”».

San Beda: «Por tanto, lo que Dios ha juntado, haciendo del hombre y la mujer una carne, sólo Dios puede separarlo, y no el hombre».

San Juan Crisóstomo: «Y si no se ha de separar a los dos a quienes Dios ha unido, mucho menos se debe separar a Cristo de la Iglesia, a la cual unió Dios con Cristo».

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

Enseñanza del Señor Jesús sobre el matrimonio

1614: En su predicación, Jesús enseñó sin ambigüedad el sentido original de la unión del hombre y la mujer, tal como el Creador la quiso al comienzo: la autorización, dada por Moisés, de repudiar a la propia mujer era una concesión a la dureza del corazón; la unión matrimonial del hombre y la mujer es indisoluble: Dios mismo la estableció: «Lo que Dios unió, que no lo separe el hombre» (Mt 19,6).

1615: Esta insistencia, inequívoca, en la indisolubilidad del vínculo matrimonial pudo causar perplejidad y aparecer como una exigencia irrealizable.  Sin embargo, Jesús no impuso a los esposos una carga imposible de llevar y demasiado pesada, más pesada que la Ley de Moisés.  Viniendo para restablecer el orden inicial de la creación perturbado por el pecado, da la fuerza y la gracia para vivir el matrimonio en la dimensión nueva del Reino de Dios.  Siguiendo a Cristo, renunciando a sí mismos, tomando sobre sí sus cruces, los esposos podrán «comprender» el sentido original del matrimonio y vivirlo con la ayuda de Cristo.  Esta gracia del Matrimonio cristiano es un fruto de la Cruz de Cristo, fuente de toda la vida cristiana.

Unidad e indisolubilidad del matrimonio

1644: El amor de los esposos exige, por su misma naturaleza, la unidad y la indisolubilidad de la comunidad de personas que abarca la vida entera de los esposos: «De manera que ya no son dos sino una sola carne» (Mt 19,6).  «Están llamados a crecer continuamente en su comunión a través de la fidelidad cotidiana a la promesa matrimonial de la recíproca donación total».  Esta comunión humana es confirmada, purificada y perfeccionada por la comunión en Jesucristo dada mediante el sacramento del Matrimonio.  Se profundiza por la vida de la fe común y por la Eucaristía recibida en común.

La fidelidad del amor conyugal

1646: El amor conyugal exige de los esposos, por su misma naturaleza, una fidelidad inviolable.  Esto es consecuencia del don de sí mismos que se hacen mutuamente los esposos.  El auténtico amor tiende por sí mismo a ser algo definitivo, no algo pasajero.  «Esta íntima unión, en cuanto donación mutua de dos personas, como el bien de los hijos exigen la fidelidad de los cónyuges y urgen su indisoluble unidad».

1648: Puede parecer difícil, incluso imposible, atarse para toda la vida a un ser humano.  Por ello es tanto más importante anunciar la buena nueva de que Dios nos ama con un amor definitivo e irrevocable, de que los esposos participan de este amor, que les conforta y mantiene, y de que por su fidelidad se convierten en testigos del amor fiel de Dios.  Los esposos que, con la gracia de Dios, dan este testimonio, con frecuencia en condiciones muy difíciles, merecen la gratitud y el apoyo de la comunidad eclesial.

La Iglesia admite la separación

1649: Existen, sin embargo, situaciones en que la convivencia matrimonial se hace prácticamente imposible por razones muy diversas.  En tales casos, la Iglesia admite la separación física de los esposos y el fin de la cohabitación.  Los esposos no cesan de ser marido y mujer delante de Dios; ni son libres para contraer una nueva unión.  En esta situación difícil, la mejor solución sería, si es posible, la reconciliación.  La comunidad cristiana está llamada a ayudar a estas personas a vivir cristianamente su situación en la fidelidad al vínculo de su matrimonio que permanece indisoluble.

El caso doloroso de los civilmente divorciados y vueltos a casar

1650: Hoy son numerosos en muchos países los católicos que recurren al divorcio según las leyes civiles y que contraen también civilmente una nueva unión.  La Iglesia mantiene, por fidelidad a la palabra de Jesucristo («Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio»: Mc 10,11-12), que no puede reconocer como válida esta nueva unión, si era válido el primer matrimonio.  Si los divorciados se vuelven a casar civilmente, se ponen en una situación que contradice objetivamente a la ley de Dios.  Por lo cual no pueden acceder a la comunión eucarística mientras persista esta situación, y por la misma razón no pueden ejercer ciertas responsabilidades eclesiales.  La reconciliación mediante el sacramento de la Penitencia no puede ser concedida más que a aquellos que se arrepientan de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo y que se comprometan a vivir en total continencia.

1651: Respecto a los cristianos que viven en esta situación y que con frecuencia conservan la fe y desean educar cristianamente a sus hijos, los sacerdotes y toda la comunidad deben dar prueba de una atenta solicitud, a fin de que aquéllos no se consideren como separados de la Iglesia, de cuya vida pueden y deben participar en cuanto bautizados: «Se les exhorte a escuchar la Palabra de Dios, a frecuentar el sacrificio de la Misa, a perseverar en la oración, a incrementar las obras de caridad y las iniciativas de la comunidad en favor de la justicia, a educar sus hijos en la fe cristiana, a cultivar el espíritu y las obras de penitencia para implorar de este modo, día a día, la gracia de Dios» (San Juan Pablo II).

VI. TEXTOS DE LA ESPIRITUALIDAD SODÁLITE

Los primeros responsables de la construcción de este cenáculo de amor son los esposos.  Ello invita a hacer suyo un programa de vida matrimonial que ha de tener en cuenta cinco puntos claves.  El primer punto es la propia santidad de cada cónyuge: cada uno está llamado a la santidad, y debe cooperar con la gracia recibida por Dios para realizar esta vocación universal.  Lo primero y fundamental es sin duda acoger personalmente a Cristo en la mente y en el corazón, y hacer de Él el fundamento sólido de la propia vida.  En este empeño no pueden olvidar los esposos «la necesidad de un esfuerzo permanente de conversión, de acogida a la gracia».  El segundo punto es el trabajo de integración de los esposos: «acogiendo la fuerza divina y cooperando con ella, la vida conyugal favorecerá la transformación de los cónyuges en la medida en que se donan el uno al otro, dando muerte al egoísmo, y construyendo una comunión cada vez más fuerte e intensa en el Señor».  El tercer punto es el paso del amor educativo a los hijos, la construcción de esa familia.  A los padres se les pide «que hagan germinar el Evangelio en el corazón de sus hijos».  La familia debe ser «ayuda eficaz para transmitir y educar en valores auténticamente humanos y cristianos».  El cuarto punto es la realidad del trabajo, por el que se obtiene el sustento material indispensable, y que ha de estar puesto al servicio de la vida familiar.  Finalmente, como un quinto punto, está el apostolado, el dar testimonio como creyentes y como esposos, como familia cristiana.

Pero si bien la responsabilidad primera recae sobre los padres, también los hijos —en la medida en que van creciendo y madurando— deberán asumir su propia responsabilidad: aprendiendo a amar a sus padres y a sus hermanos con el mismo amor de Cristo, están llamados a aportar decisivamente en la tarea común de construir diariamente un cenáculo de amor.

Dentro de los amorosos designios divinos la familia está llamada a constituirse en un ámbito de despliegue para toda persona humana que participa intensamente de su dinamismo de amor y comunión.

La familia se constituye en primer lugar en ámbito de despliegue para los esposos.  El hombre y la mujer que al ver brotar y hacer madurar el amor entre sí se han unido en una indisoluble comunión de vida por el sacramento del matrimonio, están llamados a realizarse como personas viviendo entre sí el nuevo mandamiento del Señor: «que os améis los unos a los otros como yo os he amado».  El matrimonio es un camino de santidad, y es viviendo entre sí el amor de Cristo como los esposos —sostenidos y fortalecidos por la gracia sacramental— van recorriendo día a día el camino de su propia santificación.  Este amor se hace concreto en la mutua donación y acogida, en el servicio, en el sacrificio del uno por el otro, y en tantas otras actitudes concretas del amor que el apóstol enumera en su carta a los corintios.

La familia cristiana es asimismo el ámbito en el que, luego de recibir la vida natural de sus padres y la vida de Cristo por el Bautismo, los hijos podrán recorrer paulatinamente el camino de su propio despliegue.  Por el testimonio de fe, de esperanza y de amor de sus padres, el germen de la vida de Cristo sembrado en ellos crecerá y madurará cada vez más.  Por la educación recibida en el ámbito familiar y por su esfuerzo personal los niños harán florecer poco a poco sus propios dones y talentos.  Y al llegar el momento de preguntarse sobre el sentido de su vida y sobre su propia misión en el mundo, los hijos encontrarán apoyo, aliento y orientación en sus padres.  Para los padres cristianos queda claro que la vocación de los hijos -sea para la vida matrimonial como para la vida consagrada- es un asunto sagrado entre Dios y cada uno de ellos, y por tanto merecerán su máxima reverencia y respeto.  Saben que es Él quien conoce lo más profundo del corazón de cada hombre, Él quien revelará a cada uno de sus hijos el camino que conduce a su propia realización.  Y el «deseo vivo y desinteresado de toda persona que ama verdaderamente —y esto debe decirse particularmente de los padres con respecto a sus hijos— es que el otro sea, que se realice su bien, que se cumpla el destino que ha trazado para él Dios providente».  (Camino hacia Dios #88)

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