+ En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
Iniciamos nuestra oración invocando la presencia del Espíritu Santo, rezando el himno de la p. 111 o cantando:
Ven Espíritu Santo
VEN, ESPÍRITU SANTO,
VEN A ILUMINAR
NUESTRA INTELIGENCIA,
Y A PRESERVARNOS DEL MAL.
- Tú, promesa del Padre,
don de Cristo Jesús,
ven y danos tu fuerza
para llevar nuestra cruz. - Haz que cada cristiano,
bajo tu inspiración,
sea testigo de Cristo
con la palabra y la acción.
Meditamos
La imagen muestra el pie firme de la Madre pisando a la serpiente, mientras que ésta, con la boca abierta y la lengua extendida, la amenaza. María Santísima aparece ante nosotros triunfando sobre la maligna serpiente, símbolo del mal, del demonio.
Sabemos que después del pecado original cometido por nuestros primeros padres, Dios prometió a la Mujer y su linaje la victoria sobre el maligno y sus obras. Esa victoria Dios la ha realizado por medio del Señor Jesús, quien nos ha traído la reconciliación y ha vencido al pecado.
Con gran fuerza la imagen trae a nuestra mente el cumplimiento de esa promesa, y nos invita a confiar en las promesas divinas. También nos permite tomar conciencia de nuestra propia fragilidad, de la acechanza continua por parte del Maligno. Esta doble realidad refleja la experiencia de alegría–dolor, de dolor–alegría, que es parte de toda vida humana, en medio de la cual se desarrolla nuestra vida cristiana, y nos dice que debemos afianzarnos en la fe, que nutre nuestra esperanza y caridad.
Rezamos
Madre querida:
En Ti vemos cumplido el triunfo de nuestra reconciliación. Al ver tu imagen reconocemos la fuerza de Dios Amor que, con tu cooperación, ha vencido al Maligno. También tomamos conciencia de nuestra fragilidad, de las acechanzas del demonio.
Enséñanos a confiar y obténnos el don de una fe cada vez más firme en las promesas de Dios. Que crezca nuestra esperanza de alcanzar el triunfo en nuestra propia vida, manteniendo viva nuestra lucha por la santidad. Que ninguna tentación, prueba, maledicencia, enfermedad, crisis social u otra dificultad en nuestras vidas nos aleje de esta esperanza perseverante. Que abramos nuestro corazón a la fuerza transformante de la caridad, y que comenzando por nosotros mismos, podamos encender el mundo en amor.
Rezamos
Madre de la Confianza
Madre siempre fiel,
cuando te asaltó
la incertidumbre,
cuando las cosas
se te hacían complicadas,
supiste confiar.
¡Y cómo confiaste!
En el momento cumbre
de la historia
con decisión y firmeza
pronunciaste
aquel bienaventurado
«Hágase»,
del que viene nuestra salud.
¡Y siempre lo mantuviste!
Las desconfianzas de otros,
los decires de tantos
nunca te apartaron
de la santa confianza.
Obténme,
Santa María de la Confianza,
el auxilio divino
que me permita superar
las incertidumbres
que ahora me acosan.
Que así sea.
Elevamos nuestras peticiones (momento para decir intenciones libres)
Hacemos, si lo deseamos, en silencio, un ofrecimiento o un compromiso sencillo que nos ayude a llevar a la práctica lo que hemos meditado y rezado.
(momento breve en silencio)
Rezamos un Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria.
T: En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

