Mi vida en Xto

Oración del viernes: «Señor, si quieres, puedes purificarme»

 Año B – Tiempo Ordinario – Semana 12 – Viernes

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+ En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Oración inicial

Señor Jesús, Tú que te has hecho hombre para redimirnos y comprendes todo lo que somos y lo que nos pasa, ayúdame a concentrarme en esta oración para que pueda escuchar tu palabra y así cooperar para que ella fructifique en mí.

Acto penitencial

Hago en silencio un breve examen de conciencia de mi último día.

¿Cuántas veces, Señor, te doy la espalda y me alejo de Ti? Perdóname. Aquí estoy, dolido de corazón, pero profundamente esperanzado en tu inmenso amor y misericordia. Dame la fuerza para seguir el camino de la vida con los ojos siempre fijos en Ti que eres todo amor y perdón.

Lectura Bíblica: Mt 8,1-4

Cuando Jesús bajó de la montaña, lo siguió una gran multitud. Entonces un leproso fue a postrarse ante él y le dijo: «Señor, si quieres, puedes purificarme». Jesús extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Lo quiero, queda purificado». Y al instante quedó purificado de su lepra. Jesús le dijo: «No se lo digas a nadie, pero ve a presentarse al sacerdote y entrega la ofrenda que ordenó Moisés para que les sirva de testimonio»

Lectura espiritual breve

Reflexionemos con estas palabras del Papa Pablo VI:

En su misión de salvación, Jesús se encontró con frecuencia con leprosos, seres de aspecto desfigurado, privados del reflejo de la imagen de la gloria de Dios en la integridad física del cuerpo humano, auténticas ruinas y despojos de la sociedad de aquel tiempo. El encuentro de Jesús con los leprosos es el tipo y ejemplo de su encuentro con todo hombre, sanado y encaminado de nuevo a la perfección de la imagen divina primigenia, y admitido otra vez en la comunión del Pueblo de Dios. En estos encuentros Jesús se manifestaba cual portador de una vida nueva, de una plenitud de humanidad, perdida hacía tiempo. La legislación mosaica marginaba al leproso, lo condenaba, prohibía acercarse a él, hablarle o tocarlo. En cambio Jesús se muestra antes que todo soberanamente libre respecto de la ley antigua: se acerca al leproso, le habla, lo toca, y hasta lo cura, lo sana, hace que su carne vuelva a tener la frescura de la carne de un niño. “Viene a El un leproso —se lee en Marcos— que suplicando y de rodillas le dice: Si quieres, puedes limpiarme. Enternecido, extendió la mano, lo tocó y dijo: Quiero, sé limpio. Y al instante desapareció la lepra y quedó limpio” (Mc 1, 40-42; cf. Mt 8, 2-4; Lc 5, 12-15). Lo mismo ocurrirá con otros diez leprosos (cf. Lc 17, 12-19). “Los leprosos quedan limpios”, ésta es la señal de su mesianidad que Jesús da a los discípulos de Juan Bautista, que habían acudido a interrogarle (Mt 11, 5). Y a sus discípulos Jesús les confía esta misma misión suya: “Predicad diciendo: El reino de Dios se acerca… limpiad a los leprosos” (Mt 10, 7 ss.). Afirmaba, además, que la pureza ritual es completamente accidental, que la pureza decisiva e importante para la salvación es la pureza moral, la del corazón, la de la voluntad, que no tiene nada que ver con las manchas de la piel o de la persona (cf. Mt 15, 10-20). Pero el gesto amoroso de Cristo acercándose a los leprosos, confortándolos y curándolos, tiene expresión plena y misteriosa en la pasión, cuando Cristo, torturado y desfigurado por el sudor de sangre, la flagelación, la coronación de espinas, la crucifixión, el rechazo que le opone el mismo pueblo que había recibido tanto bien de El, llega a identificarse con los leprosos, pasa a ser su imagen y símbolo, como ya había intuido el profeta Isaías contemplando el misterio del siervo de Yavé: “No hay en él parecer, no hay hermosura… Despreciado, deshecho de los hombres… ante quien se vuelve el rostro… y nosotros le tuvimos por castigado y herido por Dios y humillado” (Is 53, 2-4). Precisamente es de las llagas del cuerpo atormentado de Jesús y de la potencia de su resurrección, de donde brota la vida y la esperanza para todos los hombres afectados por el mal y las enfermedades.

Breve meditación personal

Haz silencio en tu interior y pregúntate:

1.- ¿Qué me dice el Evangelio que he leído?
2.- ¿Cómo ilumina mi vida?
3.- ¿Qué tengo que cambiar para ser más como Jesús?
4.- ¿Qué me falta para ser más como Él?

Acción de gracias y peticiones personales

¡Qué grande eres, Señor! ¡Cuánto me amas! Gracias por tu bondad y por mostrarme el camino. Ayúdame a ser un servidor de tu reino. Fortalece mi debilidad, anima mi combate y ayúdame a confiar siempre en tu inmensa generosidad, para que así pueda servir humildemente a mis hermanos. Amén.

Si quieres, puedes pedirle al Señor por tus intenciones.

Reza un Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria…

Consagración a María

Pidámosle a María que nos acompañe siempre:

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios; no deseches las oraciones que te dirigimos en nuestras necesidades, antes bien líbranos de todo peligro, ¡oh Virgen gloriosa y bendita! Amén.

+ En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

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Lee la meditación del Papa Francisco sobre este Evangelio: Papa Francisco