Camino hacia Dios

261. Seguimos a Jesús, Dios y hombre de verdad

      

Jesucristo posee dos naturalezas, la divina y la humana, no confundidas, sino unidas en la única Persona del Hijo de Dios».

(Catecismo, 481)


Qué responderías a un extranjero que no conoce nada de nuestra fe, se entera de que tú eres católico (a) y se acerca a ti para preguntarte:

  • “¿Qué significa ser cristiano?”

Quizá tú le podrías responder:

  • Los cristianos seguimos a Jesús de Nazaret, a su persona, no sólo a sus ideas o enseñanzas.

Probablemente él te diría:

  • Espera, me estás hablando en presente. Seguirlo hoy. Parece como si dijeras que está vivo. ¿Me estás diciendo que creen que Él está vivo?
  • ¡Sí! Creemos que está vivo, que resucitó. Nosotros creemos que Él es un hombre, así como nosotros, un ser humano que, al mismo tiempo, es Dios. ¡Dios y hombre al mismo tiempo!

Tal vez en este momento el diálogo termine, porque tu nuevo amigo quizá no quiera seguir hablando o salga a tomar aire durante un rato o, tal vez, piense que enloqueciste.

Y es que esa es la verdad fundamental de nuestra fe y que le da el título a este Camino hacia Dios, es una afirmación muy fuerte que debemos interiorizar cada vez más: nosotros seguimos a Jesús, que es hombre y Dios de verdad.

1. La experiencia de seguimiento de los primeros discípulos.

La Sagrada Escritura nos relata de una forma muy bella el llamado que Jesús hizo a los primeros discípulos, en el inicio de su vida pública. Jesús conquista el corazón de tres hombres: Juan, Andrés y Pedro. Ellos son los primeros que dejan de lado la forma en que vivían y las costumbres que llevaban y se deciden a caminar con el Señor por donde fuera que Él anduviese.

El relato que encontramos en el Evangelio de Juan es muy iluminador:

35 Al día siguiente, estaba Juan otra vez allí con dos de sus discípulos 36y, mirando a Jesús que pasaba, dijo: «Este es el Cordero de Dios». 37 Los dos discípulos, al oírlo hablar así, siguieron a Jesús. 38 Él se dio vuelta y, viendo que lo seguían, les preguntó: «¿Qué quieren?». Ellos le respondieron: «Rabbí —que traducido significa Maestro— ¿dónde vives?». 39 «Vengan y lo verán», les dijo. Fueron, vieron donde vivía y se quedaron con él ese día. Era alrededor de las cuatro de la tarde. 40 Uno de los dos que oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús era Andrés, el hermano de Simón Pedro. 41 Al primero que encontró fue a su propio hermano Simón, y le dijo: «Hemos encontrado al Mesías», que traducido significa Cristo. 42 Entonces lo llevó a donde estaba Jesús. Jesús lo miró y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan: tú te llamarás Cefas», que traducido significa Pedro. (Jn 1,35-42)

El encuentro con Jesús de ese día fue ciertamente fascinante y transformador y es que cada verdadero encuentro con Cristo produce estas experiencias en el corazón. Como dicen los obispos de América Latina y del Caribe en el Documento de Aparecida:

«El Señor despertaba las aspiraciones profundas de sus discípulos y los atraía a sí, llenos de asombro. El seguimiento es fruto de una fascinación que responde al deseo de realización humana, al deseo de vida plena. El discípulo es alguien apasionado por Cristo, a quien reconoce como el maestro que lo conduce y acompaña» (Aparecida, 277). .

A estos primeros discípulos se sumarían otros, empezando por Felipe y Natanael que, al día siguiente, también son encontrados y cautivados por Jesús y también deciden seguirlo (Ver Jn 1,43-51). Ahora bien, ¿cuál fue la razón por la cual estos primeros hombres siguieron a Jesús? ¿qué fue lo que descubrieron?

El relato del Evangelio de San Juan deja entrever que ellos descubrieron que Jesús era el Mesías esperado, pero ¿eso significa que estos primeros apóstoles y seguidores se dieron cuenta de la divinidad que estaba por detrás de la humanidad de Jesús? Ciertamente no, al menos no inmediatamente. Esto se dio poco a poco, en un proceso sereno y paciente.

Asimismo, nosotros estamos llamados a ir profundizando en la verdadera identidad de Jesús.

La conciencia de quién es el que nos llamó y a quién seguimos como cristianos debe renovarse y crecer una y otra vez. Para los apóstoles y discípulos, el momento de la Resurrección y la Ascensión fue crucial para ir entendiendo que Jesús no era sólo un hombre maravilloso y sabio, ni sólo el salvador y mesías esperado, sino que era verdaderamente Dios hecho hombre.

La venida del Espíritu Santo en Pentecostés aclaró la mente y el corazón de los discípulos y podemos suponer que la intuición sobre la divinidad de Jesús también se hizo patente y por eso mismo, la decisión de seguir a Jesús, vivo y resucitado, se fortalecía cada vez más.

Considera además lo siguiente: si un hombre, como por ejemplo Andrés, decidió seguir a Jesús y dar la vida por Él, esa decisión se tornaría mucho más fuerte e irreversible cuando llegó a su mente y corazón la certeza absoluta de que ese hombre que se decide seguir no es simplemente un ser humano, sino que es el Dios mismo.

El seguimiento de un cristiano se hace mucho más fuerte y pleno cuando tomamos conciencia de la verdadera identidad de quien seguimos e imitamos.

2. La Iglesia proclama a Jesús como verdadero Dios y verdadero hombre

En los primeros siglos de nuestra fe, surgieron muchos errores en el intento de explicar quién era Jesús y de explicar la unión de las dos realidades en una misma persona: ser Dios y ser humano al mismo tiempo. Estos errores se conocen como “herejías cristológicas”, es decir, desviaciones doctrinales y afirmaciones equivocadas sobre la identidad de Cristo.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que cuando hablamos de la divinidad de Cristo:

“”[…] no significa que Jesucristo sea en parte Dios y en parte hombre, ni que sea el resultado de una mezcla confusa entre lo divino y lo humano. Él se hizo verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente Dios. Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre. La Iglesia debió defender y aclarar esta verdad de fe durante los primeros siglos frente a unas herejías que la falseaban” (Catecismo, 464).

 

En el siglo I, por ejemplo, algunos cristianos de origen judío, los ebionitas, consideraron a Cristo como un simple hombre, aunque muy santo. En el siglo II surge el adopcionismo, que sostenía que Jesús era hijo adoptivo de Dios; Jesús sólo sería un hombre en quien habita la fuerza de Dios. La herejía arriana, negó la divinidad del Verbo.

La Iglesia también tuvo que hacer frente a otros errores que se iban al otro extremo, diciendo que Jesús era Dios y que su humanidad era una simple apariencia, como si “hiciera de cuenta” que es un hombre de verdad. Aquí se encuadran aquellas herejías que rechazaban la realidad del cuerpo o del alma de Cristo. Entre las primeras se encuentra el docetismo, afirmando que Cristo tuvo un cuerpo celeste, o que su cuerpo era puramente aparente, o que apareció de repente en Judea sin haber tenido que nacer o crecer.

Ya San Juan tuvo que combatir este tipo de errores:

«Muchos son los seductores que han aparecido en el mundo, que no confiesan que Jesús ha venido en carne» (2Jn 7; cfr. 1Jn 4, 1-2).

Varios Concilios de la Iglesia fueron celebrados justamente para intentar definir con claridad la identidad de Jesús. Tal vez los dos más importantes fueron los que se celebraron en las ciudades de Nicea (325) y de Constantinopla (553). De esos Concilios viene una de las fórmulas de la fe (Credo) que rezamos en la Santa Misa: el Credo Niceno-constantinopolitano. No es el caso profundizar aquí en lo que cada uno decía o en más detalles históricos y doctrinales. Lo importante es afirmar con toda la mente y el corazón, junto con toda la Iglesia, como dice el Catecismo:

«Jesús es inseparablemente verdadero Dios y verdadero Hombre. Él es verdaderamente el Hijo de Dios que se ha hecho hombre, nuestro hermano, y eso sin dejar de ser Dios, nuestro Señor» (Catecismo, 469).

Es a Él, verdadero Dios y verdadero hombre, a quien seguimos.

3. La experiencia de seguimiento

Dios hecho hombre, el Señor Jesús, nos llama una y otra vez a seguirlo y a anunciarlo en el mundo de hoy.

«En la convivencia cotidiana con Jesús […], (los discípulos) descubren dos cosas del todo originales en la relación con Jesús. Por una parte, no fueron ellos los que escogieron a su maestro. Fue Cristo quien los eligió. De otra parte, ellos no fueron convocados para algo (purificarse, aprender la Ley…), sino para Alguien, elegidos para vincularse íntimamente a su Persona (cf. Mc 1,17; 2,14). Jesús los eligió para “que estuvieran con Él y enviarlos a predicar” (Mc 3,14), para que lo siguieran con la finalidad de “ser de Él” y formar parte “de los suyos” y participar de su misión». (Aparecida 131)

Nuestro seguimiento, entonces, está insertado en la vida misma de Dios que sale a nuestro encuentro. Seguimos a “Alguien”, Alguien que nos ama como nadie más puede amarnos. Alguien que murió en la Cruz por nosotros y por nuestra salvación, y que está vivo y cerca de nosotros, llamándonos una y otra vez. Ese Alguien, Jesús de Nazaret, Dios verdadero, quiere hacernos parte de su familia y de su grupo de amigos, siguiéndolo todos los días, en una relación cercana y personal.

Siendo Dios, pero también por ser verdaderamente hombre y haber experimentado todo lo que tenemos en nuestro interior, su llamado llega hasta lo más profundo del corazón humano de todos los tiempos y culturas.

Además, el Señor no nos llama de una forma abstracta o fuera de la realidad, sino que nos llama en nuestra realidad concreta, en el aquí y ahora de nuestra historia.

4. María, escucha y sigue a Jesús.

Nuestra Madre Santa María, es ejemplo y modelo de cómo seguir a Jesús con un corazón auténtico y generoso. Al ser la Madre del Señor, Ella misma se pone en camino para hacer lo que Su Hijo decía y exhortaba. María también es discípula y por eso siempre estuvo abierta a la escucha y a la participación en el destino de su Hijo muerto y resucitado.

En María, escucha y seguimiento, están íntimamente unidos, elementos necesarios de un verdadero discípulo de Jesús.

«[…] es ella quien brilla ante nuestros ojos como imagen acabada y fidelísima del seguimiento de Cristo» (Aparecida, 270).

Pídele a la Virgen María que, como Madre tierna que es, te ayude a seguir a su Hijo como Ella misma lo hizo.


CITAS PARA MEDITAR

  • Lc 5,1–11: Jesús manifiesta su amor y su divinidad con la pesca milagrosa. Pedro inicialmente quiere alejarse del Señor porque se siente absolutamente indigno, pero después, ante el llamado del Señor, lo deja todo, y lo sigue.
  • Mc 10,17–30: Ante la pregunta del joven que quiere la vida eterna, Jesús lo invita a vivir los mandamientos que se refieren al prójimo. El joven dice que ya los cumple. Entonces el Señor se identifica con los tres primeros mandamientos referidos a Dios, diciéndole que “una cosa te falta, déjalo todo y sígueme”. ¿Cuál será tu respuesta? ¿Cuáles son las “riquezas” que te son muy difíciles de dejar? Pídele su gracia para seguirlo con radicalidad.
  • Lc 1,26–38: Ante el anuncio del Ángel, María responde como verdadera discípula: He aquí la sierva del Señor. De su respuesta dependerá que el Verbo se haga carne. ¿Quieres seguir al Señor como María?