Camino hacia Dios

254. Mi encuentro con el Señor Jesús

 

«Señor, ¿A quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna». Jn 6,68

Lo central para nuestra vida es el encuentro personal con el Señor Jesús[1] y cada persona experimenta este encuentro de manera particular, pues Él se dirige a cada uno según su propia identidad.

En este Camino hacia Dios queremos reflexionar sobre nuestro encuentro personal con Jesús, iluminando nuestra reflexión desde los Evangelios.

1. La iniciativa del encuentro con Jesús la tiene Él

Dios es siempre quien sale a nuestro encuentro, Él es quien toma la iniciativa, aunque en ocasiones pensemos que fuimos nosotros quienes nos acercamos a Él, es Él quien se ha hecho el “encontradizo” con nosotros, propiciando este encuentro. Lo vemos en diversas ocasiones en los Evangelios: le pide a la Samaritana que le dé de beber (Jn 4,7), se sube a la barca de Pedro para predicar desde allí (Lc 5,3), se acerca al mostrador donde Leví cobraba impuestos (Mc 2,14), entra a enseñar en la sinagoga cuando estaba allí un hombre que tenía una mano atrofiada (Lc 6,7); en todo momento vemos a Jesús que sale día tras día por las calles de Palestina buscando encontrarse con la gente, dando ocasión para que todo el que quiera pueda acercarse a Él.

«Dios es quien primero llama al hombre. Olvide el hombre a su Creador o se esconda lejos de su faz, corra detrás de sus ídolos o acuse a la divinidad de haberlo abandonado, el Dios vivo y verdadero llama incansablemente a cada persona al encuentro misterioso de la oración. Esta iniciativa de amor del Dios fiel es siempre lo primero en la oración, la actitud del hombre es siempre una respuesta»[2].

Jesús quiere encontrarse con cada uno y este encuentro que se da en el corazón[3], es anterior a cualquier método o forma de oración. Él nos habla en un lenguaje en el que cada uno puede comprenderlo, sea con mociones, a través de su Palabra, en una meditación o contemplación, Él se hace presente y nos ilumina, sorprendiéndonos siempre cuando menos lo esperamos[4].

El Señor Jesús desea el encuentro con cada persona, nadie le es indiferente, todo lo contrario. Él siempre busca acercarse, como con la samaritana, a cada uno de nosotros. Estamos llamados a responderle con amor y abrir nuestros corazones a su luz y verdad.

2. Dios se hace cercano a mí

Jesús es Dios y es hombre de verdad. ¡Cuántas veces nos olvidamos de esta realidad, en nuestra vida cotidiana y al relacionarnos con Él; y cuánto nos ayuda tener en nuestra conciencia que Aquel que nos llama para entrar en relación con nosotros, conoce nuestra realidad humana plenamente no sólo porque es Dios, sino porque como hombre la conoce de cerca!

«Encarnándose en Palestina entra de lleno en la torpeza humana, se hace hombre sin remilgos, tan desamparado como cualquier otro miembro de nuestra raza. Palestina es, por ello, todo menos una tierra «de lujo» […] La frase de san Pablo: «Al llegar la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo» (Gal 4,4), nos hace pensar que Cristo vino al mundo en una especie de «supertiempo», en un maravilloso siglo de oro. Al venir él, los relojes se habrían detenido, los conflictos sociales enmudecido, un universal armisticio habría amordazado las guerras y contiendas. Cristo habría sido así, no un hombre pleno y total, sino un huésped de lujo, que vive unos años de paso en un tiempo y una tierra de lujo. Pero el acercarnos a su tiempo nos descubre que tampoco fue una época preservada por mágicos privilegios. Fueron tiempos de muerte, de llanto y de injusticia, tiempos de amor y sangre como todos. Y el calendario no se quedó inmóvil mientras él moraba en esta tierra»[5].

Jesús, vivió en un lugar y un tiempo determinado. Él fue un hombre que respondió a la realidad en la que vivió. Siendo Dios, asume nuestra naturaleza con una manera de ser propia. Y siendo como es, se hace cercano a cada persona, para comprenderla y amarla. Se hizo cercano a un San Pablo como a una Santa Teresita del Niño Jesús y de la misma manera quiere hacerse cercano a cada uno de nosotros.

Jesús nos trata con mucha reverencia al acercarse a cada uno de nosotros. Considera quiénes somos, lo que hemos vivido en el pasado y lo que vivimos en este momento: nuestras alegrías y sufrimientos, nuestras decepciones y nuestras anhelos; y de esta manera su amor toma una forma concreta que responde a nuestra realidad.

3. Encuentro con el corazón de Jesús

Podemos entender el encuentro con Jesús como el encuentro de nuestro corazón con su corazón[6]. Es en este contacto cuando se da el encuentro de lo más íntimo mío y lo más íntimo Suyo, es la experiencia de encontrarnos con alguien no con algo ni con algún concepto. En este encuentro uno queda rendido ante su presencia y amor. Encuentro de corazones que es transformador; transformación que podemos ver en su encuentro con Zaqueo (Lc 19,1-10), con la pecadora arrepentida (Lc 7,36-50), con los discípulos de Emaús (Lc 24,13-35) y con tantos otros.

En el encuentro con el corazón de Jesús encontramos un corazón humano cercano a nosotros:

«Todo el evangelio es un testimonio de ese corazón maternal con el que aparece retratado el Padre que espera al hijo pródigo o el buen pastor que busca a la oveja perdida […] Así le encontraremos compadeciéndose del pueblo y de sus problemas (Mt 9,36); contemplando con cariño a un joven que parece interesado en seguirle (Mc 10,21); mirando con ira a los hipócritas, entristecido por la dureza de su corazón (Mc 3,5); estallando ante la incomprensión de sus apóstoles (Mc 8,17); lleno de alegría cuando éstos regresan satisfechos de predicar (Lc 10,21); entusiasmado por la fe de un pagano (Lc 7,9); conmovido ante la figura de una madre que llora a su hijo muerto (Lc 7,13); indignado por la falta de fe del pueblo (Mc 9,19); dolorido por la ingratitud de los nueve leprosos curados (Lc 17,17); preocupado por las necesidades materiales de sus apóstoles (Lc 22,35). Le veremos participar de los más comunes sentimientos humanos: tener hambre (Mt 4,2); sed y cansancio (Jn 4,6s); frío y calor ante la inseguridad de la vida sin techo (Lc 9,58); llanto (Lc 19,41); tristeza (Mt 26,37); tentaciones (Mt 4,1)»[7].

4. Jesús nos busca para estar con Él

En los Evangelios podemos ver cómo Jesús busca a las personas para invitarlas a tener una relación personal y de amistad con ellas: elige a los doce apóstoles “para que estuviesen con él” (Mc 3,14); Juan y Andrés lo siguen y le preguntan ¿dónde vives? y Él los invita a su casa, “Venid y lo veréis” (Jn 1,39); Él se invita a la casa de Zaqueo al verlo subido en el sicómoro diciéndole que baje de prisa, pues, “… es necesario que hoy me quede en tu casa”(Lc 19,5).

En todos los casos, la llamada de Jesús es personal y para estar con Él. Es decir, para mantener una relación cercana y de amistad. Cada uno de nosotros vive una situación personal distinta y es según esa situación particular que el Señor se pone delante nuestro y nos da la gracia para que lo reconozcamos y acojamos en nuestro corazón.

5. Nuestra respuesta

La llamada de Jesús invita a una respuesta de nuestra parte[8]. Podemos aprender mucho de quiénes han sabido responder: los doce apóstoles: “… vinieron a él” (Mc 3,13); Juan y Andrés “se quedaron con Él aquel día” (Jn 1,39); Zaqueo “descendió aprisa, y le recibió gozoso” (Lc 19,6) y el ciego fue a su presencia para pedirle lo que necesitaba, “Señor, que reciba la vista” (Lc 18,40). En todos los casos la respuesta fue inmediata, como quien reconoce en la invitación una esperanza a la búsqueda que tenían en sus corazones y a las inquietudes que vivían.

Jesús nos invita a tener una relación de amistad con Él que dure para siempre. Y es así como toda nuestra vida será una permanente historia de nuestra relación de amor con Él, en la que podemos constatar que sin tener en cuenta nuestra fragilidad, Él va a seguir siempre buscándonos, pues aunque nosotros nos alejemos, Él permanece fiel.

Por eso se hace el “encontradizo” en muchas y diversas ocasiones, en las cuales nos da la oportunidad de encontrarnos o reencontrarnos con Él. Puede ser un encuentro inesperado como en el caso de Leví (Mc 2,14) o del Cireneo (Mt 27,32); puede ser propiciado por otros como en el caso de Pedro (Jn 1,41) o del paralítico (Mc 2,3-4); puede ser tras el mal cometido como en el caso de la mujer adúltera (Jn 8,3) o el buen ladrón (Lc 23,39ss); puede ocurrir en un momento de desesperanza como con los discípulos de Emaús (Lc 24,15); puede suceder fruto de nuestro esfuerzo[9] como la hemorroísa (Mt 9,20) o Zaqueo (Lc 19,15); o puede que sea la Virgen quien lo traiga a nuestra presencia como lo hizo con su prima Santa Isabel (Lc 1,41).

En cada una de las ocasiones de encuentro que se nos presentan en nuestra vida el Señor anhela y nos da la oportunidad de una respuesta positiva a su gracia, a su misericordia, a su amor.

6. Conversión y anuncio

Todo encuentro con Jesús nos transforma. Él va transformando toda nuestra vida y nos lleva a comunicar aquel rostro con que nos hemos encontrado y que hace arder nuestros corazones de gozo y plenitud. El anuncio del Evangelio con nuestra vida y palabra es la consecuencia de nuestro encuentro con Jesús, encuentro que nos renueva y nos invita a una mayor conversión, a una conversión pastoral y misionera como bien nos recuerda el Papa Francisco[10].

Esto ha sucedido a lo largo de la historia con personas de todos los tiempos y todas las latitudes: Andrés y Juan lo anuncian a Pedro (Jn 1,41), Felipe lo anuncia a Natanael (Jn 1,45), la samaritana lo anuncia en su pueblo (Jn 4,7), las mujeres anuncian a Cristo resucitado a los apóstoles (Lc 24,9), Zaqueo repara las injusticias que había cometido (Lc 19,8); el ciego de Jericó recobrada la vista lo empezó a seguir dándole gloria, moviendo al pueblo, con su testimonio a alabar a Dios (Lc 18,43). Los doce apóstoles sabemos que lo siguieron en la misión que les dio de predicar el Evangelio (Mc 3,14) hasta el fin de sus vidas, incluso con el martirio.

Conclusión

Estamos llamados al encuentro personal con Jesús, encuentro que se da en nuestro interior y que colma y da significado a nuestra vida. Este encuentro que requiere de nosotros una escucha a su llamado —para encontrar nuestra vocación personal y, para anunciarlo a los demás— debemos buscarlo especialmente en el silencio de la oración personal y en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía, donde Jesús nos espera[11].

«Él, que murió por los pecados de todos, desea entrar en comunión con cada uno de vosotros, llama a la puerta de vuestro corazón para daros su gracia. Id a su encuentro en la santa Eucaristía, id a adorarlo en las iglesias y permaneced arrodillados ante el Sagrario:  Jesús os colmará de su amor y os manifestará los sentimientos de su Corazón».[12]


Citas para meditar

Los encuentros en la infancia

  • Lc 1,39-45 Jesús y Juan Bautista se encuentran desde el vientre materno
  • Lc 2,1-20 El Niño Jesús y María, José y los pastores
  • Mt 2,1-11 El Niño Jesús y los doctores en el Templo

Los encuentros en la vida pública

  • Mt 3,13-17 Jesús y Juan Bautista (el bautismo)
  • Lc 5,1-10 Jesús y sus 4 primeros discípulos
  • Jn 1,35-42 Jesús y Andrés, Juan y Pedro
  • Jn 1,43-51 Jesús y Felipe y Natanael
  • Lc 5,17-26 Jesús y el paralítico
  • Mc 5,21-34 Jesús y la hemorroísa
  • Mc 5,35-43 Jesús y Jairo (curación de su hija)
  • Lc 7,1-10 Jesús y el centurión
  • Lc 7,11-17 Jesús y la viuda de Nain
  • Lc 7,36-50 Jesús y la pecadora perdonada
  • Mt 15,21-28 Jesús y la cananea
  • Mc 7,31-37 Jesús y el sordomudo
  • Mc 10,17-20 Jesús y el joven rico
  • Jn 8,1-10 Jesús y la mujer adúltera
  • Lc 10,38-42 Jesús y Marta y María
  • Lc 17,11-18 Jesús y los diez leprosos
  • Lc 18,15-17 Jesús y los niños
  • Lc 19,1-10 Jesús y Zaqueo
  • Mc 12,41-44 Jesús observa la viuda pobre
  • Mc 10,46-52 Jesús y el ciego de Jericó
  • Jn 11,17-43 Jesús y Marta, María y Lázaro (resurrección de Lázaro)

Los encuentros en el Pasión

  • Lc 23,26-32 Jesús, Simón de Cirene y las santas mujeres
  • Lc 23,39-46 Jesús y el buen ladrón

Los encuentros en la Resurrección

  • Jn 20,11-18 Jesús Resucitado y María Magdalena
  • Lc 24,13-35 Jesús Resucitado y los discípulos de Emaús
  • Jn 21,15-19 Jesús Resucitado y Pedro
  • Hch 9,1-9 Jesús se aparece a Saulo

[1] «El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios no cesa de atraer al hombre hacia sí, y sólo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar». Catecismo den la Iglesia Católica 27.

[2] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2567.

[3] Entendemos aquí “corazón” en su concepto bíblico que expresa al hombre en su totalidad: su centro íntimo desde donde uno se abre a Dios y a los demás; además la sede de los pensamientos, de la vida afectiva, de la conciencia y las decisiones; centro de la vida religiosa donde reside la reverencia, la fidelidad, la obediencia, el amor total a Dios, e incluso su misteriosa presencia. Ver Ermanno Ancilli, Diccionario de Espiritualidad, artículo sobre el “Corazón”.

[4] «Dios, Padre nuestro, que siempre nos sorprende: el Dios de las sorpresas». Ver Papa Francisco, Homilía en Santa Marta, 8/5/2017.

[5] José Luis Martín Descalzo, Vida y misterio de Jesús de Nazaret, Sígueme 2013, p. 27-28.

[6] Jean Galot, S.J., El Corazón de Cristo, Desclée de Brouwer, Bilbao 1963, p. 127.

[7] José Luis Martín Descalzo, Vida y misterio de Jesús de Nazaret, Sígueme 2013, p. 197 (las negritas son nuestras).

[8] Consideremos que el quedarnos indiferentes es ya una respuesta: la de ignorarlo o no darle importancia.

[9] No olvidemos que ese esfuerzo es fruto del deseo de buscarlo puesto por Dios en nuestro corazón.

[10] Evangelii Gaudium 25ss.

[11] Ver Catecismo de la Iglesia Católica 1380.

[12] Benedicto XVI, Mensaje a los jóvenes de Holanda con ocasión de la primera jornada nacional de los jóvenes católicos, 21/11/2005.