Opinión

La amistad y la vida cristiana

Jesus y sus amigos

Por Oscar Tokumura

En nuestra tradición espiritual la amistad ha tenido un lugar muy importante y creo no exagerar al decir que forma parte de nuestro rico patrimonio espiritual. Lemas que nos describen como “una comunidad de amigos en el Señor” o “amigo es aquél que te lleva a Cristo”, han marcado los primeros pasos de nuestro peregrinar.

Y no es para menos pues es el mismo Señor Jesús quien plantea la amistad como el paradigma de relación con Él cuando advierte a sus discípulos: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. No os llamo ya siervos… a vosotros os he llamado amigos porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer”[1]. El mayor amor es el del amigo que entrega la vida. No se refiere al amor más arduo o difícil como podría ser el amar al enemigo o al desconocido. Sino que se refiere al amor mayor, al más pleno, y ése es el de la amistad.

La amistad es una expresión de la caridad pero se distingue de ella en cuanto que la primera es universal y puede ir en un solo sentido. Por ejemplo cuando se ama al enemigo, o a una persona desconocida, o a un niño recién nacido e inconsciente. La caridad no necesariamente es correspondida. Mientras que la amistad sólo se da cuando hay reciprocidad. Es el encuentro de dos libertades que se abren al amor mutuamente. En ese sentido es un don gratuito que se hace más valioso, como el tesoro que señala la Escritura[2], por el hecho de ser, pudiendo nunca haber sido. Quién no ha tenido la experiencia -de pequeño- de acercarse a alguien y preguntar temblorosamente: “¿Quieres ser mi amigo?”. Si la respuesta es positiva, pues bueno, se inicia una aventura. Si es negativa, no hay nada que se pueda hacer. La amistad es así.

Por otro lado la amistad implica confidencia, como dice el mismo Señor: confiar al otro la propia intimidad y abrir el corazón sin temores. Esa confianza es parte del cultivo necesario para que el don germine y crezca como un árbol hermoso que nos cobija y protege en medio de las vicisitudes de la vida.

Otro aspecto de nuestra espiritualidad que nos acompaña desde los inicios es el entender la amistad como un camino ascético. Es decir, la amistad es un ejercicio de la caridad que implica cooperación con la gracia. Una práctica cotidiana del amor que es paciente, servicial, que no es envidioso, que todo lo excusa, que todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta, como canta tan hermosamente San Pablo en su epístola a los Corintios[3].

Una pregunta incómoda. ¿Los amigos pueden defraudarnos? Pues claro que sí. Pero no por sus defectos, pecados o imperfecciones pues contamos con ello. Sino sólo cuando se deja de compartir el mismo horizonte. Como dice Saint-Exupéry, la amistad no consiste en mirarse a los ojos el uno al otro, sino mirar juntos en la misma dirección. Cuando ya no se mira en la misma dirección, los caminos se bifurcan inevitablemente y si el Señor Jesús no es la meta común, la amistad –por lo menos la cristiana- pierde su fundamento primordial.

El mismo apostolado lo hemos entendido siempre como un camino de amistad. Y no es para menos. Se trata de seguir el modelo del Señor Jesús, que hacía apostolado en el marco de la amistad, de la camaradería, de la cena compartida, de largas caminatas, de diálogos interminables hasta el atardecer. Es como una pedagogía amical que ha marcado nuestro estilo apostólico.

Es importante entender que si bien la caridad se puede vivir de manera universal, los amigos auténticos no suelen ser tan abundantes. Por ello es bueno valorar y cultivar las buenas amistades que nos acompañan en el peregrinar de la plena conformación con el Señor Jesús.


[1] Jn 15, 13-15.

[2] Ver Eclo 6, 14.

[3] Ver 1Cor 13, 4ss.

Presentación del libro: La Amistad según El Principito

Por Oscar Tokumura

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