Domingo con Xto Mi vida en Xto Pascua

El realismo de la Ascensión

Por Ignacio Blanco

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Evangelio según san Marcos 16,15-20

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: «Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos». Después de hablarles, el Señor Jesús subió al Cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.

El pasaje del Evangelio de Marcos que se lee este año en esta Solemnidad del Señor es muy escueto. Una frase, casi como de paso, relata un hecho en sí mismo portentoso: «Después de hablarles, el Señor Jesús subió al Cielo y se sentó a la derecha de Dios». Estas palabras nos remiten al término de esos días que transcurren entre la Resurrección gloriosa del Señor Jesús y su Ascensión al Cielo. 40 días que se debaten entre el tiempo y la eternidad. Jesús está aún acá en la tierra. Se deja ver por su Madre, por las mujeres y por sus discípulos en diversas ocasiones. Pide de comer y habla. Los apóstoles y muchos hombres y mujeres lo ven y lo escuchan. Sin embargo, ya participa de otra dimensión. Se presenta en una habitación de improviso y sin que las paredes lo puedan detener. Desaparece sin más y los discípulos no saben cómo. El acontecimiento de la Ascensión que hoy celebramos pone fin a esa etapa y marca el paso a una nueva.

En esta Solemnidad se nos invita a levantar la mirada y tomar consciencia de que Jesús, Dios y hombre verdadero, está sentado a la derecha del Padre. Él es Dios, junto con el Padre y el Espíritu Santo. Y Él, que se hizo hombre encarnándose en el seno de la Virgen María, ha elevado nuestra condición humana a una dignidad impensable: somos hijos de Dios en su Hijo amado. De este modo, el Señor que asciende al Cielo nos abre la puerta de la vida eterna. San Gregorio de Nisa, allá por el siglo IV, comentando este acontecimiento nos dice: «Cristo, el primogénito de entre los muertos, quien con su Resurrección ha destruido la muerte, quien mediante la reconciliación y el soplo de su Espíritu ha hecho de nosotros nuevas criaturas, dice hoy: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. ¡Oh mensaje lleno de felicidad y de hermosura! El que por nosotros se hizo hombre, siendo el Hijo único, quiere hacernos hermanos suyos y, para ello, hace llegar hasta el Padre verdadero su propia humanidad, llevando en ella consigo a todos los de su misma raza». ¡Qué amor tan grande el que tiene Dios por nosotros! ¡Somos hermanos de Jesús y, en Él, hijos de un mismo Padre!

Levantamos la mirada al Cielo y al tiempo que nos alegramos y nuestro corazón se llena de gratitud a Dios por su amor inmenso, somos invitados a tomar consciencia de nuestro llamado a seguir ese camino que Jesús nos ha mostrado. Ése es el horizonte último de nuestra vida: la participación eterna en el misterio del amor de Dios; la comunión plena en el Amor. El mismo San Gregorio decía: «Enterrémonos con Cristo por el Bautismo, para resucitar con Él; descendamos con Él para ser ascendidos con Él; ascendamos con Él para ser glorificados con Él». El Señor resucitado y elevado al Cielo nos muestra ese horizonte de eternidad que tiene nuestra existencia. Lo que recibimos en el Bautismo como en semilla tiene que germinar y crecer a lo largo de nuestra vida para que podamos alcanzar nuestro destino final.

Ahora bien, ¿qué importancia tiene esto para nuestra vida aquí y ahora? Decisiva, pues —para ponerlo en lenguaje coloquial— es acá, en el tiempo de nuestra vida terrena, donde nos jugamos la vida eterna. Ciertamente contamos con la gracia de Dios que nos precede, nos alienta, nos fortalece y nos da la esperanza cierta del triunfo. Pero el Señor no avasalla nuestra libertad. Nos invita a cooperar libre y amorosamente con su Plan de amor. Sin libertad no hay amor. Y la vida cristiana es vida en el amor y para el amor. Por ello implica necesariamente nuestra opción libre de cooperar con la gracia divina que sale a nuestro encuentro, nos reconcilia y nos eleva en Cristo que no nos abandona nunca (ver Mt 20,28). Todo esto, por lo demás, nos lleva a valorar justamente nuestro ser y estar en este mundo. Es decir, en Cristo encontramos la clave para comprender a cabalidad la realidad, con toda la riqueza y complejidad con la que la experimentamos día a día.

Es muy significativo notar que en esos últimos instantes antes de ser elevado al Cielo, el Señor Jesús encarga una misión a su Iglesia: «Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio a toda la creación» (Mc 16,15). Las últimas palabras que dice a los apóstoles y discípulos —y en ellos a todos nosotros— son un llamado inequívoco al compromiso con la realidad presente. Elevar la mirada al Cielo, a nuestro destino eterno en Cristo, no nos lleva a una visión espiritualista, a una religiosidad solitaria, desentendida de los problemas actuales de nuestro entorno, nuestra familia y nuestra sociedad. En ningún sitio leemos que Jesús haya dicho “esperen cruzados de brazos a mi regreso, que Yo me encargo de todo”. Lo que sí leemos en el Evangelio es su mandato y aliento decisivo para colaborar, desde un corazón que busca convertirse cada vez más a Él, con el anuncio del Evangelio. El Maestro nos invita a crecer en una visión de fe que ve la hondura de la realidad y es capaz de comprenderla integralmente desde su Verdad. Él quiere que, con humildad y generosidad, hagamos lo que esté a nuestro alcance por llevar el Evangelio a cuantos más podamos de modo que que Él pueda transformar todo aquello que esté en contraste con la Palabra de Dios y su Plan de amor.

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