Domingo con Xto Mi vida en Xto

El misterio de la Trinidad

Por Ignacio Blanco

trinidad

Evangelio según san Mateo 28,16-30

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron y le adoraron, pero algunos dudaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Vayan pues y hagan discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado. Y sepan que Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo».

Las palabras del Jesús en el evangelio de Mateo que escuchamos este Domingo contienen el mandato de bautizar a todos los pueblos en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Jesús nos revela algo esencial de nuestra fe. Y nos confía una misión.

Esta fiesta hermosa nos hace tomar consciencia de un hecho de fe: La Trinidad es un misterio. Frase cierta y a la vez inquietante, quizá por el significado que le damos a la palabra “misterio”. ¿Un misterio es algo que no se puede conocer? ¿Es algo tejido de ocultismo y esoterismo? ¿Es algo reservado para el conocimiento de algunos iniciados? Algo de eso tenía el uso del término en el lenguaje griego en la antigüedad (de donde proviene nuestro término “misterio”), así como una vinculación a las expresiones religiosas entonces existentes.

En nuestro lenguaje coloquial y mediático la palabra parecería significar la intención de dejar algo oculto. Pensemos, por ejemplo, cuando leemos: “El misterio de las cuentas bancarias de Juan Pérez”. De alguna manera se nos sugiere la existencia de cuentas ocultas, de dudoso origen, de incierta naturaleza. Y así podríamos aplicar la palabra “misterio” a muchos otros casos tal vez con resultados parecidos.

Cuando en el cristianismo hablamos de misterio, ¿a qué nos referimos? ¿Qué connotación tiene en el lenguaje de la fe esta palabra? ¿De qué hablamos cuando nos referimos, por ejemplo, al misterio de la fe, de la Trinidad, o a los misterios de la vida de Jesús?

El misterio para un cristiano no es algo incómodo sino que más bien forma parte de su atmósfera. Puede haber gente que se perturbe con lo misterioso. Para un cristiano, el aire que respira tiene como componente el misterio. Y no es tóxico. Por el contrario, si leemos y meditamos las palabras del Señor Jesús, si nos adentramos con la Iglesia en el mensaje de salvación que nos ha dejado, veremos que el misterio tiene en él un lugar central. En este sentido, el misterio para un cristiano —para todo cristiano— es todo aquello que Dios nos ha querido revelar desde la creación del mundo y, de una manera sublime y culminante, con el envío de su propio Hijo al mundo. Jesús, hablando nuestro lenguaje, nos ha manifestado aquello que de suyo nos era inalcanzable.

Paradójica combinación de palabras: misterio y revelación. Revelar significa dar a conocer, descubrir lo que estaba velado. Para el cristiano el misterio encierra, pues, la intención de Dios de darse a conocer, de manifestarse y de darnos a conocer también nuestra propia realidad, nuestro ser y nuestra razón de ser en este mundo. Esto que estuvo presente desde el origen —por ejemplo de una forma indiciaria en el mundo creado— ha sido develado, dado a conocer, manifestado por Cristo, nuestro Dios y Señor.

Enriquezcamos nuestra reflexión con aquellas conmovedoras palabras de Jesús: «A ustedes ya no los llamo siervos porque el siervo no sabe lo que hace su Señor; a ustedes los llamo amigos pues les he dado a conocer todo lo que he escuchado de mi Padre» (Jn 15,15). La paradoja se agudiza pues sabemos también que junto con la revelación que Jesús nos ha hecho del misterio de Dios éste permanece infinito, inabarcable para nuestra naturaleza limitada. Y, sin embargo, sí lo conocemos, avanzamos, como adentrándonos en el mar, en la comprensión vital y existencial de quién es Dios, de cuánto nos ama, de todo lo que ha hecho por nosotros, del llamado que nos hace a ser felices, de su infatigable intención de salvarnos. Mientras más avanzamos, más extenso se torna el horizonte, invitándonos a profundizar más.

¿Nos inquieta la paradoja? El hombre nace, vive y muere entre paradojas. Justamente Cristo no ha dado la clave para desentrañar la paradoja sin sucumbir al sinsentido. El misterio para un cristiano —por el don que ha recibido— es un camino para acceder a la hondura de la realidad, para profundizar en el ser de las cosas que sólo nos pudo haber sido manifestado por Aquel que está en el origen y en la meta de todo lo que existe. Quizá la mayor revelación que una fiesta como la de hoy nos recuerda es que el amor late en el corazón del misterio de Dios, y que el hombre creado a su imagen y semejanza está hecho por amor y para el amor.

El misterio de la Trinidad nos habla, pues, fuerte y claro de nuestro origen y de nuestro llamado. Dios, Uno y Trino, se nos manifiesta como comunión de Personas, anhelante —si cabe la expresión— de relacionarse con nosotros, de darse a conocer y de ayudarnos a conocernos a nosotros mismos. ¿No es cada uno de nosotros, también, un misterio? Sí y por ello es que Dios Uno y Trino nos revela en Cristo quiénes somos y para qué estamos hechos. Si construimos a partir de ese fundamento, todo lo demás viene por añadidura.

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