Domingo con Xto Mi vida en Xto

Domingo 25 Ordinario: Aprendamos a pensar, sentir y vivir con Cristo

Año B – Tiempo Ordinario – Semana 25 – Domingo

Por Ignacio Blanco

Jesus y apostoles

Evangelio según san Marcos 9, 30-37

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se marcharon de la montaña y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará». Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle. Llegaron a Cafarnaum, y, una vez en casa, les preguntó: «¿De qué discutían por el camino?». Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos». Y, acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: «El que recibe a un niño como éste en mi nombre, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, no me recibe a mí, sino al que me ha enviado».

La palabra “sintonía” tiene acepciones interesantes. En uno de sus sentidos implica entendimiento, concordancia entre dos o más personas, adaptación. Se usa también para significar la relación que tiene que haber entre dos sistemas (emisor y receptor) para que se dé la comunicación. Es, por ejemplo, lo que sucede cada vez que sintonizamos una estación en la radio. Hasta donde la analogía lo permite, el Evangelio de este Domingo es una buena ocasión para reflexionar sobre qué tan “sintonizados” estamos con Jesús, con su Palabra, con sus enseñanzas.

En la narración del evangelista Marcos, por segunda vez el Señor Jesús les explica a los apóstoles que iba a ser entregado a manos de los hombres, que iba a sufrir, morir y luego resucitar al tercer día. La primera vez Pedro quiso interponerse en el camino de Jesús a la Cruz; esta vez vemos cómo son todos los discípulos quienes no logran comprender lo que Jesús estaba tratando de enseñarles. Por el contrario, mientras iban caminando sostuvieron una discusión sobre quién de ellos era el más grande, el “más importante”. Con sutileza y reverencia, el Señor les pregunta: «¿De qué hablaban en el camino?», evidenciando así su “falta de sintonía” con lo que Él estaba tratando de enseñarles. El Señor les hablaba de lo que iba a suceder una vez que subieran a Jerusalén, de esos días terribles de su Pasión y Muerte que Él sabía que se acercaban, así como de su Resurrección; y los discípulos discutían sobre quién sería el más importante. Tal vez llevados todavía por una visión terrena de lo que debía hacer el Mesías esperado (donde el sufrimiento y la muerte eran inaceptables), tal vez simplemente embriagados por el deseo de grandeza, el hecho es que no logran entender lo que Jesús les quiere decir.

«¿De qué hablaban en el camino?». Ante la pregunta los discípulos callan. Algo han conocido de los modos y maneras del Señor, y deben haber vislumbrado que se venía una enseñanza sustancial. Y así fue. Jesús —dice el Evangelio— sentándose, los llamó y les dijo: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos».

Sopesemos el gesto tan significativo de Jesús. Hace un alto en el camino, se sienta y reúne a los doce para enseñarles. Se había dado cuenta perfectamente de que sus seguidores más cercanos aún no lograban asimilar lo que Él, poco a poco, estaba manifestándoles. Por eso es que genera ese espacio, en medio del camino, para ayudarlos a sintonizar. ¿No es, en un sentido, lo mismo que sucede todos los domingos cuando acudimos a la Eucaristía? ¿No es un alto en el camino en el que nos sentamos a los pies del Maestro para escucharlo, para encontrarnos con Él? El Señor nos habla en su Palabra, nos enseña la verdad, nos educa para que sintonicemos con Él. Y, más aún, se hace realmente presente y se nos da como alimento de vida eterna en su propio Cuerpo. Cada Eucaristía, pues, es un “espacio” único para entrar en íntima comunión con el Señor Jesús, para “sintonizar” con Él no sólo nuestros pensamientos sino también nuestros sentimientos y toda nuestra vida.

La enseñanza de Cristo es, ciertamente, sustancial. A quienes vienen discutiendo sobre quién va a ser el más importante, el más grande, les enseña que es aquel que se haga el más pequeño; el primero será el último de todos; el más grande, será el que sirva a todos los demás. «Viendo, pues, el Señor el pensamiento de sus discípulos, cuida de corregir con la humildad el deseo de gloria» (San Beda). Notemos, sin embargo, que el Señor no les recrimina la pretensión de ser de los más grandes, de estar junto a Él (ver Mt 20,20-28). Lo que hace es mostrarles cuál es el camino para alcanzar la auténtica grandeza a la que aspira el corazón humano. Y ésta no es otra que estar lo más cerca de Jesús. Ser de los primeros, significa ser como Cristo, tener los mismos pensamientos y sentimientos de Cristo para vivir como Él vivió. Y eso implica hacernos siervos, vivir la humildad, recorrer el camino que lleva a Jerusalén como Él lo hizo, vivir el servicio con generosidad.

Volviendo a la analogía, en el camino de la vida cristiana vamos tratando de sintonizar vitalmente con Cristo y desde esa experiencia de encuentro con Él buscamos anunciarlo a los demás. La apertura a la acción del Espíritu Santo, la oración, la conversión de mente y corazón y la coherencia de vida, poco a poco nos lleva a «aprender a pensar con Cristo, a pensar con el pensamiento de Cristo para tener los mismos sentimientos de Cristo, para poder dar a los demás también el pensamiento de Cristo, los sentimientos de Cristo» (Benedicto XVI).

¡Cuánto nos ilumina en esta reflexión el testimonio de Santa María, la humilde sierva del Señor! ¿Quién como Ella ha logrado vivir en permanente sintonía con los pensamientos de Dios, acogiéndolos y meditándolos siempre en su corazón? ¿Quién como Ella es ejemplo insuperable de humildad y de servicio? Y ciertamente su humildad la ha llevado a ser la primera entre todas las mujeres y hombres que han existido y existirán, la bienaventurada. Su humildad es signo de la victoria definitiva de Cristo sobre la soberbia del maligno, es causa de su alegría y es un cántico de gloria eterna a Dios que nos alienta en nuestro camino.

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