Mi vida en Xto

Oración del martes: “Jesús se retiró a una montaña para orar”

Año C – Tiempo Ordinario – Semana 23 – Martes
6 de setiembre de 2016

Jesus en el desierto2

+  En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo: Amén.

Oración inicial

Señor, Dios mío, puesto en tu presencia te agradezco por todas las bendiciones que me das. Acompáñame en este momento de oración y en este día con la luz de tu Espíritu para vivir según tu Evangelio. Ayúdame, Señor, a ser santo y alcanzar la salvación que tienes prometida para quienes viven según tus mandatos.

Acto penitencial

Hago en silencio un breve examen de conciencia de mi último día.

Puesto en tu presencia tomo conciencia de las muchas veces que me aparto de ti. Cuántas veces, Señor, me aferro a cosas materiales o limitadas, dejándote de lado. Cuántas veces vivo de modo egoísta, busco solo mi propio bien y me olvido de aquellos que están al último. Te pido, Señor, perdón, e invoco tu ayuda para ser cada vez más humilde y ser como Tú, que viniste a servir y no a ser servido.

Lectura Bíblica según el Evangelio del día

“Jesús se retiró a una montaña para orar” (San Lucas 6,12-19).

En esos días, Jesús se retiró a una montaña para orar, y pasó toda la noche en oración con Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos y eligió a doce de ellos, a los que dio el nombre de Apóstoles: Simón, a quien puso el sobrenombre de Pedro, Andrés, su hermano, Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago, hijo de Alfeo, Simón, llamado el Zelote, Judas, hijo de Santiago, y Judas Iscariote, que fue el traidor. Al bajar con ellos se detuvo en una llanura. Estaban allí muchos de sus discípulos y una gran muchedumbre que había llegado de toda la Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón, para escucharlo y hacerse curar de sus enfermedades. Los que estaban atormentados por espíritus impuros quedaban curados; y toda la gente quería tocarlo, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos.

Lectura espiritual breve

Medita con estas palabras del Padre Christián Vinces:

Hoy vemos cómo Jesús elige a sus doce Apóstoles, y los llama a cada uno por su nombre. Antes de elegirlos, Jesús se retira al monte a orar y reza al Padre.  Sube a lo alto de la montaña, a un lugar que está por encima del ajetreo cotidiano para estar en silencio y recogimiento, en diálogo con su Padre por toda la noche.  Y, al amanecer, luego de este largo momento de oración, llama a sus Apóstoles.

Este llamado no es fruto de una casualidad o una simple respuesta a una necesidad; el origen de este llamado se ha cultivado en el diálogo de oración de Jesús con su Padre, diálogo donde cada uno de nosotros es pensado con amor, con nombres y rostros concretos.

Hoy Jesús sigue invitando a los hijos de la Iglesia a participar de su misión apostólica.  Este llamado es fruto de su amor por nosotros, pues Él reza al Padre por cada uno de nosotros y piensa con amor en nombres y rostros concretos en ese diálogo eterno con su Padre.  Acogiendo ese amor, sabiendo que somos sostenidos por su oración en nuestras luchas y fatigas cotidianas, nos invita a trabajar con Él como amigos, hombro a hombro, por el bien de su Iglesia y de todos los hombres.

Breve meditación personal

Haz silencio en tu interior y pregúntate:

1.- ¿Me siento llamado y sostenido por la fuerza de la oración del mismo Jesús al Padre?

2.- ¿Cómo vivo mi llamado a ser apóstol en mi vida cotidiana?

Acción de gracias y peticiones personales

Te agradezco, Señor, por este momento de oración, y por tu presencia en mi vida. Quiero vivir completamente entregado a Ti, y te pido la fuerza de tu gracia para que así sea. Ayúdame a perseverar en la oración, a luchar contra las insidias del enemigo, y a ser coherente con el camino que Tú me llamas a vivir, aceptando siempre las alegrías y cruces que vendrán en el camino.  Amén.

Si quieres, puedes pedirle al Señor por tus intenciones.

Reza un Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria…

Consagración a María

Termina esta oración rezándole a María:

Acuérdate,
¡oh piadosísima, Virgen María!,
que jamás se ha oído decir
que ninguno de los que
han acudido a tu protección,
implorando tu auxilio
haya sido abandonado de Ti.

Animado con esta confianza,
a Ti también yo acudo,
y me atrevo a implorarte
a pesar del peso de mis pecados.

¡Oh Madre del Verbo!,
no desatiendas mis súplicas,
antes bien acógelas benignamente. Amén

En el nombre del Padre y, del Hijo, y del Espíritu Santo: Amén.

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