Mi vida en Xto

Oración del viernes: «Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora»

Año C – Tiempo Ordinario – Semana 21 – Viernes
26 de agosto de 2016

Xto Rey 2

+ En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Oración inicial

Señor Jesús: gracias por este espacio de encuentro contigo. Ayúdame a reconocer el llamado que me haces y a acogerlo plenamente desde el don de mi libertad respondiendo con fidelidad a tus designios.

Acto penitencial

Hago en silencio un breve examen de conciencia de mi último día.

Tu presencia, Señor mío, me recuerda lo mucho que me falta por ser más como Tú. Al mismo tiempo, Tu cercanía me recuerda tu infinito amor, y sé que me amas más de lo que puedo comprender. Ayúdame, Señor, a recibir tu misericordia con humildad y alegría.

Lectura Bíblica: Mt 25,1-13

Por eso, el Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes. Las necias tomaron sus lámparas, pero sin proveerse de aceite, mientras que las prudentes tomaron sus lámparas y también llenaron de aceite sus frascos. Como el esposo se hacía esperar, les entró sueño a todas y se quedaron dormidas. Pero a medianoche se oyó un grito: “¡Ya viene el esposo, salgan a su encuentro!”. Entonces las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas. Las necias dijeron a las prudentes: “¿Podrían darnos un poco de aceite, porque nuestras lámparas se apagan?”. Pero estas les respondieron: “No va a alcanzar para todas. Es mejor que vayan a comprarlo al mercado”. Mientras tanto, llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta. Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: “Señor, señor, ábrenos”, pero él respondió: “Les aseguro que no las conozco”. Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora.

Lectura espiritual breve

Meditemos con estas palabras del Padre Alberto Hadad:

El Señor Jesús, en el Evangelio de hoy nos llama a velar, a estar siempre preparados para su venida porque no sabemos en qué momento vendrá a pedirnos cuentas de nuestros actos. Junto con el llamado a permanecer atentos nos indica una virtud fundamental que tienen las vírgenes que logran entrar en el banquete de bodas: la prudencia. Esta virtud, según el Catecismo de la Iglesia Católica es “la virtud que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo (…) Es llamada auriga virtutum: conduce las otras virtudes indicándoles regla y medida” (CCE 1806).

En palabras más sencillas, el Señor nos invita a realizar el bien en todo momento según su justa medida. Claramente esta “justa medida” es difícil de discernir, pero es precisamente lo que el Señor espera de nosotros. Quiere que seamos capaces de reconocer el bien que debemos elegir en cada circunstancia y el mal que debemos evitar. Esto es lo que logran las vírgenes prudentes que llevan la cantidad de aceite necesario para mantener sus lámparas encendidas.

Breve meditación personal

Haz silencio en tu interior y pregúntate:

1.- La prudencia es la virtud que me ayuda a actuar de manera apropiada en cada momento de mi vida.

2.- ¿Soy un persona prudente?

3.- ¿Qué actos concretos puedo hacer para ser una persona más prudente?

4.- La prudencia me invita a una vivencia recta de la caridad. ¿Qué actos de caridad concretos puedo realizar de manera permanente y no sólo de manera esporádica?

Acción de gracias y peticiones personales

Te agradezco porque me recuerdas que no basta con vivir una vida cristiana a medias para alcanzar la eternidad. La coherencia a la que estoy invitado es el camino para llegar al cielo. Cuento con tu gracia y Tú cuentas con mi libertad. Amén.

(Si quieres, puedes pedirle al Señor por tus intenciones).

Reza un Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria…

Consagración a María

Pidámosle a María que nos acompañe siempre:

Dios te salve, Reina y Madre de misericordia,
vida, dulzura y esperanza nuestra.

Dios te salve.

A Tí clamamos los desterrados hijos de Eva,
a Tí suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas.

Ea, pues, Señora Abogada Nuestra,
vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos,
y después de este destierro, muéstranos a Jesús,
fruto bendito de tu vientre.

Oh, clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María.

Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios,
para que seamos dignos de alcanzar las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.

Amén

+ En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

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