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Domingo IV de Pascua: Jesús es el Buen Pastor

Por Ignacio Blanco

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Evangelio según san Juan 10,11-18

En aquel tiempo, dijo: «Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estragos y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas. Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este rebaño, tam­bién a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor. Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre».

Jesús nos habla en un lenguaje cercano. Utiliza muchas veces figuras y ejemplos tomados de la vida cotidiana para ayudarnos a entender verdades profundas sobre Él, sobre nosotros mismos y sobre la vida. Este Domingo de tiempo pascual el Señor dice de sí mismo que es el Buen Pastor. Una figura muy cercana a los hombres y mujeres del tiempo en que vivió. Tal vez no tanto a nuestra experiencia de vida urbana, pero podemos hacer un esfuerzo por comprender mejor los alcances de este simil que Cristo utiliza para que profundicemos nuestra relación con Él.

Para personas que vivían en un medio rural la relación con los animales que criaban era fundamental, entre otras cosas, para su propio mantenimiento. En no pocos casos les proporcionaban alimento y vestido. En ese contexto, toda persona que en algún momento tuvo que cuidar un rebaño de ovejas entendía muy bien la importancia y las exigencias de ser un pastor bueno y resposable. Implicaba cuidar de las ovejas, protegerlas de los posibles robos o ataques de lobos u otras fieras. Implicaba también conocer a las ovejas, buscarlas cuando alguna quedaba retrasada o perdida. Y ciertamente asegurarse de que comieran y bebieran lo necesario. A esas personas Jesús les dice: Yo soy el Buen Pastor. Para muchos de sus oyentes estas palabras significaban: lo que tú haces con las ovejas que cuidas, Yo lo hago contigo. Así de importante eres tú para Mí. Yo te cuido, te llevo a pastos verdes para que te alimentes, a aguas limpias para que bebas. Puedes confiar en Mí. Si te pierdes te iré a buscar; si sufres la agresión de un lobo te defenderé y protegeré. Y todo esto lo hace el Señor porque nos ama.

Con esta figura el Señor Jesús nos revela algo muy profundo de sí mismo. Él es nuestro Pastor y da su vida por nosotros. Es tal el amor que nos tiene, que se sacrifica a sí mismo para que nosotros tengamos la vida verdadera, y esa vida en abundancia (ver Jn 10,10). A diferencia del que cuida ovejas por dinero (el asalariado), el pastor bueno no huye cuando viene el lobo. A diferencia del asalariado, el pastor verdadero conoce a sus ovejas y sus ovejas lo conocen a él. Al asalariado, en cambio, no le interesan las ovejas.

¡Qué gran lección del Señor! Y nos pone una comparación que debe hacernos pensar mucho: “como el Padre me conoce y Yo conozco al Padre, así conozco Yo a mis ovejas y mis ovejas me conocen a Mí” (ver Jn 10,14-15). Palabras muy profundas que llevan a preguntarnos sobre nuestra relación personal con Jesús. Él nos conoce a profundidad. Y nosotros, ¿qué tanto le conocemos? En este sentido, San Juan Pablo II les decía en una ocasión a los jóvenes: «¡Aprended a conocer a Cristo y dejaos conocer por Él! (…) Estad seguros de que Él conoce a cada uno de vosotros más que cuanto cada uno de vosotros se conoce a sí mismo. Conoce, porque ha dado su vida (ver Jn 15, 13). Permitidle que os encuentre. A veces el hombre, el joven, se descarría en sí mismo, en el mundo que lo circunda, entre toda la maraña de las cosas humanas que lo envuelven. Permitid a Cristo que os encuentre. Que conozca todo de vosotros. ¡Que os guíe! Es verdad que para seguir a uno, hay al mismo tiempo que exigirse a sí mismo; tal es la ley de la amistad. Si queremos andar juntos tenemos que estar atentos al camino que hemos de recorrer. Si nos movemos sobre la montaña, conviene seguir las señales. Si escalamos una montaña, no podemos dejar la cuerda. Hay ante todo que conservar la unión con el Amigo divino que tiene por nombre Jesucristo. Hay que colaborar con Él».

Una gran enseñanza del Papa para vivir la amistad con Cristo. Para conocer al Señor, para ser amigos de Jesús, tenemos que rezar, ser cercanos a Él, abrirle nuestro corazón, ser dóciles a su Palabra. Podemos confiar en Él decididamente porque Jesús no miente, nunca abandona y nos ama entrañablemente.

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