Dies Domini

DOMINGO XVI ORDINARIO: “Les daré un Pastor que apaciente a mis ovejas”

2006 Buen Pastor

 I.  LA PALABRA DE DIOS

Jer 23, 1-6: “al frente de mis ovejas pastores que las apacienten”

¡Ay de los pastores que dispersan y dejan que se pierdan las ovejas de mi rebaño! —oráculo del Señor—.

Así dice el Señor, Dios de Israel:

— «A los pastores que pastorean a mi pueblo: Ustedes han dispersado y ahuyentado mis ovejas, y no las han cuidado; pues yo les tomaré cuentas, por la maldad de sus acciones —oráculo del Señor—.

Yo mismo reuniré el resto de mis ovejas de todos los países adonde las expulsé, y las volveré a traer a sus praderas, para que crezcan y se multipliquen. Les pondré pastores que las pastoreen; ya no temerán ni se espantarán, y ninguna se perderá —oráculo del Señor—.

Miren que llegan días —oráculo del Señor— en que suscitaré para David un germen justo; reinará como rey prudente, practicará el derecho y la justicia en la tierra. En sus días se salvará Judá e Israel habitará en paz. Y lo llamarán con este nombre: El-Señor-nuestra-justicia».

Sal 22, 1-6: “El Señor es mi pastor, nada me falta”

El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas.

Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu callado me sosiegan.

Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término.

Ef 2, 13-18: “Cristo es nuestra paz, Él nos ha reconciliado por medio de su Cruz”

Hermanos:

Ahora, gracias a Cristo Jesús y en virtud de su sangre, los que un tiempo estuvieron lejos, ahora están cerca.

Él es nuestra paz.

Él ha hecho de los dos pueblos uno solo, derribando con su cuerpo el muro que los separaba: el odio. Él ha abolido la ley con sus mandamientos y reglas, haciendo las paces, para crear en sí mismo con los dos pueblos un solo hombre nuevo. Reconcilió con Dios a los dos pueblos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en Él, al odio. Vino y trajo la noticia de la paz: paz a ustedes, los de lejos; paz también a los de cerca.

Así, unos y otros, podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu.

Mc 6, 30-34: “Andaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles”

En aquel tiempo, los Apóstoles volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo:

— «Vengan ustedes solos a un sitio tranquilo a descansar un poco». Porque eran tantos los que iban y venían que no encontraban tiempo ni para comer.

Se fueron en la barca a un sitio tranquilo y apartado. Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todos los pueblos fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y sintió compasión de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas.

II. APUNTES

El profeta Jeremías (1ª lectura) habla en nombre de Dios para lanzar una durísima invectiva contra quienes son infieles a su misión de guiar a los hijos de Israel por los caminos de Dios: «¡Ay de los pastores que dispersan y dejan que se pierdan las ovejas de mi rebaño!». Dios los acusa de no atender debidamente y de haber dispersado a los hijos de Israel. Advierte que les tomará cuentas y promete enviar a sus ovejas «pastores que las pastoreen». De este modo anuncia la restauración y la vuelta de Israel del destierro, pero anuncia también otra restauración mucho más importante.

En el Señor Jesús esta promesa hallará su pleno cumplimiento. Él es por excelencia el Buen Pastor, Dios mismo que viene a reunir y a curar sus ovejas dispersadas y heridas a causa del pecado.

El buen Pastor da la vida por sus ovejas: mediante su Cruz Cristo ha traído la verdadera paz al corazón del hombre y la reconciliación a los pueblos antes divididos (2ª lectura). El Señor Jesús no sólo vino a apacentar a las ovejas de Israel, sino a integrar también a su gran rebaño a quienes no pertenecían al pueblo de la primera Alianza, considerados hasta entonces enemigos de Dios. Cristo, por su Cruz, ha reunido en un solo Cuerpo, Su Iglesia, a unos y a otros. Ningún ser humano está excluido de su rebaño.

Al ver a la multitud de hombres y mujeres que andan desvalidos, como ovejas sin pastor, el Señor experimenta una profunda conmoción interior, una compasión. En Él la multitud abandonada a su suerte busca el remedio a sus males así como la respuesta a sus preguntas fundamentales. Esta profunda compasión de Jesús, que brota de su inmenso amor al ser humano, lo mueve a la acción decidida y comprometida: «se puso a enseñarles muchas cosas».

Enseñarles es lo que considera más urgente y necesario en esa situación concreta. La mayor pobreza y mal que sufren las ovejas de su pueblo son la confusión, la ignorancia y la mentira en las que andan sumidas. Todo ello es una indigencia que hay que remediar, una carencia que hay que subsanar, pues impide a su criatura humana avanzar hacia el horizonte de su plena realización y alcanzar su destino último.

Para sacarlos de esta indigencia el Señor «se puso a enseñarles muchas cosas», y aunque el evangelista no refiere qué es lo que enseñó en aquella ocasión específica, sabemos que enseñó la verdad sobre Dios y sobre el hombre, la verdad que disipa las tinieblas de la ignorancia, la verdad que une y reconcilia, la verdad que trae la paz, la verdad que señala e ilumina el camino de retorno de todo hijo o hija a la casa del Padre. Sólo Su enseñanza llena de sentido la existencia humana, porque Él mismo es el Camino, la Verdad y la Vida del hombre (ver Jn 14,6).

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Para no ser confundidos y dispersados por tantas opiniones y pensamientos anti-evangélicos que circulan por doquier, quienes somos buscadores de la verdad hemos de acudir confiadamente al Señor Jesús con la plena convicción de que sólo Él tiene la verdad completa sobre Dios y sobre el hombre. Todo aquél «que quiera comprenderse hasta el fondo a sí mismo —no solamente según criterios y medidas del propio ser inmediatos, parciales, a veces superficiales e incluso aparentes— debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo» (S.S. Juan Pablo II, Redemptor hominis, 10).

Abriendo nuestro entendimiento y corazón a las verdades fundamentales que Cristo nos ha enseñado, verdades que Él confió a Su Iglesia para su custodia, profundización y transmisión, encontramos en Él el Camino que conduce a nuestra realización y plenitud humana, a nuestra propia felicidad y a la de todo ser humano.

Por otro lado, mostrándonos su profunda conmoción ante la multitud en búsqueda, el Señor nos invita a experimentar su misma compasión ante la situación de desorientación y confusión en la que tantos viven hoy sumergidos. Movidos por esa compasión se trata de actuar decididamente, involucrándonos en la enseñanza y transmisión de las verdades fundamentales de la fe, es decir, en la “catequesis”.

Catequesis viene de la palabra griega ejo, de donde procede nuestra palabra castellana “eco”, y significa “hacer resonar”. Catequizar es “hacer resonar” mediante nuestra predicación las verdades de la fe en la mente y corazón de otras personas.

Siguiendo al divino Modelo que es Cristo, cada discípulo está llamado a transmitir y enseñar a otros las verdades que Él ha hecho resonar en nuestras mentes y corazones por la predicación de todos aquellos cristianos que nos han antecedido. ¡La transmisión de la fe es una ‘cadena’ que no se debe interrumpir conmigo! ¡Yo soy responsable de que otros reciban el inmenso don que yo, a mi vez, he recibido de aquellos hombres y mujeres que supieron trasmitirme fielmente las enseñanzas del Señor, incluso a precio de su propia vida!

No olvidemos que nadie da lo que no tiene. Para enseñar las verdades de la fe necesito yo mismo instruirme en ellas por el estudio perseverante, hacerlas mías al calor de la oración y ponerlas en práctica procurando llevar una vida concorde con las enseñanzas del Señor.

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Beda: «San Mateo dice que curó a los que entre ellos estaban enfermos; que la verdadera compasión hacia los pobres consiste en abrirles por la enseñanza el camino de la verdad y librarlos de los padecimientos corporales».

San Hipólito: «Concede, Padre que conoces los corazones, a tu siervo que has elegido para el episcopado, que apaciente tu santo rebaño y que ejerza ante ti el supremo sacerdocio sin reproche sirviéndote noche y día; que haga sin cesar propicio tu Rostro y que ofrezca los dones de tu Santa Iglesia, que en virtud del espíritu del supremo sacerdocio tenga poder de perdonar los pecados según tu mandamiento, que distribuya las tareas siguiendo tu orden y que desate de toda atadura en virtud del poder que tú diste a los Apóstoles».

San Gregorio Nacianceno: «Es preciso comenzar por purificarse antes de purificar a los otros; es preciso ser instruido para poder instruir; es preciso ser luz para iluminar, acercarse a Dios para acercarle a los demás, ser santificado para santificar, conducir de la mano y aconsejar con inteligencia. Sé de quién somos ministros, dónde nos encontramos y adónde nos dirigimos».

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

“Sintió compasión…”

2448: Bajo sus múltiples formas —indigencia material, opresión injusta, enfermedades físicas o psíquicas y, por último, la muerte—, la miseria humana es el signo manifiesto de la debilidad congénita en que se encuentra el hombre tras el primer pecado y de la necesidad que tiene de salvación. Por ello, la miseria humana atrae la compasión de Cristo Salvador, que la ha querido cargar sobre sí e identificarse con los “más pequeños de sus hermanos”.

“…y se puso a enseñarles”

427: En la catequesis lo que se enseña es a Cristo, el Verbo encarnado e Hijo de Dios y todo lo demás en referencia a Él; el único que enseña es Cristo, y cualquier otro lo hace en la medida en que es portavoz suyo, permitiendo que Cristo enseñe por su boca… Todo catequista debería poder aplicarse a sí mismo la misteriosa palabra de Jesús: “Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado” (Jn 7,16).

428: En la catequesis lo que se enseña es a Cristo, el Verbo encarnado e Hijo de Dios y todo lo demás en referencia a Él; el único que enseña es Cristo, y cualquier otro lo hace en la medida en que es portavoz suyo, permitiendo que Cristo enseñe por su boca… Todo catequista debería poder aplicarse a sí mismo la misteriosa palabra de Jesús: “Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado” (Jn 7,16).

429: De este conocimiento amoroso de Cristo es de donde brota el deseo de anunciarlo, de “evangelizar”, y de llevar a otros al “sí” de la fe en Jesucristo. Y al mismo tiempo se hace sentir la necesidad de conocer siempre mejor esta fe.

Cristo también hoy sigue apacentando a su rebaño

857: La Iglesia… sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por los Apóstoles hasta la vuelta de Cristo gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral: el colegio de los obispos, “a los que asisten los presbíteros juntamente con el sucesor de Pedro y Sumo Pastor de la Iglesia”: “Porque no abandonas nunca a tu rebaño, sino que, por medio de los santos pastores, lo proteges y conservas, y quieres que tenga siempre por guía la palabra de aquellos mismos pastores a quienes tu Hijo dio la misión de anunciar el Evangelio”.

2034: El Romano Pontífice y los obispos como «maestros auténticos por estar dotados de la autoridad de Cristo… predican al pueblo que tienen confiado la fe que hay que creer y que hay que llevar a la práctica» (LG 25). El magisterio ordinario y universal del Papa y de los obispos en comunión con él enseña a los fieles la verdad que han de creer, la caridad que han de practicar, la bienaventuranza que han de esperar.

VI. TEXTOS DE LA ESPIRITUALIDAD SODÁLITE

El Señor Jesús invita a vivir una armonía entre el amor a Dios y el amor al prójimo: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Ante la pregunta de un maestro de la ley Él vincula íntima e inseparablemente estos mandamientos. Así, la fe y el amor a Dios, para ser auténticos, han de proyectarse necesariamente en las diversas realidades sociales. Es falso y mentiroso todo amor a Dios que al mismo tiempo no se expresa en la caridad y el servicio solidario con los hermanos. Quien afirma que cree en Dios y dice amarlo, necesariamente ha de amar también al hermano a quien ve, no sólo con palabras sino con obras concretas de caridad y servicio solidario.

Pero así como existe el peligro de creer que se puede amar a Dios sin amar concretamente al hermano, existe también otro peligro: querer realizar una praxis solidaria que dejando de lado a Dios descuide el anuncio del Evangelio de Cristo. En ese sentido el Santo Padre nos ha recordado que nuestra misión «no debe reducirse jamás al papel de simples agentes sociales o de generosos filántropos», pues «la vocación y la misión del creyente consiste en amar a Dios y amar al prójimo. El amor a los hermanos deriva del amor a Dios y sólo puede alcanzar su plenitud en quien vive el amor a Dios». Así pues, «la acción caritativa del cristiano, cuando permanece fiel al mandato y al ejemplo de Jesús, se convierte en anuncio y testimonio de Cristo, que da su vida, sana el corazón del hombre, cura las heridas causadas por el odio y el pecado, y dona a todos alegría y paz». He allí la síntesis que estamos llamados a vivir día a día.

En este empeño por vivir la unidad del servicio apostólico y solidario en nuestra vida cotidiana, hemos de mirar siempre al Señor Jesús, nuestro Maestro y Modelo. Su encarnación en el seno inmaculado de María Virgen por obra del Espíritu Santo, su vida entre nosotros, sólo se entiende —como manifiesta el Señor Jesús— en clave de servicio, un servicio que lleva al don total de sí mismo para rescatar al hombre del pecado y de la muerte, y de toda miseria que es fruto del pecado .

¿Qué mueve al Señor Jesús a tal servicio? Este servicio brota de la sobreabundancia del amor de Dios por su criatura humana, su pasión intensa por el hombre, su deseo de que viva. Por ese amor Él sufre, se conmueve profundamente al ver a los hombres como ovejas sin pastor, sometidos a la esclavitud del pecado y de los males que de éste derivan. (Camino hacia Dios #105)

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