Dies Domini

DOMINGO III ORDINARIO: “Entonces comenzó Jesús a predicar”

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I. LA PALABRA DE DIOS

Is 9,1-14: “El pueblo que andaba a oscuras vio una luz grande”

En otro tiempo el Señor humilló al país de Zabulón y al país de Neftalí; pero en el futuro llenará de gloria el camino del mar, más allá del Jordán, en la región de los paganos.

El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban tierra de sombras, una luz les brilló. Hiciste grande la alegría, aumentaste el gozo; se gozan en tu presencia, como gozan al cosechar, como se alegran al repartirse el botín. Porque, como hiciste el día de Madián, has roto el yugo que pesaba sobre ellos, la vara que castigaba sus espaldas, el látigo del opresor que los hería.

Sal 26,1-4,13-14: “El Señor es mi luz y mi salvación”

El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar?

Una cosa pido al Señor,
eso buscaré:
habitar en la casa del Señor por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor, contemplando su templo.

Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.
Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor.

1Cor 1,10-13.17: “No me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el Evangelio”

Hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo les ruego que se pongan de acuerdo y no haya divisiones entre ustedes. Vivan en armonía con un mismo pensar y sentir.

Hermanos, me he enterado por los de la familia de Cloe que hay discordias entre ustedes. Y por eso les hablo así, porque andan divididos, diciendo: «Yo soy de Pablo», «yo soy de Apolo», «yo soy de Pedro», «yo soy de Cristo».

¿Está dividido Cristo? ¿Ha muerto Pablo en la cruz por uste­des? ¿Han sido bautizados en nombre de Apolo?

Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evan­gelio, y no con sabios discursos, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo.

Mt 4,12-23: “Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y procla­mando el Evangelio del reino”

Al enterarse Jesús que habían encarcelado a Juan, se dirigió a Galilea. Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaúm, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías:

«País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló».

Entonces comenzó Jesús a predicar diciendo:

— «Conviértanse, porque está cerca el Reino de los Cielos».

Caminando a orillas del mar de Galilea, vio a dos hermanos, a Simón, al que llaman Pedro, y a Andrés, su hermano, que estaban echando la red, pues eran pescadores. Les dijo:

— «Vengan, síganme, y los haré pescadores de hombres».

Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante, vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, que estaban en la barca reparando las redes con Zebedeo, su padre. Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.

Recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas y procla­mando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolen­cias del pueblo.

II. APUNTES

Luego del arresto de Juan Bautista el Señor Jesús «se dirigió a Galilea». Mas no retorna ya a Nazaret, la ciudad que lo vio crecer y trabajar, sino que «se estableció en Cafarnaúm». Cafarnaúm era una ciudad floreciente ubicada en la ribera noroeste del Mar de Galilea o Lago de Gennesaret. Era la cuidad en la que vivían Simón, llamado Cefas (Pedro) por el Señor, y su hermano Andrés. Ambos se dedicaban a la pesca.

En Cafarnaúm el Señor estableció su “centro de operaciones”. Pedro lo hospedaba en su casa, y allí acudía mucha gente para escuchar al Maestro o para llevarle a sus enfermos y para ser curados (ver Mc 1,29.32ss). Desde allí iba y venía recorriendo «toda Galilea, enseñando en las sinagogas y procla­mando el Evangelio del reino, curando las enfermedades y dolen­cias del pueblo».

Con el inicio de su predicación y ministerio público en Galilea el Señor Jesús da cumplimiento a una antigua profecía: «País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los paganos. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una gran luz; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló». La primera lectura es continuación de este pasaje tomado del profeta Isaías, citado por el Evangelista.

Zabulón y Neftalí eran dos de las doce tribus del pueblo de Israel. En la distribución territorial que se hizo en tiempos de Josué estaban situadas en el territorio de Galilea, una región ubicada al norte de la Palestina, calificada en los tiempos de Isaías como “tierra de gentiles”. Como “gentiles” se designaba a los pueblos extranjeros y a sus habitantes. Ya que no adoraban al Dios verdadero los judíos los consideraban paganos y enemigos de Israel. Al territorio de Galilea se le llamaba tierra de gentiles puesto que muchos inmigrantes paganos habitaban allí, mezclados con la población judía.

En cuanto al relato de la predicación inicial del Señor, tal como lo refiere Mateo, es importante notar que su primera exhortación es un llamado a la conversión: «Conviértanse, porque está cerca el Reino de los Cielos». El mensaje del Señor busca en primer lugar la reconciliación de los seres humanos con Dios, fundamento de la reconciliación del ser humano consigo mismo, con sus hermanos humanos y con la creación toda. El Señor ha venido con poder para restituir la comunión entre Dios y los hombres, para restituir la vida divina en todo ser humano. Ésa es su misión.

Su misión se asemeja a la pesca: se trata de arrancar a los seres humanos de las profundidades del mar, que para los judíos era el símbolo del dominio del mal y de la muerte. El Señor ha venido a devolver al ser humano a su hábitat natural, a restituir su condición humana y a elevarlo a la participación de la vida divina. Dios, en Jesucristo, sale al encuentro de su criatura humana. Pero no basta el Don de la Reconciliación: también es necesaria su acogida, la respuesta que se verifica en la conversión del hombre, en su decisión de volver a Dios, en el compromiso decidido por abandonar el mal para caminar a la luz del Señor.

El Señor Jesús dio comienzo a la predicación de la Buena Nueva invitando a todos a la conversión «porque está cerca el Reino de los Cielos». Este Reino «brilla ante los hombres en la palabra, en las obras y en la presencia de Cristo… Los milagros de Jesús, a su vez, confirman que el Reino ya llegó a la tierra… Pero, sobre todo, el Reino se manifiesta en la persona misma de Cristo, Hijo de Dios e Hijo del hombre» (Lumen gentium, 5).

Luego de este llamado a la conversión que el Señor hace a todos encontramos en el relato evangélico la narración de un llamado muy particular que el Pescador de hombres por excelencia dirige a algunos: «Vengan, síganme, y los haré pescadores de hombres». A Simón, a Andrés, a Santiago y a Juan los invita a dejarlo todo y seguirlo de cerca, con la promesa de hacer de ellos pescadores de hombres.

La respuesta de aquellos cuatro hombres es impactante: «Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron… Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron». Responden al llamado con prontitud, con radicalidad, sin aferrarse ni a su trabajo, ni a sus proyectos personales, ni a los profundos y fuertes lazos familiares.

Queda manifiesto que desde el inicio de su ministerio público el Señor Jesús asocia a algunos a su misión reconciliadora. Para esta misión de anunciar el Evangelio el Señor no se circunscribe a los Doce, sino que a lo largo de la historia va llamando también a otros, como es el caso de San Pablo, elegido y enviado por el Señor «a anunciar el Evangelio» (2ª. lectura). De esta manera la Iglesia «recibe la misión de anunciar el Reino de Cristo y de Dios e instaurarlo en todos los pueblos, y constituye en la tierra el germen y el principio de ese Reino» (Lumen gentium, 5).

III. LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Reconocemos y creemos que el Señor Jesús es el Hijo de Dios, el enviado del Padre a quien hay que escuchar para alcanzar la vida eterna (ver Lc 9,35). ¿Y cuál es la primera palabra que brota de sus labios al iniciar su ministerio público? «¡Conviértanse!». ¡Ésa es también la primera palabra que el Señor nos dirige a cada uno, que te dirige a ti y a mí hoy! ¡Conviértete!

El imperativo “conviértanse” es la traducción usual del término griego metanoéite, que se traduce literalmente por: cambien de mente. ¿Es que puede haber un verdadero y duradero cambio de vida si no nos despojamos de la forma de pensar, si no abandonamos los criterios y juicios que nos llevan a obrar de un modo muy distinto al que Dios nos enseña? Un auténtico cambio de conducta y de vida requiere desde el inicio de un cambio de mentalidad, de forma de pensar. Uno vive como piensa. Si pienso “como todo el mundo piensa”, actuaré “como todo el mundo actúa”. Y aunque muchos viven de acuerdo a lo que “sienten”, también bajo esos sentimientos o emociones subyacen ciertos modos de pensar.

El Señor a todos nos invita a la metanoia, a un cambio radical de vida que hunde sus raíces en un cambio de mente, al abandono de ciertos criterios o modos de pensamiento propios de un mundo que vive de espaldas a Dios para sustituirlos por los criterios divinos. La conversión no es tan sólo hacer un esfuerzo esporádico por cambiar ciertas conductas pecaminosas, por evitar hacer lo que “está prohibido”. Si no vamos a la raíz, si no vamos al origen de nuestro actuar vicioso y pecaminoso, fracasaremos en el intento por cambiar la conducta equivocada. Un cambio de vida implica reformar los pensamientos o procesos mentales que nos llevan a obrar el pecado, implica al mismo tiempo “tener la misma mente de Cristo” (ver 1Cor 2,16), implica llegar a pensar como Cristo mismo pensó o pensaría en la circunstancia concreta en la que me encuentro. Si pienso como Cristo piensa, me iré educando a tener los mismos sentimientos de Cristo y obraré como Cristo mismo obraría. De ese modo tendré una total sintonía con Él, una comunión de mente, corazón y acción. De nada servirá cambiar de conducta si no cambio de forma de pensar, si no adquiero una unidad de mente con Cristo.

¿Pero quién puede asemejarse de este modo al Señor Jesús? Alcanzar esa meta evidentemente no es tarea fácil, pero tampoco es imposible. Esta transformación es ante todo obra del Espíritu en nosotros (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 1989). Sin embargo, la Gracia, sin la cual nada podemos, necesita ser acogida, requiere de nuestra continua y decidida acogida y cooperación (ver 1Cor 15,10). Continua, porque la conversión nunca termina, es un empeño de toda la vida. En esta vida nadie podrá decir jamás: “ya estoy convertido del todo”. Por ello, es importante que en respuesta al llamado que el Señor me hace a cambiar de mente y a la consecuente conversión, me pregunte cada día: ¿Qué criterios subsisten en mí que debo cambiar? ¿Pienso como Cristo, o pienso como el mundo? Unido a estas preguntas, el examen de conciencia diario es y será siempre un instrumento fundamental de transformación para quien quiera tomarse en serio el llamado a la santidad.

Finalmente, aunque a todos el Señor nos invita a esta conversión y a una conversión continua a lo largo de toda nuestra vida, a algunos les pide más: «Ven conmigo». Como al inicio, Cristo sigue llamando a algunos a dejarlo todo para seguirlo de cerca, para ser de sus íntimos, para anunciar su Evangelio, para hacerlos «pescadores de hombres». Por ello, todo joven que verdaderamente cree en Dios y en su enviado Jesucristo, tiene el deber y necesidad de ponerse ante el Señor y preguntarle sin miedo: ¿Qué quieres de mí Señor? ¿Qué quieres que haga? ¿Es mi vocación la vida matrimonial? ¿O me llamas a la vida consagrada, a dejarlo todo para que siendo libre de todo y de todos pueda ganar a los más que pueda (ver 1Cor 9,19) mediante el anuncio de tu Evangelio? Si el Señor te llama, si toca fuerte a la puerta de tu corazón, no le des la espalda, no te marches como el joven rico. Tampoco dilates tu respuesta. Alentado por el ejemplo de los primeros apóstoles, dile tú también: “aquí estoy Señor, aquí me tienes, para hacer tu voluntad”.

Si eres padre o madre, y si alguno de tus hijos te confía que experimenta el llamado, el Señor te pide que lo apoyes y alientes a responder, que no que te conviertas tú en obstáculo a su llamado. No te niegues a entregarle al Señor un hijo o una hija. No les obligues a diferir su respuesta imponiéndoles condiciones. ¡Cuántas vocaciones se pierden de este modo! Recuerda que tus hijos son un Don de Dios, no una pertenencia tuya. Él te los ha confiado, de ellos deberás responder ante Dios mismo. Entrégaselos cada día al Señor, y no te aferres a ellos si Él te los pide.

IV. PADRES DE LA IGLESIA

San Juan Crisóstomo: «Para que sepas que ni la luz ni las tinieblas son sensibles, llamó Luz grande a la que, en otro lugar, se llama Luz verdadera y, hablando de las tinieblas, las llama sombra de muerte. Después, mostrando que no la encontraron porque la buscaban, sino que Dios se les apareció, dijo: Que la luz les había nacido y brillaba. No acudieron antes ellos a ver la luz, porque los hombres habían llegado a los últimos extremos de la maldad antes de presentarse Cristo; y no andaban en las tinieblas, sino que estaban sentados, lo cual indicaba que no esperaban ser librados; así como los que no saben hacia dónde conviene marchar, una vez cogidos por las tinieblas, se sientan sin poder estar en pie; llama aquí tinieblas al error y a la impiedad».

San Hipólito: «La vida se ha extendido sobre todos los seres y todos están llenos de una amplia luz: el Oriente de los orientes invade el universo, y el que existía “antes del lucero de la mañana” y antes de todos los astros, inmortal e inmenso, el gran Cristo brilla sobre todos los seres más que el sol. Por eso, para nosotros que creemos en Él, se instaura un día de luz, largo, eterno, que no se extingue: la Pascua mística».

San Agustín: «San Juan evangelista, antes que Jesús fuese a Galilea, habló acerca de Pedro, de Andrés y Natanael y del milagro de Caná de Galilea, cuyas cosas callaron los demás evangelistas, refiriendo sólo en sus narraciones que Jesús volvió a Galilea. De donde se entiende que pasaron algunos días en que se produjeron aquellas cosas acerca de los discípulos y que son incluidas por San Juan».

San Juan Crisóstomo: «Los llamó [A Pedro, Andrés, Juan y Santiago] cuando estaban en sus ocupaciones, manifestando que conviene anteponer la obligación de seguir a Jesucristo a todas las ocupaciones».

San Hilario: «Se nos enseña, pues, en éstos que dejan su oficio, su patria y su casa por seguir a Jesucristo, a no detenernos por las preocupaciones de la vida secular ni por la costumbre de vivir en la casa paterna».

V. CATECISMO DE LA IGLESIA

“El pueblo que andaba a oscuras vio una luz grande”

748: «Cristo es la luz de los pueblos. Por eso, este sacrosanto Sínodo, reunido en el Espíritu Santo, desea vehementemente iluminar a todos los hombres con la luz de Cristo, que resplandece sobre el rostro de la Iglesia, anunciando el Evangelio a todas las criaturas». Con estas palabras comienza la «Constitución dogmática sobre la Iglesia» del Concilio Vaticano II. Así, el Concilio muestra que el artículo de la fe sobre la Iglesia depende enteramente de los artículos que se refieren a Cristo Jesús. La Iglesia no tiene otra luz que la de Cristo; ella es, según una imagen predilecta de los Padres de la Iglesia, comparable a la luna cuya luz es reflejo del sol.

“Convertíos…”

1427: Jesús llama a la conversión. Esta llamada es una parte esencial del anuncio del Reino: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva» (Mc 1,15). En la predicación de la Iglesia, esta llamada se dirige primeramente a los que no conocen todavía a Cristo y su Evangelio. Así, el Bautismo es el lugar principal de la conversión primera y fundamental. Por la fe en la Buena Nueva y por el Bautismo se renuncia al mal y se alcanza la salvación, es decir, la remisión de todos los pecados y el don de la vida nueva.

1428: Ahora bien, la llamada de Cristo a la conversión sigue resonando en la vida de los cristianos. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia que «recibe en su propio seno a los pecadores» y que siendo «santa al mismo tiempo que necesitada de purificación constante, busca sin cesar la penitencia y la renovación». Este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del «corazón contrito» (Sal 51,19), atraído y movido por la gracia a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero.

1989: La primera obra de la gracia del Espíritu Santo es la conversión, que obra la justificación según el anuncio de Jesús al comienzo del Evangelio: «Convertíos porque el Reino de los cielos está cerca» (Mt 4,17). Movido por la gracia, el hombre se vuelve a Dios y se aparta del pecado, acogiendo así el perdón y la justicia de lo alto.

“…porque el Reino de los Cielos ha llegado”

541: «Después que Juan fue preso, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva”» (Mc 1,15). «Cristo, por tanto, para hacer la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el Reino de los Cielos». Pues bien, la voluntad del Padre es «elevar a los hombres a la participación de la vida divina». Lo hace reuniendo a los hombres en torno a su Hijo, Jesucristo. Esta reunión es la Iglesia, que es sobre la tierra «el germen y el comienzo de este Reino».

542: Cristo es el corazón mismo de esta reunión de los hombres como «familia de Dios». Los convoca en torno a Él por su palabra, por sus señales que manifiestan el Reino de Dios, por el envío de sus discípulos. Sobre todo, Él realizará la venida de su Reino por medio del gran Misterio de su Pascua: su muerte en la Cruz y su Resurrección. «Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32). A esta unión con Cristo están llamados todos los hombres.

VI. TEXTOS DE LA ESPIRITUALIDAD SODÁLITE

“Nos decía el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, como decano del Colegio Cardenalicio en su homilía al inicio del Cónclave: ‘Nosotros, en cambio, tenemos otra medida: el Hijo de Dios, el verdadero hombre. Él es la medida del verdadero humanismo. No es ‘adulta’ una fe que sigue las olas de la moda y la última novedad; adulta y madura es una fe profundamente arraigada en la amistad con Cristo. Esta amistad nos abre a todo lo que es bueno y nos da el criterio para discernir entre lo verdadero y lo falso, entre el engaño y la verdad. Debemos madurar esta fe adulta; debemos guiar a la grey de Cristo a esta fe’.

El Santo Padre Benedicto XVI señala que los tiempos que nos han tocado vivir exigen personalidades cristianas maduras, conscientes de su identidad bautismal y de su vocación y misión en la Iglesia y en el mundo. De ahí su llamado a que tengamos una ‘fe adulta‘ que exige tomar al Señor Jesús como la medida de nuestra vida, porque solo Él es el camino a seguir para llegar a la realización personal. Fe adulta que reclama una vida espiritual seria y responsable, de activa cooperación con la gracia que el Señor derrama en abundancia en nuestros corazones. Fe adulta que es trabajar para que el amor de Cristo sea la fuerza dominante de nuestra vida”.

Mons. José Antonio Eguren Anselmi, SCV, Benedicto XVI: Tú eres Pedro en Mar adentro. Con los remos y con las velas. Vida y Espiritualidad, Lima 2007

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