Camino hacia Dios

Caminos hacia Dios sobre la Eucaristía

La Eucaristía es el centro de la vida cristiana.  En los siguientes Caminos hacia Dios damos algunas claves para profundizar en este misterio de amor que Dios en su infinita misericordia nos ha dejado.  Son 4 títulos: CHD 132 Eucaristía, misterio de fe, CHD 135 María mujer eucarística, CHD 217 ¿Cómo puedo participar mejor en la Eucaristía?, CHD 220 ¿Qué es la visita al Santísimo Sacramento?

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132. Eucaristía, misterio de fe

«La Iglesia vive de la Eucaristía, vive de la plenitud de este Sacramento»[1], y por ello maternalmente procura «que este Sacramento de amor sea el centro de la vida del Pueblo de Dios» [2].

Esto que se dice de la Iglesia, se dice también de mí, pues yo soy miembro de la Iglesia, piedra viva de este templo santo[3].  Por tanto, como bautizado e hijo de la Iglesia, yo estoy llamado a vivir de la Eucaristía, ella ha de ser la fuente y cima de mi vida.  En cuanto que es fuente, he de nutrirme continuamente de la Eucaristía.  En cuanto que es cima, todo en mi vida diaria ha de apuntar a ella, la Eucaristía ha de coronar todo mi ser y quehacer.  Con esta intención y por deseo explícito del Santo Padre, el presente año la Iglesia «estará dedicada especialmente a vivir el misterio de la Santísima Eucaristía»[4].  Así, pues, pongamos todo nuestro empeño en meditar atentamente y acoger en el corazón lo que significa[5], realiza[6] y representa[7] este admirable Don de la Eucaristía, para que hagamos de este Sacramento la cumbre a la cual tienda toda nuestra actividad, así como también la fuente de donde manen todas nuestras fuerzas[8].

La Eucaristía, un misterio…

Cuando tomamos conciencia de lo que la Iglesia nos enseña con respecto al pan y vino consagrados y lo confrontamos con lo que nos dicen nuestros sentidos, comprendemos que nos encontramos ante una realidad que sobrepasa absolutamente nuestra limitada comprensión: el milagro invisible de la Eucaristía es un misterio ante el cual se estrella la humana racionalidad y sentido común, un misterio que sólo puede ser comprendido cuando de por medio se ejercita la fe.

Ante la magnitud de este misterio no cabe sino una humilde y constante súplica: «Señor, aumenta mi fe… porque descubro que es tan pequeña y flaca, porque quiero creer más, porque necesito creer más, para convertirme cada vez más a Ti, para vivir cada vez más como Tú me enseñas, para hallar en Ti las fuerzas necesarias que me sostengan y fortalezcan en la lucha por ser santo».  La fe, primera disposición necesaria y adecuada ante el misterio que nos sobrepasa, es una gracia de Dios que es otorgada al hombre.  «Sólo la fe permite penetrar en el misterio, favoreciendo su comprensión coherente»[9], por todo ello, es necesario pedirla incesantemente.

…que requiere de un acto de confianza…

Pero, ¿qué entendemos por misterio?  Esta expresión procede del griego mysterium, que deriva a su vez del verbo myoMyo quiere decir: cerrar la boca, no hablar, mantener algo en secreto.  Misterio expresa pues una verdad que permanece oculta y escondida al conocimiento humano, como escondida detrás de un velo.  Esta verdad oculta e inaccesible al entendimiento humano puede llegar a ser conocida por él cuando le es manifestada o revelada por otro.  El término revelar describe la acción de “descorrer el velo” que mantiene oculto un objeto.

Ahora bien, ya que es otro quien muestra la verdad a quien por sí mismo no puede conocerla, es necesario un acto de confianza en aquél que revela.  En efecto, para que yo crea lo que me es revelado la persona debe ser creíble, digna de confianza.  Creo cuando confío en la persona que me revela algo.  Dudo o no creo cuando la persona en sí misma carece de credibilidad o autoridad, o cuando no confío en ella.  Puedo, en efecto, no creer lo que alguien me dice cuando lo que está diciendo es verdad, simplemente porque por alguna razón yo no confío en ella.

La fe es entonces aceptar como verdadero aquello que alguien me confía para ser creído por mí, fundándose mi aceptación en la autoridad que la persona tiene en sí misma y para mí.  La fe es, por lo mismo, creer primero en alguien para creer luego en algo que él me dice o revela.

…en el Señor Jesús

En la Hostia consagrada la apariencia del pan asume la función de un velo que oculta a nuestros ojos y sentidos una realidad muy distinta de la que éstos perciben.  Pero al mismo tiempo este velo ha sido descorrido para los ojos de la fe, dejando a la vista del creyente la realidad oculta a nuestros sentidos: «Cristo en la Eucaristía está verdaderamente presente y vivo, y actúa con su Espíritu, pero como acertadamente decía Santo Tomás, “lo que no comprendes y no ves, lo atestigua una fe viva, fuera de todo el orden de la naturaleza.  Lo que aparece es un signo: esconde en el misterio realidades sublimes”»[10].

¿Y quién es el que nos ha revelado este misterio, para que podamos creer en su testimonio?  Cristo mismo es quien ha descorrido este velo y nos ha dado a conocer esta verdad sublime cuando dijo: «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo.  Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo»[11].  Es esto lo que realizó la noche memorable en que instituyó la Eucaristía al pronunciar sobre el pan estas palabras: «Tomad, comed, éste es mi cuerpo…»[12]; y posteriormente sobre el cáliz lleno de vino estas otras: «Bebed… porque ésta es mi sangre de la Alianza…»[13].

Sí, desde entonces Él mismo ha invitado a generaciones y generaciones de creyentes a creer en sus palabras para situarse reverentes ante un misterio inaudito que es imposible ver con los ojos de la carne o comprender con la sola razón.  Él lo ha hecho visible para nosotros, por ello los cristianos desde el principio eran muy conscientes de que «el pan y la bebida que tomamos no los recibimos como pan y bebida corrientes, sino que… se nos ha enseñado que aquel alimento sobre el cual se ha pronunciado la acción de gracias, usando de la plegaria que contiene sus mismas palabras, y del cual, después de transformado, se nutre nuestra sangre y nuestra carne, es la carne y la sangre de Jesús, el Hijo de Dios encarnado»[14].

 Ahora también nosotros, confiando plenamente en el Señor y por el don de la fe, hemos de dar nuestro asentimiento a sus palabras, reconociendo plena e integralmente la verdad de lo revelado, porque Dios mismo es su garante[15].

Conclusión

En su pedagogía divina, que es tan respetuosa del don de nuestra libertad, Dios nos invita una vez más a tener una actitud de profunda confianza en Él y en la palabra de su Hijo muy amado[16].  Esa confianza filial debe llevarnos a trascender la mera percepción sensible del “fenómeno”, para ir más allá hasta llegar a la realidad profunda que permanece invisible ante nuestros ojos.  Hoy Dios nos invita a penetrar humildemente el misterio admirable de la Eucaristía apoyados en la fe y en la razón, esas como dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad[17], para que comprendiéndolo cada vez más en toda su realidad y profundidad, podamos vivir de acuerdo a lo que este misterio es: presencia real del Señor, sobreabundancia de su Amor.

Y así, concientes del don inmenso que el Señor nos ha dejado en la Eucaristía, valoremos y reverenciemos cada día más este regalo maravilloso, buscando asimismo salir al encuentro, renovadamente maravillados, del dulce Jesús que siempre nos espera en el Santísimo.


Citas para la oración

  • El Señor nos invita a creer en Él: Jn 6,28-29. Él se revela a sí mismo como el Pan de vida: Jn 6,32-35.48-50.  Él revela que el pan que nos dará es su propia carne: Jn 6,51; ante el escándalo producido, el Señor reafirma su enseñanza: Él dará de comer su propia carne y beber su sangre: Jn 6,52-53.  Sólo quien come su carne y bebe su sangre tiene vida en sí: Jn 6,53-54.  Quien come su carne y bebe su sangre, permanece en comunión con Él: Jn 6,56.  Jesús una vez más reafirma la verdad de sus palabras: Jn 6,60-63.  Muchos no creen y se echan atrás: Jn 6,64-66; aunque confundidos, los apóstoles confían en el Señor: Jn 6,67-69.
  • La institución de la Eucaristía: Mt 26,26-29; Mc 14,22‑25; Lc 22,15‑20.
  • San Pablo recibió del Señor lo que nos ha transmitido sobre la institución de la Eucaristía: 1Cor 11,21-26; nos exhorta a recibir dignamente el Cuerpo y la Sangre del Señor: 1Cor 11,27-29.

Preguntas para el diálogo

  1. ¿Qué lugar ocupa la Eucaristía en mi vida diaria? ¿Qué puedo hacer para que Ella sea cada vez más la fuente y cima de mi vida?
  2. ¿Descubro la necesidad de crecer en mi fe en la Eucaristía? ¿Qué medios concretos puedo poner para ello?
  3. ¿Qué suelo hacer en el Domingo? ¿En el Domingo mi vida está realmente centrada en el Señor Jesús?
  4. ¿Cómo Santa María puede ayudarme a crecer en mi amor a la Eucaristía?
  5. ¿Qué medios concretos voy a poner para vivir el Año de la Eucaristía?

INTERIORIZANDO

La Eucaristía, presencia real del Señor Jesús entre nosotros, debe ser la fuente y la cima de nuestra vida.  Por ello es fundamental que nos nutramos continuamente de la Eucaristía.

  • ¿Soy consciente de la importancia de la Eucaristía para mi vida?
  • ¿Qué acciones concretas estoy haciendo para nutrirme de la Eucaristía continuamente? ¿Qué más puedo hacer?

Ante el gran misterio de la Eucaristía, que va más allá de nuestra racionalidad y sentido común, debemos acercarnos al Señor y pedirle que aumente nuestra fe.  Aunque requiere de nuestra generosa cooperación la fe es una gracia que Dios Amor le otorga al hombre.  Por ello, haz una oración pidiéndole al Señor que aumente tu fe en el misterio de la Eucaristía.

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En su Carta Apostólica Dies Domini el Papa Juan Pablo II exhortó a que el domingo sea para todos los cristianos un día especialmente centrado en el Señor Jesús.  También en la Carta Apostólica Mane nobiscum Domine nos recuerda la importancia que debe tener el domingo para nosotros.  Dice el Santo Padre: “es de desear vivamente que en este año se haga un especial esfuerzo por redescubrir y vivir plenamente el Domingo como día del Señor y día de la Iglesia” (Juan Pablo II, Mane nobiscum Domine).

  • ¿El Domingo es para mí realmente “el día del Señor”?
  • ¿Qué cosas concretas puedo hacer para que durante el año de la Eucaristía el Domingo sea para mí un día centrado en el Señor?

“Yo soy el pan vivo, bajado del cielo.  Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo”.  El Señor ha instituido la Eucaristía y nos la da como pan vivo, alimento de vida eterna.

  • ¿Qué significa la Eucaristía para mi vida?
  • ¿Comprendo realmente que el Señor Jesús, por amor, se me ofrece en la Eucaristía como verdadero alimento?

El Año de la Eucaristía abarca desde octubre de 2004 a octubre de 2005.  Y es el mismo Santo Padre, el Vicario de Cristo, quien nos exhorta: “Todos vosotros, fieles, descubrid nuevamente el don de la Eucaristía como luz y fuerza para vuestra vida cotidiana en el mundo, en el ejercicio de la respectiva profesión y en las más diversas situaciones.  Descubridlo sobre todo para vivir plenamente la belleza y la misión de la familia” (Juan Pablo II, Mane nobiscum Domine).

  • ¿Qué medios concretos voy a proponerme para vivir de manera más intensa el Año de la Eucaristía?

Por María somos conducidos más plenamente al Señor Jesús.  Que sea nuestra Madre quien nos guíe durante todo el Año de la Eucaristía al encuentro de su Hijo.

Pidiendo un favor

Te pido perdón
pues me acerco,
¡oh María!,
con interés de pedirte.

Sé que tu Hijo amado
nada te niega,
y con esa confianza,
sabiendo de tu inmensa bondad,
es que me atrevo a pedirte
que intercedas
para obtenerme la gracia
que ahora te solicito:
crecer en la fe en la Santa Eucaristía.
Amén.


[1]Redemptor hominis, 20d.  Ver Catecismo de la Iglesia Católica, nn.  1324,1325,1343,1407.

[2]Allí mismo.

[3] Ver 1Pe 2,5.

[4] S.S.  Juan Pablo II, Mane nobiscum Domine, 2.  El Año de la Eucaristía abarca desde octubre de 2004 a octubre de 2005.

[5]Ver Catecismo de la Iglesia Católica, 960;1325.

[6]Ver allí mismo, 1358-1361.

[7]Ver allí mismo, 1366.

[8]Ver Sacrosanctum Concilium, 10.

[9] Fides et ratio, 13.

[10] Allí mismo.

[11] Jn 6,51.

[12] Mt 26,26.

[13] Mt 26,27-28.

[14]San Justino, Apología en favor de los cristianos; Ver Catecismo de la Iglesia Católica 1345.

[15] Ver Fides et ratio, 13.

[16] Ver Mt 17,5.

[17] Fides et ratio, 1.