Camino hacia Dios

41. La virtud

CHD 041 EncabezadoCHD 041 La virtud PDF«¡Cristo, su mensaje de amor, es la respuesta a los males de nuestro tiempo!  Él es quien libera al hombre de las cadenas del pecado para reconciliarlo con el Padre.  Sólo Él es capaz de saciar esa nostalgia de infinito que anida en lo profundo de vuestro corazón.  Sólo Él puede colmar la sed de felicidad que lleváis dentro…  Vuestra sed de Dios no puede ser saciada por sucedáneos»[1].

Una cultura de muerte

Nuestro tiempo está signado, indudablemente, por la crisis.  Vivimos los estragos de la pérdida de ideales, el trastocamiento de valores y la consecuente pérdida de sentido de la vida humana.  Pareciera que el hombre ha olvidado la clave de su propia identidad y con ello el rumbo de su existencia.

Hablamos de un hombre que anhela profundamente la felicidad pero que, al no conocerse, opta por caminos errados, por rutas sin destino.  Hablamos de los sucedáneos, de sustitutos que, con apariencia de bien, tratan de saciar las aspiraciones últimas del hombre, el anhelo de infinito que habita en su corazón, con respuestas finitas y parciales como el poder, el placer y el tener.

Esto forma parte de una cultura de muerte que trae, entre otras cosas, dos consecuencias funestas.  Por un lado, arraiga en el hombre un hábito de procurar saciar sus necesidades no con lo que realmente sacia, sino con meros sucedáneos por el solo hecho de que resultan más cómodos de adquirir, fabricados al por mayor y ofrecidos bajo coloridas etiquetas.  Es la opción por los facilismos, por tomar un supuesto atajo que en realidad conduce a un abismo de mediocridad.  ¿Para qué buscar amistades auténticas si todo el mundo prefiere relaciones superficiales?  ¿Para qué buscar un amor profundo y puro si basta con sentirse bien?  ¿Para qué morir por ideales si ya nadie cree en ellos e igual sobreviven?  ¿Para qué buscar ser auténticamente valioso si basta con aparentar lo que el resto quiere ver?

La otra consecuencia es que se cae en una terrible inconsciencia.  El ser humano pierde sensibilidad frente a sus propios dinamismos fundamentales.  Se hace incapaz de oír los anhelos de su corazón endurecido, y no sólo decodifica equivocadamente sus necesidades profundas, sino que se hace sordo a ellas y a sí mismo. Por ello el hombre vive alienado, ajeno al palpitar de su corazón.

Sobreviene entonces una frustración profunda, ya que en el fondo las necesidades del hombre no son saciadas, sus dinamismos fundamentales se ven truncos y el hambre interior persiste, añadiendo a la insatisfacción existencial la angustia de no encontrar respuestas a la medida de sus aspiraciones.

El camino de la virtud

Ante nuestros ojos se abren dos caminos posibles.  Hacia un lado tenemos el sendero de los sucedáneos y los facilismos mediocres con toda su secuela de mentira existencial y frustración profunda.  Ruta que desgraciadamente es tomada por multitudes por su aparente comodidad.  Y es que el camino hacia el abismo es siempre una pendiente en bajada.

Por otro lado, tenemos el camino esforzado de la autenticidad, la ruta cierta de la virtud.  Aquella que no traiciona las expectativas humanas, sino que busca llevarlas a su realización plena.  Hablamos de la senda escarpada, del ascenso agreste hacia la cumbre de la existencia.  Pero no se trata de una opción “extraordinaria”, en cuanto exclusiva sólo para algunos, sino más bien de la ruta obligada para todo hombre que quiere ser feliz.  La plenitud humana siempre ha sido una aventura de conquista, de ideales, de generosidad y entrega.  Hay quienes creen que para ser plenamente felices basta con dejarse llevar por la corriente evitando así las incomodidades y sufrimientos.  Aquéllos no tardarán en descubrir que la corriente no sólo va para abajo, sino que no ahorra en nada los sufrimientos e insatisfacciones propios de la vida humana.

Qué es la virtud

La virtud es la respuesta de cooperación con la gracia que realiza el hombre para madurar en el camino de la fe.  El ser humano va madurando por este camino de la fe hasta la plenitud del amor, núcleo interior de la virtud.  Es conquistar una calidad humana abriendo las facultades y potencias a los impulsos de la gracia, para permitir que el Señor Jesús viva en nosotros.

La virtud contiene o implica algunos rasgos que la cualifican: Un dinamismo reconciliador que unifica todas las potencias y facultades del ser humano, dándole armonía e integración.  El señorío de sí, que habla de autodominio, autocontrol, manteniendo una recta jerarquía y orden de las fuerzas interiores.  Una grandeza de espíritu referida a la magnanimidad y generosidad del hombre que rige su conducta por ideales y valores elevados.  El sentido del deber entendido como una conciencia de responsabilidad frente a las metas e ideales que lo lleva más allá de sus propios caprichos y gustos.  La libertad que lo hace disponible, pues el virtuoso no se ve atado por ideales rastreros y mezquinos; se descubre libre de lo contingente, de lo circunstancial.  La virtud implica también una lucha heroica en la que se prueba la capacidad de sacrificio, de entrega y de abnegación.  Nos conduce a la semejanza divina, pues lleva al ser humano a trascender el plano meramente natural y contingente para situarlo, al responder a la gracia, en un horizonte de plenitud sobrenatural.

Todo esto es la virtud, que en colaboración con la gracia trae consecuencias que son justamente las opuestas a las que suscita el camino de los sucedáneos.  El virtuoso no sólo ve respondidos auténticamente y en plenitud sus anhelos fundamentales, sino que se hace más consciente de sí mismo y de sus verdaderos impulsos interiores.

Encarnar la virtud

Así como la grandeza del misterio humano sólo se revela a la luz del misterio del Señor Jesús, la clave de la virtud humana sólo se aclara en Jesucristo, que es la Virtud misma.  Él es el modelo de plenitud humana.  La virtud en el fondo no es otra cosa que el camino de conformación con el Señor Jesús por la senda de la amorización.

Mirando al Hijo de Santa María aprendemos a vivir la virtud en sus opciones fundamentales, rechazando los sucedáneos y sus amargas consecuencias.  Él nos enseña a oponer la obediencia y la actitud de servicio al deseo de poder, la pureza y la castidad al deseo desordenado de placer, y la recta valoración de los bienes temporales al afán desmedido de tener.

Éste es el camino señalado por el Señor y que constituye todo un programa de vida, de lucha esforzada por acoger la gracia de Dios, pero cuya recompensa colma y sobrepasa la medida de nuestras expectativas.

A la virtud por María

Todas las características mencionadas sobre la virtud son aplicables a la Madre del Reconciliador, ya que Ella vivió a plenitud su humanidad.  Bastaría recorrer los pasajes de su vida para entenderlo.  Desde la Anunciación-Encarnación hasta el momento culminante del Calvario, Ella supo responder libremente a lo que el Señor le pedía, pues su estado interior de unidad y receptividad le permitió ser autoconsciente de sus dinamismos fundamentales y darles auténtica respuesta.  En Ella se armonizan y reconcilian la libertad humana y la gracia sobrenatural.

María, fiel a su función dinámica, nos conforma con su Hijo, nos educa y acompaña en el camino de la virtud.  Ella es, además, signo de aliento y esperanza para los que aún peregrinamos anhelantes, pues es testimonio histórico de que el Señor sí cumple sus promesas.  Ella, que llevó en su seno a quien es la Virtud misma, es Madre de la nueva creación, señal de la vida plena que se ha derramado en nuestros corazones por la acción reconciliadora de su Hijo.


Para meditar

  • El camino de la virtud: Sal 1; Rom 5,3-4; Flp 4,8; Col 3,1-4; 2Pe 1,5-7.
  • Vivir la virtud es conformarse con el Señor Jesús: Gál 2,19-20; Ef 5,1-2; Col 2,9-10.
  • La virtud como señorío de sí mismo: Col 3,12-15; 1Tim 4,12; 1Pe 1,13.
  • Supone una lucha heroica: 1Cor 9,24-26; 2Cor 11,23-29; Flp 4,12-13; Heb 12,1-4.


[1] Juan Pablo II, Discurso a los jóvenes, Lima, 15/5/1988, 3.