Camino hacia Dios

214.  El Señor está cerca

CHD 214 ENCABEZADO

La llegada del mes de diciembre significa que el año está por concluir.  Desde el punto de vista del año litúrgico, sin embargo, significa lo contrario, pues usualmente diciembre coincide con el tiempo de Adviento que da inicio al año litúrgico.  Se trata, como sabemos, del tiempo de preparación para la celebración del nacimiento del Señor Jesús.  En Adviento tomamos conciencia de que debemos disponernos para dejar que el Señor nazca en nuestros corazones.  De hecho la liturgia en Adviento, particularmente a través de las lecturas dominicales, nos va conduciendo por un camino de preparación y de profundización en la comprensión del verdadero sentido de la Navidad, para que podamos vivirla y celebrarla adecuadamente.

Este año las lecturas nos llevan a crecer en esa actitud de quien está en vela, de quien está preparado, esperando, porque sabe que Dios llega.  Usualmente hacen también referencia a la venida del Señor en los últimos tiempos, acerca de la cual no sabemos ni el día ni la hora.  San Marcos, por ejemplo, nos recuerda en el primer Domingo de Adviento que no sabemos cuándo llegará el dueño de la mies.  «Lo que a vosotros digo, a todos lo digo: ¡Velad!»[1], nos dice Jesús, en ese pasaje del Evangelio.  Similar carácter de urgencia tienen las palabras de San Juan Bautista que escucharemos en el Segundo Domingo de Adviento, invitándonos a estar listos porque «detrás de mí viene el que es más fuerte que yo; y no soy digno de desatarle, inclinándome, la correa de sus sandalias»[2].

Como vemos, el tiempo litúrgico de Adviento celebra la venida del Señor en sus dos momentos.  En primer lugar nos lleva a esperar la vuelta gloriosa de Cristo y estar siempre preparados para ella.  En segundo lugar, al acercarse la Navidad, nos invita a acoger al Verbo Encarnado por nuestra salvación, el Hijo de Dios que nace en el seno de Santa María.  San Bernardo añadía una venida más, que puede iluminar muchísimo esta reflexión.  Para él, junto a las dos ya mencionadas, se encontraba aquella venida oculta, espiritual y eficaz, por la que Dios llega en todo momento al corazón de quien guarda sus mandamientos[3].  Todo esto nos debe llevar a renovar nuestro deseo de disponernos de la mejor manera posible para recibir al Señor en toda circunstancia posible de nuestra vida.

Vivir la alegría

Siguiendo con atención la liturgia de Adviento nos daremos cuenta que al llegar el tercer Domingo se acentúa una característica especial.  Es el Domingo de Gaudete, que significa “estad alegres”.  Se le conoce así porque la antífona de entrada de esta Misa retoma una frase que aparece en la carta de San Pablo a los Filipenses, invitándonos a estar alegres: «Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres»[4].  Sabemos que la alegría es una característica de la persona que sigue al Señor Jesús.  La alegría es y debe ser emblemática del cristiano.  Quien sigue de cerca al Señor, incluso en medio de las dificultades o sufrimientos, tiene siempre motivos para una alegría profunda y auténtica.

¿Cuál es la razón de esta alegría?  San Pablo nos lo responde precisamente después de su invitación a estar alegres: «El Señor está cerca»[5].  La relación entre la experiencia de la alegría y la cercanía del Señor es indudable.  La alegría más profunda brota del auténtico encuentro con el Señor Jesús.  San Pablo lo experimentó en primera persona, y nos recuerda que debemos estar alegres precisamente porque el Señor está cerca.

El Señor está con nosotros

Al acercarnos a la Navidad la frase “el Señor está cerca” cobra un sentido particular.  Nos disponemos a celebrar su nacimiento, y eso nos recuerda que Dios está cercano.  «Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel» escribe San Mateo citando al profeta Isaías, y nos brinda la traducción de ese nombre, Emmanuel, que «significa “Dios con nosotros”»[6].  Dios está, pues, con nosotros, está cerca de nosotros porque nos ama, y ese amor se manifiesta de modo especial en su nacimiento.

Sin embargo, sabemos que Dios no solo está cerca de nosotros en Navidad.  En realidad, Él está cerca de nosotros siempre, en todos los momentos de nuestra existencia.  La cercanía del Señor no se expresa sólo en este tiempo del año.  ¿En qué sentido, entonces, está cerca el Señor?  Regresemos a San Pablo, quien nos recuerda que la vuelta de Cristo es segura, pero que «el día del Señor ha de venir como un ladrón en la noche»[7].  Comentando este pasaje, el Papa Benedicto XVI señalaba hace unos años que «así ya entonces, la Iglesia, iluminada por el Espíritu Santo, comprendía cada vez mejor que la “cercanía” de Dios no es una cuestión de espacio y de tiempo, sino más bien una cuestión de amor: el amor acerca.  La próxima Navidad nos recordará esta verdad fundamental de nuestra fe y, ante el belén, podremos gustar la alegría cristiana, contemplando en Jesús recién nacido el rostro de Dios que por amor se acercó a nosotros»[8].

El amor hace cercano

Las palabras del Papa nos señalan entonces lo central de esta cercanía de Dios.  Es la cercanía que brota del amor que Dios nos tiene.  Nosotros, además, lo experimentamos de una manera similar.  Es natural, por ejemplo, que queramos estar cerca de aquellas personas a quienes amamos.  Entonces, cuando tomamos conciencia de que Dios está cerca, sea porque se aproxima la Navidad, o porque así lo experimentamos en cualquier momento de nuestra vida, sabemos que detrás de esa experiencia de cercanía está la experiencia de su amor.  Puesto que nos ama quiere estar cerca, y de hecho lo está, aunque nosotros no siempre seamos conscientes de ello.  Por tanto, es importante que nos renovemos en esta consciencia, y que aprendamos a recordar y acoger en distintos momentos de nuestra jornada esta cercanía de Dios.

En estos días en que se aproxima la Navidad esta invitación quizás cobra mayor urgencia, pues suelen ser días de mucho trajín y de variadas ocupaciones.  El fin del año trae consigo múltiples ajetreos, y es fácil perder de vista aquello que debe ser lo esencial en nuestras vidas.  A veces, precisamente en estos días, nos quejamos de que tenemos poco tiempo, especialmente para dedicarlo el Señor.  Sin embargo, Dios siempre tiene tiempo para nosotros, y eso se nos recuerda de modo particular en Adviento.  Esto «es lo primero que el inicio de un año litúrgico nos hace redescubrir con una admiración siempre nueva.  Sí, Dios nos da su tiempo, pues ha entrado en la historia con su palabra y con sus obras de salvación, para abrirla a lo eterno, para convertirla en historia de alianza»[9].

Vivamos cerca del Señor

Sabemos que Dios está cerca.  La pregunta que nos podemos hacer, entonces, es: ¿estamos nosotros cerca de Él?  Una de las cosas más hermosas de la vida cristiana es que siempre podemos acercarnos más a Dios.  No importa dónde estemos, ni qué hayamos o no hayamos hecho, todo momento es ocasión de acercarnos más a Él.  Como señalábamos más arriba, es el amor el que nos aproxima al Señor Jesús.  Todo aquello que nos ayude y nos pueda llevar a crecer en amor nos hará crecer en cercanía de Dios.  Amar nos introduce en la intimidad de Dios ¿Qué mayor cercanía que ésta?

Tenemos muchos medios a nuestro alcance para vivir este horizonte tan grandioso: la oración, los sacramentos, la práctica de la caridad, la piedad filial mariana —¿quién más cerca de Jesús que su propia madre?— el crecimiento en las virtudes, entre otros.  Sobre todo en Navidad, reflexionar y meditar sobre el nacimiento del Señor Jesús y lo que significa para nuestra vida.  Jesús, Emmanuel, “Dios-con-nosotros”, viene al mundo para que nosotros le abramos el corazón a Dios.  ¡Cuánto puede iluminar nuestra vida comprender cada vez más lo que significa que Dios se haya hecho hombre!  Podremos entonces vivir mejor aquellas palabras tan profundas de San Juan: «Dios es amor, y quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en él»[10].  Viviendo así estaremos siempre en vela, preparados, como se nos pide en el Adviento, para la venida del Señor Jesús.  Él encontrará en nuestros corazones un hermoso y cálido hogar para nacer, dando calor y luz a nuestras vidas y a las de quienes nos rodean.  Entonces no solo estará Dios cerca de nosotros y nosotros cerca de Él, sino que, más aún, podremos cooperar a que otros se acerquen más a Dios.


Preguntas para el diálogo

  1. ¿Cómo te estás preparando para la Navidad?
  2. ¿Cómo puedes hacer para que estés más cerca de Dios?
  3. ¿Cómo puedes hacer para que otros estén más cerca de Dios?

Citas para meditar

  • Hay que estar preparados: Mc 13,37; Mt 24,42-44; Lc 12,39-40.
  • El cristiano debe vivir la alegría: Flp 4,4; Lc 24,41; Jn 16,20-22.
  • Dios está cerca: Sal 119,151; Mt 18,20; Mt 28,20; Flp 4,5.
  • Quien ama está cerca de Dios: Jn 14,15-16; 1Jn 1,5-6; 1Jn 4,16.
  • El nacimiento de Jesús: Lc 2,1-20.

Trabajo de interiorización

1. Lee atentamente el siguiente texto del Papa Benedicto XVI:

«El apóstol san Pablo, al escribir a los cristianos de Filipos, piensa evidentemente en la vuelta de Cristo, y los invita a alegrarse porque es segura.  Sin embargo, el mismo san Pablo, en su carta a los Tesalonicenses, advierte que nadie puede conocer el momento de la venida del Señor (cf. 1Tes 5,1-2), y pone en guardia contra cualquier alarmismo, como si la vuelta de Cristo fuera inminente (cf. 2Tes 2,1-2).  Así, ya entonces, la Iglesia, iluminada por el Espíritu Santo, comprendía cada vez mejor que la “cercanía” de Dios no es una cuestión de espacio y de tiempo, sino más bien una cuestión de amor: el amor acerca.  La próxima Navidad nos recordará esta verdad fundamental de nuestra fe y, ante el belén, podremos gustar la alegría cristiana, contemplando en Jesús recién nacido el rostro de Dios que por amor se acercó a nosotros».  (S.S. Benedicto XVI, Angelus, 14/12/2008)

  • Explica brevemente, en tus palabras, qué significa que la cercanía de Dios “es una cuestión de amor”.

2. Lee y medita Mt 1,18-25 y Lc 2,1-20.

  • Escribe cuatro medios concretos que te ayuden a prepararte para celebrar el nacimiento del Señor Jesús

3. Escribe una breve oración al Niño Jesús en acción de gracias por el don de la Encarnación.

4. Lee y medita lo que San Juan Pablo II nos dice de la experiencia de los pastores que fueron a adorar al Niño Jesús:

«“Encontraron a María y a José, y al niño” (Lc 2,16). Como nos recuerda el Concilio, “la Madre de Dios muestra con alegría a los pastores (…) a su Hijo primogénito” (Lumen gentium, 57). Es el acontecimiento decisivo para su vida.

El deseo espontáneo de los pastores de referir “lo que les habían dicho acerca de aquel niño” (Lc 2,17), después de la admirable experiencia del encuentro con la Madre y su Hijo, sugiere a los evangelizadores de todos los tiempos la importancia, más aún, la necesidad de una profunda relación espiritual con María, que permita conocer mejor a Jesús y convertirse en heraldos jubilosos de su Evangelio de salvación». (San Juan Pablo II, Audiencia General, 20/11/1996)

  • ¿Cómo te puedes dejar acompañar por Santa María en este tiempo previo a la Navidad?
  • ¿Cómo puedes colaborar con María para ayudarla en su misión de presentar al Reconciliador a los hombres y mujeres de hoy?


[1] Mc 13,37.

[2] Mc 1,7.

[3] Ver San Bernardo, Obras completas T. III, B.A.C., Madrid 1985, p. 95-99.

[4] Flp 4,4.

[5] Flp 4,5.

[6] Mt 1,23.

[7] 1Tes 5,2.

[8] S.S.  Benedicto XVI, Angelus, 14/12/2008.

[9] S.S. Benedicto XVI, Angelus, 30/11/2008.

[10] 1Jn 4,16.