Camino hacia Dios

211. La Dirección de San Pedro: un camino espiritual (II)

CHD 211 ENCABEZADO


CHD 211 set2011 La Dirección de San Pedro un camino espiritual II INTERIORIZANDO PDFCHD 211 set2011 La Dirección de San Pedro un camino espiritual II PDF Nunca hemos de olvidar el llamado que Dios nos hace a todos a ser santos[1], llamado que los Padres conciliares recordaron con claridad: «Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad»[2]. También el Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda: «Todos son llamados a la santidad: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5,48)». La santidad no consiste en un “perfeccionismo” que busca no fallar en nada ni equivocarse jamás, sino en “la perfección de la caridad”, en llegar a amar como Cristo nos ha amado[3], amar con el amor que Dios ha derramado en nuestros corazones por su Espíritu[4].

En este empeño por responder al llamado de Dios a la santidad, San Pedro —como hemos visto anteriormente— nos ofrece en 2Pe 1,5-7 un camino espiritual que, partiendo de la fe, nos conduce, alentados por la fuerza del Espíritu, a alcanzar la perfección de la caridad.

Las virtudes

El camino o escalera espiritual que propone San Pedro en su carta[5] supone un punto de partida común a todos: la fe, que es la misma “fe preciosa” de los apóstoles[6]. La fe es un «don de Dios», una «virtud sobrenatural infundida por Él»[7]. Y la fe implica una adhesión a Dios que revela, así como a la verdad revelada por Él. Por la fe creemos en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo[8].

Quien ha recibido la fe no debe quedarse inactivo, sino que debe construir sobre este fundamento y recorrer una senda concreta de santificación. Cooperar con el don recibido nos permite fortalecer nuestra fe, y edificar nuestra existencia sobre roca firme. Con esos cimientos firmes, podremos alcanzar las alturas de la santidad y nuestro edificio espiritual resistirá los embates de las tempestades y tribulaciones de la vida.

Para nunca “caer”[9] y “perder nuestra fe” San Pedro nos invita a poner «el mayor empeño»[10] para consolidarla cada día más. ¿Cómo? En primer lugar, añadiendo a la fe la virtud, en griego areté. Mediante la areté buscamos restaurar la armonía de las fuerzas corporales, síquicas y espirituales que Dios ha puesto en nosotros, desordenadas por el pecado. Mediante el reordenamiento de nuestras potencias humanas buscamos alcanzar un recto señorío de nosotros mismos. La areté se ejercita, por ejemplo, mediante el dominio del habla, del cuerpo, de la memoria, imaginación y fantasía, de los pensamientos, de las pasiones, de la mirada, etc.

A la areté el creyente debe añadir el conocimiento, en griego gnosis. La gnosis es un conocimiento aplicado, ordenado a vivir aquello que se conoce por la revelación divina, «muy en la línea de la sabiduría o prudencia cristiana»[11]. Mediante esta gnosis el creyente aprende a discernir lo que viene de Dios y lo que aparta de Él, para dirigir su acción en obediencia a la verdad y según los criterios objetivos que Dios nos ofrece. En este ejercicio de discernimiento aprendemos a buscar humildemente, en medio de situaciones de confusión, el consejo de personas prudentes y sabias, para seguir los caminos del bien y apartarnos del mal que tantas veces se presenta a la propia subjetividad como algo “bueno para mí”.

A esta gnosis San Pedro nos invita a añadir la templanza, en griego enkráteia. Mediante el ejercicio de esta virtud se busca aprender a ser sobrio en los pensamientos, sentimientos y acciones. Porque se valora rectamente a sí mismo y todo lo creado, la persona puede hacer un uso recto y proporcionado de los bienes, utilizándolos con moderación y libertad. Entiende que la felicidad no se encuentra en los bienes, sino que éstos son medio para el cumplimiento del Plan de Dios, que mira también al beneficio común y llama a la responsabilidad social. Por la enkráteia el creyente no se deja esclavizar por los bienes, sino que se mantiene señor de sí mismo en su uso y administración.

Avanzando en el proceso de consolidación de la fe San Pedro invita a añadir a la templanza la paciencia, en griego hypomoné. Se trata de una vigorosa disposición de ánimo por la que el creyente resiste firmemente a las diversas pruebas y tribulaciones que muchas veces encuentra en la vida diaria, sin sucumbir al dolor y sufrimiento que experimenta. La esperanza puesta en el Señor y en sus promesas lo sostiene en las diversas tribulaciones. En medio del dolor el creyente cree, confía y espera en Dios. La hypomoné lo mantiene firme en los momentos más difíciles y oscuros de la existencia, lo fortalece ante la cobardía, el desmayo, el desaliento, la pusilanimidad que a tantos llevan al abandono de la fe y vida cristiana.

El siguiente paso es añadir a la paciencia la piedad, en griego eusébeia. La eusébeia es el amor de Dios que se manifiesta en actos específicos. Implica momentos fuertes de oración, así como el hacer de la vida cotidiana un acto de alabanza a Dios, una oración incesante en el cumplimiento de los mandamientos de Dios y de su Plan. Es fruto de un sostenido y continuo ejercicio que, con el tiempo, se hace buen hábito. Los actos de piedad, cuando no son sólo un rito vacío, ayudan a permanecer en la presencia de Dios, alimentan nuestra visión sobrenatural, nos abren al amor de Dios de modo que ese amor se manifiesta a otros por nuestras palabras y obras.

A la eusébeia San Pedro alienta a añadir el amor fraterno, en griego filadelfía. La filadelfía es el amor a los hermanos que comparten nuestra misma fe, un amor que brota del amor de Dios. Es mucho más que un mero compañerismo. La filadelfía construye comunidad, ya se trate de la familia, ya de las diversas comunidades de cristianos. Esta virtud une a los discípulos de Cristo en un amor puro, fuerte y generoso[12].

Finalmente, el Apóstol invita a añadir al amor fraterno la caridad, en griego agape. La agape es el amor universal[13], el amor a todo ser humano, sea quien sea. Procede del amor a Dios y ama al prójimo por Dios y en Dios, por ello es mucho más que una mera filantropía. Esencial a la agape es manifestarse, expresarse en las obras concretas en favor del prójimo[14].

De este modo, añadiendo virtud a virtud, cooperando con la gracia del Señor que nos alienta e impulsa, avanzamos hacia el objetivo y cima de la vida cristiana: la perfección de la caridad.

Algunas recomendaciones prácticas

En todo momento el creyente es invitado a vivir todas las virtudes que propone el Apóstol Pedro. Cuando me ejercito en una virtud, no quiere decir que no deba ejercitarme en las demás. El método propuesto es una manera de acentuar y trabajar con especial dedicación alguna de esas virtudes que los cristianos debemos vivir siempre. Enfocándonos en una virtud particular, podremos vivirla con más conciencia y afianzar algunos hábitos.

Para ir avanzando en este camino espiritual lo mejor es dedicarle un tiempo determinado a cada virtud. No muy poco ni mucho, lo suficiente para mantener la necesaria atención y tensión en el ejercicio de la virtud que nos proponemos profundizar y ejercitar. Por otro lado, aunque no es necesario, puede ser de gran utilidad ayudarse mutuamente en el trabajo de una virtud en particular. Así, en nuestro grupo de amigos, o en familia, puede resultar muy efectivo dedicar un tiempo juntos a crecer en cada uno de los “escalones” propuestos por San Pedro, proponiéndose medios adecuados y alentándose unos a otros.

No esperemos a dominar plenamente una virtud para añadir la siguiente. Aunque no estemos satisfechos con lo poco que hayamos avanzado, aunque no nos sintamos del todo “preparados” para dar el siguiente paso, es necesario avanzar para ir profundizando y fortaleciéndonos en el ejercicio de todas las virtudes de a pocos. Y ya que habremos recorrido toda la escala de modo insuficiente o imperfecto, podremos volver al inicio para empezar a recorrerlas todas nuevamente, haciendo de este ejercicio un trabajo que podemos prolongar a lo largo de toda nuestra vida. Ayuda entender la escala de San Pedro como una escalera de caracol, en la que podemos volver a la primera virtud nuevamente para vivirla entonces mejor, y recorrer así todos los pasos nuevamente, de modo que por el ejercicio de las virtudes subamos cada vez más hasta llegar «al estado de hombre perfecto, a la madurez de la plenitud de Cristo»[15].


PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO

  1. ¿Qué es para ti “la santidad”? ¿Te enfocas más en nunca fallar, olvidando que se trata de amar más, de amar como Cristo, de vivir “la perfección de la caridad”?
  2. ¿Por qué es la “escalera de San Pedro” un camino concreto para alcanzar la santidad?
  3. ¿Cómo es tu fe? Muchas veces me quejo de que mi fe es pequeña, frágil, ¿pero hago algo concreto para fortalecerla día a día? ¿Soy consciente de que la “escalera de San Pedro” es un don de la Providencia para fortalecer mi fe, mi vocación y elección? ¿Cómo respondo a ese don?
  4. ¿He incorporado la “escalera de San Pedro” en mi plan de combate espiritual? ¿Cómo podemos ayudarnos en el grupo a vivir las virtudes propuestas por San Pedro en su escalera espiritual? ¿Qué medios podemos poner?

CITAS PARA LA ORACIÓN

  • Llamados a ser santos: Lev 11,44s; 19,2; 20,7-8; 1Tes 4,3; 1Pe 1,15-16
  • La fe, un don, que hemos de suplicar incesantemente: Lc 17,5; Mc 9,24; y procurar afianzar: 2Pe 1,5
  • La virtud (areté): Flp 4,8
  • El conocimiento (gnosis): Ef 5,17; Sal 32 [31],8-9
  • La templanza (enkráteia): 1Cor 9,25; Gál 5,22-23
  • La paciencia (hypomoné): Rom 5,3; Rom 8,25; Rom 12,12; Stgo 1,2-3.12
  • La piedad (eusébeia): Tit 2,12; 2Tim 3,4-5
  • El amor fraterno (filadelfía): Heb 13,1; 1Pe 1,22; 3,8-9; 1Tes 4,9
  • La caridad (agape): Jn 13,34-35; Jn 15,17; Ef 5,1-2; Col 3,14; 1Tes 3,12-13

INTERIORIZANDO

«La Dirección de San Pedro nos lleva a madurar la fe, acogerla, interiorizarla, para que se haga vida en nuestra existencia cotidiana. Sin un fundamento, sin cimientos hondos y bien anclados, no se puede elevar una construcción. Mientras más sólidos sean estos fundamentos, en cambio, más alto puede ser levantado el edificio de nuestra vida cristiana. La fe es, en cierto modo, la “raíz de la santidad. (…) Cuando las raíces son profundas, dan firmeza al árbol que sustentan; también el alma, que está confirmada en la fe, puede hacer frente a las tempestades del espíritu. No hay cosa de mayor importancia para llegar a una vida elevada perfección, que poseer una fe muy arraigada”».[16]

  • ¿Doy gracias a Dios por el don de la fe? Consciente de que es un don, ¿le pido a Dios todos los días que aumente mi pobre fe?
  • ¿Soy consciente de que si quiero ser santo, santa, debo cuidar la raíz, el fundamento sobre el cual se eleva el edificio de la perfección cristiana? ¿Me preocupo por madurar mi fe, interiorizarla, con el estudio y oración, así como por la práctica de las virtudes?
  • Consciente de que la fe es un don no sólo para mí, sino para todos, y de que la fe se transmite por la predicación, ¿procuro dar razón de mi fe a otros? ¿Procuro que mi fe se haga vida en mis opciones y acciones cotidianas, para ser testimonio para otros?

«El camino estrecho que debe atravesar el que recorre los senderos de la santidad no es usualmente una ruta corta para triunfar súbitamente, sino un largo combate que debe ser sostenido con un esfuerzo grande y con perseverancia. La gracia de Dios opera en nosotros de modo maravilloso, pero siempre existe el peligro de que la persona no colabore con los dones que gratuitamente el Señor le concede y que pierda el aliento o la valentía, caiga en la tibieza y la mediocridad, sucumba a la tentación del desaliento ante las adversidades que no faltan en la vida o dé lugar al derrotismo. Que ello no ocurra es esencial. La esperanzadora tenacidad o perseverancia nutrida de esperanza es, por tanto, algo que el cristiano jamás debe perder, y que, por el contrario, debe procurar cultivar en sí. Ante las propias fragilidades y dificultades, en presencia de Dios, urge comprender la importancia de esperar en Él».[17]

  • ¿Acudo al Señor cuando experimento la tentación de abandonar la lucha? ¿Busco en Él fuerzas, consuelo, descanso, o dejo de rezar? ¿Me dejo vencer fácilmente por las dificultades en la vida cristiana, por el desaliento ante las adversidades?
  • ¿Espero en el Señor, aunque todo el horizonte se me pinte de negro, aunque sufra pruebas que parecen no acabar? ¿Rezo todos los días para pedirle a Dios el don de la fiel perseverancia?
  • María es la mujer fuerte en la fe, Madre de la Esperanza. ¿Miro a María al pie de la Cruz, para aprender de Ella a confiar en Dios y saber esperar pacientemente en el triunfo de Dios en mi vida, marcada acaso por el sufrimiento?

San Pedro coloca a la caridad como cima de su “escalera espiritual”. La agape, amor por toda la humanidad, tiene «una clara connotación práctica, pues expresa en actos el amor que uno posee en su interior y que se nutre del amor de Dios. (…) El auténtico amor no se puede quedar encerrado en uno mismo, pues es intrínsecamente difusivo. Quien quiere de verdad el bien, lo obra. Como enseñaba el Papa San Gregorio Magno, “la prueba del amor está en las obras: el amor de Dios nunca es ocioso, porque si es muy intenso obra grandes cosas, y cuando rehúye obrar, ya no es amor”. Por ello la agape nos mueve también a rezar por todos, incluso por aquellos que nos hacen mal: “Pues yo os digo: amad a vuestros enemigos”».[18]

  • ¿Cuál es la cima de la vida cristiana y de la “escalera espiritual” de San Pedro?
  • ¿Puedo amar como Cristo sin dar, sin darme, sin expresar ese amor a los demás? ¿Existe un amor que no se demuestre en obras? ¿Cómo se demuestra tu amor a Dios? ¿Vives la caridad con el prójimo, a través de la solidaridad, de la donación de tu tiempo y bienes, procurando elevar a quien vive en la miseria material o espiritual?
  • Hay quien cree que puede vivir como cristiano, guardando odios, rencores, negándose a perdonar a quien le ha ofendido o hecho daño: ¿guardo yo algún odio o resentimiento en mi corazón? ¿Rezo por quienes me hacen o me han hecho un daño, a mí o a mi familia? No podemos amar como Cristo si no aprendemos a perdonar como Él (ver Lc 23,34).


[1] Ver Lev 11,44s; 19,2; 20,7-8; 1Tes 4,3; 1Pe 1,15-16.

[2] Lumen gentium, 40.

[3] Ver Jn 15,12.

[4] Ver Rom 5,5.

[5] Ver 2Pe 1,5-7.

[6] Ver 2Pe 1,1.

[7] Catecismo de la Iglesia Católica, 153.

[8] Ver Catecismo de la Iglesia Católica, 178.

[9] Ver 2Pe 1,10.

[10] 2Pe 1,5.

[11] Kenneth Pierce, La escalera espiritual de San Pedro, Fondo Editorial, Lima 2010, p. 124.

[12] Ver 1Pe 1,22-23.

[13] Ver Catecismo de la Iglesia Católica, 1822.

[14] Ver 1Jn 3,18; 2Cor 8,24.

[15] Ef 4,13.

[16] Kenneth Pierce, La escalera espiritual de San Pedro, Fondo Editorial, Lima 2010, p. 108s.

[17] Kenneth Pierce, La escalera espiritual de San Pedro, Fondo Editorial, Lima 2010, p. 141s.

[18] Kenneth Pierce, La escalera espiritual de San Pedro, Fondo Editorial, Lima 2010, p. 173s.