Camino hacia Dios

177. «Venid y lo veréis» (Jn 1,38-39)

«Ese es el Cordero de Dios» (Jn 1,36)

Andrés y Juan, los discípulos de Juan el Bautista buscaban con sincero corazón el Reino de Dios, lo reconocían como un hombre justo y un profeta, pero sobre todo esperaban con ansia al Mesías prometido. Tanto confiaban en su maestro, que bastó solamente una señal suya para que inmediatamente partieran tras el Señor Jesús. Parten llenos de curiosidad, temor y una extraña timidez. Lo siguen de lejos y no saben qué hacer. Han partido presurosos, pero ahora que están en camino no saben cómo aproximarse al Señor, cómo iniciar esa conversación que cambiaría sus vidas. Y el Señor Jesús, como siempre, sale a su encuentro, supera sus limitaciones y completa sus anhelos resolviendo su timidez para suscitar el diálogo, para llevarlos a cosas concretas, para que no se queden en el plano de las intenciones sino que se encuentren de verdad con Él, como realmente lo anhela su corazón.

«¿Qué buscan?» (Jn 1,38)

Jesús vuelve su rostro al ver que lo estaban siguiendo y mira a los ojos de quienes le buscan con sincero corazón. Con esta pregunta maravillosa el Señor dispone todo para que sus futuros discípulos den el salto de la colaboración activa. Él mismo conoce la respuesta que clama a gritos en su corazón, pero espera escucharla de sus labios para que sellen con su respuesta libre la unión vital que habría de gestarse entre ellos y su Señor.

«Precisamente en aquel encuentro sorprendente, descrito con pocas y esenciales palabras, encontramos el origen de cada recorrido de fe. Es Jesús quien toma la iniciativa. Cuando Él está en medio, la pregunta siempre se da la vuelta: de interrogantes se pasa a ser interrogados, de “buscadores” nos descubrimos “encontrados”; es Él, de hecho, quien desde siempre nos ha amado primero (cfr. 1Jn 4,10). Ésta es la dimensión fundamental del encuentro: no hay que tratar con algo, sino con Alguien, con “el que Vive”. Los cristianos no son discípulos de un sistema filosófico: son los hombres y las mujeres que han hecho, en la fe, la experiencia del encuentro con Cristo (cfr. 1Jn 1,1-4)»[1].

Nosotros mismos somos buscadores de la verdad, descubrimos en nuestros anhelos más profundos la nostalgia de infinito que resuena en nuestro corazón y siendo auténticos con nosotros mismos, experimentamos lo mismo que San Agustín: «Nos hiciste, Señor, para Ti e inquieto estará nuestro corazón hasta que descanse en Ti»[2]. ¿Qué buscamos cuando seguimos al Señor? ¿Qué es lo que nuestro corazón busca cuando nuestros pies dubitativos inician el camino tras sus pasos, a lo lejos, creyendo que el Señor no se da cuenta de que estamos justo detrás de Él?

«Rabbí, ¿dónde vives?» (Jn 1,38)

La respuesta de los discípulos de Juan es la expresión de un ansia profunda: saber dónde vive el maestro, conocer dónde habita ese Cordero de Dios para que en adelante sepan a dónde dirigirse para escucharlo, para estar con él, para que no se les vaya más. Nuestra respuesta ciertamente tiene que ir en esa línea: la de nuestros dinamismos fundamentales, la de buscar habitar con el Señor, la de querer estar con Él para siempre.

Hay que anotar un detalle muy hermoso de este pasaje tan simple: los discípulos no buscan al Señor solos, por su lado. Los discípulos salen en pos del Señor juntos, afirmando sus pasos en los pasos de su hermano, caminando tras la senda del Señor. Y es que somos ciertamente seres abiertos a los demás, seres creados por Dios para salir a su encuentro en comunidad, como hermanos. Gracias al impulso que nos da el sabernos hermanos que buscamos seguir a Jesús es que nuestro corazón se ve impulsado a cruzar el umbral de su casa, para adoptar esa “vida nueva” que Él os ofrece.

Es en comunidad como los discípulos empiezan el conocimiento directo del Maestro, en el encuentro de personas que se abren recíprocamente los hermanos siguen al Señor para morar juntos con Él. ¿Qué significa vivir con el Señor? No es otra cosa que conformarnos con Él, Paradigma de Vida Plena, quien «revela plenamente el hombre al mismo hombre… El hombre que quiere comprenderse a sí mismo… debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por así decirlo, entrar en Él con todo su ser, debe apropiarse… de la Redención para encontrarse a sí mismo»[3].

«Venid y lo veréis» (Jn 1,39)

Hermosa respuesta del Señor que va en hermosa coherencia con su actitud para con estos discípulos y que es en sí misma una invitación llena de amor que porta tras de sí la recompensa: la felicidad eterna de quien pone los medios para ir en pos del Señor Jesús. Él mismo da la gracia para acoger y poner en práctica la vida nueva a la que invita a sus discípulos.

El Señor sabe de qué estamos hechos y nos pone metas altas: salir de nosotros mismos, marchar en comunidad y salir a su encuentro para entregarle juntos toda nuestra vida. En comunidad encontramos un espacio adecuado para descartar una vida sin ideales, superando las pruebas que este mundo pone a quienes optan con generosidad por la verdad, el bien y la justicia.

Vamos y veamos. Marchemos a vivir con el Señor para que, a partir de ese encuentro maravilloso, podamos anunciarlo a los demás. No temamos, escuchemos su invitación amorosa en el silencio de la oración, en la vivencia de la comunidad con los hermanos y hermanas, en el seno de nuestras familias cristianas. Convenzamos nuestro corazón de dar un paso adelante para cruzar el umbral del encuentro con el dulce Señor Jesús, para habitar con Él. Sólo así podremos dar testimonio verdadero. Como quien fue, vio y se encontró con el Señor de la Vida.

«Hemos encontrado al Mesías» (Jn 1,41)

En aquella tarde junto al Señor Jesús, los jóvenes encontraron el sentido pleno para sus vidas. Descubrieron al Señor Jesús, quien les mostró quién era él, quienes eran ellos, y un hermoso horizonte de anuncio de la Reconciliación. ¿Cómo podemos afirmar todo esto? Lo podemos hacer al leer las palabras que Andrés, el hermano menor de Pedro, le dirige a éste luego de su encuentro con Jesús. Le dice: “hemos encontrado al Mesías”, y no sólo eso, sino que lo llevó donde Jesús.

Andrés y Juan, los primeros discípulos de Jesús, se transforman en apóstoles, conduciendo a sus hermanos, Pedro y Santiago, también al encuentro del Señor. ¡Qué intensa ha sido la experiencia de comunión, y a la vez, de haber encontrado la verdadera y plena respuesta para sus vidas!

El apostolado que los jóvenes apóstoles hacen es una escuela para todos nosotros. Ellos hablan de lo que han encontrado, no solo lo transmiten con sus palabras, sino con su vida. La decisión que han hecho se manifiesta en sus actos, y así, son capaces de conducir a otros a la misma experiencia de libertad y alegría que han tenido.

Recordemos que no somos apóstoles de una idea, de un concepto intangible. Somos apóstoles de una persona real, no hay testimonio válido del Señor Jesús sin una relación personal con Él. «La evangelización no es más que un anuncio de lo que se ha experimentado y una invitación a entrar en el misterio de la comunión con Cristo (Cf. 1Jn 13)»[4].


CITAS PARA MEDITAR

  • La iniciativa siempre es de Dios: 1Jn 4,10; Él nos amó primero 1Jn 4,19
  • Cristo nos muestra el camino: Jn 14,6; Mt 4,19; Quiere que vayamos tras Él: Mc 10,21
  • El Señor nos invita a permanecer en Él: Jn 15,4; en su amor: Jn 15,9, en su comunión: 1Jn 13; pide que no desfallezcamos, sino que demos fruto: Lc 22,32
  • El Señor mora en medio de la comunidad. Él está con nosotros cuando como hermanos nos reunimos en torno a Él: Mt 18,20
  • No dudar de las promesas del Señor: Mt 14,22-31, no hay nada que pueda superar a su amor: Rom 8,39

PREGUNTAS PARA EL DIÁLOGO

  1. Los discípulos ante la señal del Bautista se ponen de pie y van tras el Señor. ¿Quieres realmente seguir de cerca al Señor? ¿Estás dispuesto a dejar todo lo que te impide seguirle? ¿Eres también presto y dócil como esos discípulos en tu opción por el Señor Jesús?
  2. ¿Te quedas simplemente en tus intenciones? ¿Eres “medio-queredor” de tu encuentro con el Dulce Señor Jesús? ¿Qué te impide poner los medios concretos y proporcionales para seguirlo de verdad?
  3. ¿Qué buscas cuando sigues al Señor? ¿Qué pide tu corazón del Señor? ¿Cómo interpretas en tu propia vida tus anhelos más profundos? Piensa cuál habría sido tu reacción ante el Señor que se da la vuelta y te pregunta: ¿Qué buscas?

INTERIORIZANDO

«Ese mismo día los dos que lo siguieron hicieron una experiencia inolvidable, que los impulsó a decir: “Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1,41). Aquel a quien pocas horas antes consideraban un simple “rabbí”, había adquirido una identidad muy precisa, la del Cristo esperado desde hacía siglos». (Benedicto XVI, Discurso en Manopello, 1/9/2006).

  • ¿A qué te impulsa la lectura de este pasaje? ¿Cuáles son los frutos de meditar en torno al encuentro de estos primeros discípulos con el Señor?
  • ¿Perdura en tu corazón la experiencia de encontrarte con el Señor? ¿Experimentas en tu vida cotidiana un cambio fruto de ese encuentro personal?

Ciertamente buscar y encontrar a Cristo, manantial inagotable de verdad y de vida es un camino de fe que nunca acaba. «Maestro, ¿dónde vives?», es una pregunta que hemos de hacernos todos los días para recibir una y otra vez su respuesta: «Venid y lo veréis». Hemos de buscarlo todos los días, Él es el mismo ayer, hoy y siempre, pero nosotros, inmersos en el mundo, heridos por el pecado no somos nunca los mismos.

  • ¿Cómo me renuevo cotidianamente en mi búsqueda del Señor? ¿Cómo experimento mis anhelos más profundos, mis dinamismos fundamentales?
  • Haz una oración de respuesta al Señor Jesús ante su pregunta: «Y tú, ¿qué buscas?»

Quién sino María nuestra Madre sabe cómo vivir con el Señor. Pidámosle a Santa María que interceda por nosotros para que podamos aceptar la invitación del Señor y caminemos tras Él confiados en su promesa.

Oh Señora mía, Santa María:
hoy y todos los días y en la hora de mi muerte,
me encomiendo a tu bendita fidelidad y singular custodia,
y pongo en el seno de tu misericordia mi alma y mi cuerpo;
te recomiendo toda mi esperanza y mi consuelo,
todas mis angustias y miserias, mi vida y el fin de ella:
para que por tu santísima intercesión, y por tus méritos,
todas mis obras vayan dirigidas y dispuestas
conforme a tu voluntad y a la de tu Hijo. Amén.

San Luis Gonzaga


[1] S.S. Juan Pablo II, Mensaje a los jóvenes con ocasión de la XII Jornada Mundial de la Juventud 15/08/1996.

[2] Confesiones I, 1, 1

[3] S.S. Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptor hominis, 10

[4] S.S. Benedicto XVI, Audiencia General del 22/03/06.