Opinión Recomendamos

Sobre el libro “La amistad según el principito”

*Palabras de Gustavo Sánchez con ocasión de la presentación del libro La amistad según el principito.

Una vez me contaron un chiste que, disculpándome anticipadamente por mis limitaciones, paso a contar.  Un comisario del partido comunista está adoctrinando a un grupo de campesinos —me parece que es en la Unión Soviética— y para mostrar la felicidad que se vive en el sistema, le pregunta a un anciano si los camaradas de su granja colectiva (todos ellos comunistas acérrimos) son sus hermanos o sus amigos.  El anciano, prestamente, responde: —¡Mis hermanos, por supuesto!— El comisario le repregunta: —¿Ah, sí? Y porque no dice que son sus amigos?—.  El viejito, ni corto ni perezoso, responde: —Es que a los amigos, uno los elige—.

Me ha parecido adecuado ilustrar con esta socarrona anécdota uno de los aspectos que quisiera destacar del bello libro de Oscar Tokumura, La amistad según El principito.  La amistad es una realidad maravillosa entre otras cosas, porque –como señala Oscar en la p. 29 de su libro- “la amistad es, ciertamente, un don, un regalo inesperado…” y este don implica el haber sido objeto de una elección por parte de otro que me invita a la comunión, a crear lazos.  Como bien sabemos, la literatura de todos los tiempos ha cantado grandes loas a la amistad, viendo en ella la concreción del vínculo que une a las personas en un amor muy elevado.  Los ejemplos de Aquiles y Patroclo, Orestes y Pílades, Damon y Pitias, en el ámbito griego, así como los de Don Quijote y Sancho, Hamlet y Horacio, y más recientemente Sherlock y Watson, en la literatura moderna y contemporánea, dan cuenta de esta virtud que, en su libro, Oscar analiza desde la obra más famosa de Antoine de Saint Exúpery.

La amistad es una experiencia que acompaña al ser humano desde siempre, y que por su carga existencial tan profunda lo ha maravillado e invitado a valorar tal realidad.  La Revelación, tal como está consignada en la Sagrada Escritura, también recoge el ejemplo de los amigos y la amistad para ilustrar los dones que Dios hace al hombre.  Además del ejemplo paradigmático de David y Jonatán, el Antiguo Testamento brinda hermosas enseñanzas sobre la amistad: «El amigo ama en todo momento; en tiempos de angustia es como un hermano» (Prov 17,17); «el bálsamo y el perfume alegran el corazón; los consejos del amigo alegran el alma» (Prov 27,9); «un amigo fiel es una protección segura, el que lo encuentra ha encontrado un tesoro.  Un amigo fiel no tiene precio; su valor no se mide con dinero.  Un amigo fiel protege como un talismán; el que honra a Dios lo encontrará.  El amigo es igual a uno mismo, y sus acciones son iguales a su fama» (Eclo 6,14-17).  Pero es en el Nuevo Testamento con el Señor Jesús, Dios hecho hombre para nuestra reconciliación, donde hallamos la más elevada demostración de lo que significa la amistad.  En su persona, a través de sus palabras, descubrimos del modo más sublime qué significa en verdad el ser amigo: «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos.  Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando.  No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.  No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca…» (Jn 15,13-16).  Palabras sublimes que dibujan el retrato perfecto de la amistad y Aquel que es el amigo por excelencia.

Me ha impresionado particularmente el capítulo III del libro de Oscar, en la que se adentra en las características de la amistad, siguiendo las orientaciones de la obra de Saint-Exúpery en general, y las ideas de El principito en particular.  Y me impresiona porque un fenómeno tan profundamente humano como es la amistad puede ser —y de hecho es— asumido por Dios para realizar la reconciliación que nos salva y nos conduce a la plenitud.  Dios, en Jesucristo, se ha hecho nuestro amigo del modo más humano posible, y de esa manera ha llevado la amistad a una plenitud tal que trasciende lo puramente humano.  Así, hay amistad en la virtud, como recuerda Oscar citando a Aristóteles[1], por tanto los amigos se sitúan en el ámbito del bien, que no es sino el ser en cuanto vivido.  La amistad implica fidelidad, es decir permanecer en el tiempo, a pesar —e incluso con ellas— de las dificultades y circunstancias problemáticas de la vida, porque hay un vínculo real que lleva a los amigos a salvaguardar la comunión.  La amistad supone también la magnanimidad, es decir la grandeza del alma que ve en el amigo lo más valioso, y desde allí comprende sus defectos y debilidades, ayudándole a superarse.  La amistad requiere también de humildad, cosa que ciertamente se constata en la experiencia, porque si la humildad está referida al “andar en verdad”, sobre todo, la verdad sobre sí, el ser humano es él mismo y se acepta como tal cuando está con su amigo.  En la amistad, el silencio y la palabra no son realidades opuestas, antes bien se hallan hermanadas, de modo tal que un hombre “habla” al amigo con su silencio y le comunica de ese modo realidades muy profundas.  La fortaleza, la capacidad de sacrificio, la consistencia, la misión común, son otras tantas características de la amistad que seguramente merecen un detallado análisis que no podemos realizar en este momento.

Y todas estas características las encontramos en la amistad que Jesús ha entablado con nosotros.  Así, podemos hablar de Jesús como el amigo fiel, «que no puede negarse a sí mismo»[2] y que nos invita a responder fielmente a su invitación.  Jesús nos ha ofrecido su amistad de modo magnánimo, pues ¿cómo podríamos calificar una amistad que va hasta el extremo de ofrecer la propia vida por la del amigo?  Jesús, como bien sabemos, es “manso y humilde de corazón” y nos ofrece su amistad sabiendo que somos frágiles y pecadores, para que reconozcamos nuestra realidad y desde ella podamos corresponderle.  El Señor Jesús quiere hacerse amigo nuestro, no porque no seamos pecadores, sino precisamente porque somos pecadores, y desde el reconocimiento de esta verdad (nuestro pecado) es que podemos convertirnos y ser amigos transformados a imagen del Amigo.  Jesús, lo habíamos mencionado antes, se ha sacrificado por nosotros, dándonos así testimonio de su amor y amistad: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.  Jesús, por último, nos muestra su amistad no sólo confiándonos su intimidad, que es la intimidad de Dios, sino además haciéndonos partícipes de su propia misión: «Como el Padre me envió, así también yo os envío»[3].  Y esto supone un signo de predilección, porque si la amistad es compartir, qué mejor que darnos una participación de la tarea por la que Jesús mismo es glorificado.

Este paralelo que hemos revisado habla de un aspecto muy valioso del libro de Oscar que quisiera resaltar.  La tradición teológica medieval, inspirada en Santo Tomás, acuñó el axioma: “Gratia supponit naturam”.  “La gracia supone la naturaleza”.  Dios, que nos regala el don de su gracia, y especialmente el don de su amistad, toma en cuenta la amistad que es una expresión de nuestra naturaleza y se adecúa al modo como nosotros vivimos esta realidad, no para hacer un calco, sino para elevar la amistad humana a una plenitud inimaginable, la participación en la vida misma de Dios.  La amistad humana es fundamento y camino para la amistad divina.  La amistad humana, en Cristo, puede vivirse sobrenaturalmente, y de ese modo lleva a una realización que, por ser más que humana, es plenamente humana.  Todo lo que Oscar analiza de la amistad en Saint‑Exúpery, y concretamente en El principito es una valiosa ayuda no sólo para entender y vivir humanamente la amistad, sino también para abrirnos al horizonte sobrenatural de la amistad que Jesús nos ofrece.

Quisiera concluir con una reflexión que atañe más de cerca a nuestra experiencia como familia espiritual.  Ya en el siglo I a.C. el célebre orador romano Cicerón definía la amistad como «summa consensio rerum humanarum et divinarum cum caritate et benevolentia»[4], esto es, «el máximo consenso de las cosas humanas y divinas con caridad y benevolencia».  A ello, el monje cisterciense Aelredo de Rievauxl (1110-1167) añadía “in Christo”.  Nuestra espiritualidad valora muchísimo la amistad, la considera un elemento fundamental de nuestra vivencia que, en efecto, implica este consenso, esta misma coincidencia de criterios y de vivencia sobre las cosas humanas y divinas desde Cristo.  La espiritualidad que profesamos y que nos esforzamos por vivir nos invita a ser amigos porque “coincidimos” en lo esencial, que es nuestra fe, y sobre todo, en nuestra comunión con Jesucristo.  Él es el centro de nuestra vida, es nuestro amigo y debe ser el eje de la amistad que queremos vivir.  Ser amigos de Jesús debe llevarnos, pues a ser amigos en Jesús.

Y ahora, toca hacer una “corrección” al chiste con el que comenzamos la reflexión.  Nuestra comunidad se llama “Sodalitium”, que significa: “Camaradería, confraternidad, amistad íntima” y hace referencia a la “amistad de los que viven juntos”.  Los camaradas son amigos que tienen una misma tarea, y la amistad se forja en la obra común.  Desde los inicios, subrayamos la idea de nuestro Sodalitium como “comunidad de amigos en el Señor” empeñados todos en la misión apostólica a la que Jesús nos convocaba.  Pero la palabra “Sodalitium” significa también “confraternidad”, es decir, reunión de hermanos.  La amistad y la hermandad no se oponen, antes bien, quedan unidas e identificadas en Jesús, porque él no sólo es nuestro amigo, también es nuestro hermano, más aún, el primogénito entre muchos hermanos, como recuerda Pablo.  Como bien sabemos, la escalera espiritual de San Pedro, de la que Kenneth nos ha hablado tan profundamente, tiene en la “filadelfia” o amor fraterno, una de sus virtudes.  La amistad nos hace hermanos, porque Jesús nos eligió para ser sus amigos y para ser sus hermanos.  Todas estas cosas brotan de la lectura del libro de Oscar, y permiten no sólo recordar, sino también valorar, que somos amigos, hermanos y camaradas (= sodálites) en estas nuevas luchas que ha elegido el Señor bajo la guía de Santa María.


[1] Ver Oscar Tokumura, La amistad según El principito, Lima, TORHU Consultores, 2015, p. 49.

[2] 2Tim 1,13.

[3] Jn 20,21.

[4] Ciceron, Lelius o De amicitia.