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¿Qué significa ser santo?

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Por Luis Fernando Gutiérrez

En un artículo anterior, haciendo referencia al llamado universal a la santidad que recuerda el Concilio Vaticano II se presentaron algunas visiones equivocadas acerca de lo que es la santidad.  Se examinó ¿Qué no significa ser santo?  Conviene profundizar ahora en qué sí significa ser santo.  Para eso tenemos que ir a la Revelación.

Desde el Antiguo Testamento

La llamada a la santidad aparece en la Sagrada Escritura ya desde el Antiguo Testamento.  De manera explícita aparece en el Levítico y vinculada a la Ley de Dios y la Alianza.  Así, en Levítico 19,2 dice: «Seréis santos porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo».  Expresiones similares aparecen en Levítico 11,44 y 20,7.  Pero ¿qué significa y qué implica el ser santos como Dios es santo?  Conviene profundizar ahora en el Nuevo Testamento en dónde aparecen varios textos relacionados con este llamado a la santidad.  Recordemos que la Escritura ilumina a la Escritura y que el Antiguo Testamento debe ser leído a la luz del Nuevo.

A la luz del Nuevo Testamento

En el Nuevo Testamento aparece una citación directa y explícita de los textos ya mencionados del Levítico.  Está en la Primera Carta de San Pedro donde se lee: «sed vosotros santos en toda vuestra manera de vivir porque escrito está: “sed santos porque yo soy santo”» (1Pe 1,15-16).  Aparece aquí una primera luz: se trata de algo que al menos en parte se refleja en la manera de vivir.  Pero todavía no queda del todo claro.

Una cierta perfección

Si seguimos investigando nos encontramos con que, en boca de Jesús, plenitud de toda la Revelación, encontramos un paralelo de las dos citas mencionadas.  En Mt 5,48 Jesús aparece exhortando: «sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto».  La santidad es pues una cierta perfección, pero ¿qué tipo de perfección es aquella que tiene Dios que también nosotros estamos llamados a alcanzar?  Es evidente que no se trata de la perfección metafísica propia y exclusiva de Dios.  También parece evidente que no se trata de tener la misma perfección moral de Dios.  Uno y otro son horizontes absolutamente inalcanzables para el ser humano, y aspirar a ellos sería presuntuoso y frustrante.  ¿De qué perfección se trata entonces?

El contexto inmediato de la cita nos pone en el camino de la correcta comprensión de esta exhortación.  Leamos todo el párrafo: «Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo”.  Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, porque Él hace salir el sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos.  Porque si amáis a los que os aman ¿qué recompensa tenéis?  ¿No hacen también lo mismo los publicanos?  Y si saludáis solamente a vuestros hermanos, ¿qué hacéis más que otros?  ¿No hacen lo mismo los gentiles?  Por tanto, sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,43-48).

De lo que se está hablando aquí es del amor y se invita a un horizonte mucho más exigente del que pedía la Ley Antigua.  La perfección de la que se habla es pues una perfección en la vivencia del amor.  Pero esto se puede precisar todavía más profundizando en los mismos evangelios.

La santidad como perfección en la misericordia

En los mismos evangelios encontramos un paralelo directo de este texto que ayuda a comprender mejor su sentido.  En efecto, en Lc 6,36 aparece la misma exhortación y en un contexto idéntico, pero con un cambio bastante significativo.  Aquí Jesús aparece invitando: «Sed misericordiosos, así como vuestro Padre es misericordioso».  Se cambia pues la palabra “perfecto” por la palabra “misericordioso” y ahora ya podemos entender de qué perfección se trata, se trata de perfección en el amor de misericordia.

Vale la pena leer todo el párrafo en el que se ubica la cita porque el contexto confirma el paralelismo, ilumina el sentido de la exhortación y comienza además a ofrecer maneras concretas de responder a ella. Jesús dice:

«Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis?  Porque también los pecadores aman a los que los aman.  Si hacéis bien a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis?  Porque también los pecadores hacen lo mismo.  Si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis?  También los pecadores prestan a los pecadores para recibir de ellos la misma cantidad.  Antes bien, amad a vuestros enemigos, y haced bien, y prestad no esperando nada a cambio, y vuestra recompensa será grande, y seréis hijos del Altísimo; porque Él es bondadoso para con los ingratos y perversos.  Sed misericordiosos, así como vuestro Padre es misericordioso.  No juzguéis, y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados» (Lc 6,32-37).

Ahora ya estamos en condiciones de señalar en qué consiste la santidad.  La santidad es perfección en el amor de misericordia, es amar de manera concreta con el mismo amor de misericordia de Dios: sirviendo, perdonando, no condenando, etc.  Queda pendiente la pregunta: ¿Cómo se puede lograr esto?