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¿Qué no significa ser santo?

Por Luis Fernando Gutiérrez

El Concilio Vaticano II nos ha recordado que todos los bautizados estamos llamados a la santidad. No se trata de una novedad sino más bien de recordar algo que se había olvidado en la acción pastoral de la Iglesia y que se había oscurecido en las conciencias.

Pero, muchas veces, cuando se propone la santidad como objetivo de vida, la reacción de algunos es la de decir: “¿Santo yo? No creo… Yo quiero ser una buena persona, pero ¿santo?… no…”. ¿A qué se debe esto? Muchas veces a una comprensión equivocada de lo que es la santidad.

Algunas visiones equivocadas de la santidad

Ser santo es pasar todo el día rezando, en momentos fuertes de oración

Algunos piensan que ser santo consiste en estar todo el día rezando, todo el día pasando de un momento fuerte de oración a otro momento fuerte de oración, un poco al estilo de los monjes. Esto es un error. Si bien es cierto que sin oración no se puede conseguir la santidad, y que todos estamos llamados a vivir una vida espiritual continua, haciendo de todos nuestros actos oración, no todos estamos llamados a una vida en la que la mayoría del tiempo se dedique a momentos fuertes de oración. Tampoco es cierto que sea necesariamente más santo uno que dedica más tiempo a los momentos fuertes de oración que otro que no dedica tanto. En algún caso, incluso, dejar de cumplir responsabilidades de la propia vocación por quedarse en un momento fuerte de oración puede ser algo que nos aleje de la santidad. La clave en esto, como en todo es la fidelidad al Plan de Dios según la propia vocación y circunstancias.

Ser santo es algo propio de los monjes, religiosos y sacerdotes

Este es otro error muy común y es justamente al que principalmente quiere responder el Concilio Vaticano II. Esta idea equivocada nos llega un poco por el clericalismo todavía muy presente en nuestra cultura. Esta distorsión viene de antiguo pues, aunque al principio de la historia de la Iglesia muchos laicos fueron grandes santos e importantes teólogos, con el tiempo esta verdad se olvidó. De hecho, en algún momento se llegó a hablar de la vida religiosa en sus diversas formas como “vía de perfección”, dando a entender que, de alguna manera, la vida de los laicos no debía apuntar tan alto. Así, incluso los laicos que querían ser santos entendían que tenían que mimetizar o imitar los elementos propios de la vida religiosa. Esto puede llevar a distorsiones y graves errores. Recordemos que la santidad es la finalidad común de la vida de todos los bautizados, las vocaciones particulares son los caminos concretos por los que diferentes personas están llamados a ella.

Ser santo es tener una actitud triste y melancólica, y vivir alejado del mundo no disfrutando las cosas de la vida

A veces se piensa que la santidad consiste en una actitud triste, melancólica, viviendo siempre alejado del mundo y rechazando todo disfrute de las cosas de la vida. Esto es absolutamente falso. Si bien es cierto que no es posible alcanzar la santidad sin vivir la mortificación, y que no hay cristianismo sin cruz; no es menos cierto que la alegría auténtica es el sello fundamental de la santidad a la que estamos llamados los cristianos. De la misma manera hay que decir que los verdaderos santos se distinguieron por disfrutar de las cosas grandes y pequeñas de la vida sin dejarse esclavizar por ninguna y siendo fieles a su propia vocación.

No es más santo el que vive más alejado del mundo que el que vive en medio del mundo. De nuevo la clave es el llamado particular. Muchos monjes y religiosos tienen un llamado a santificarse marginándose del mundo pero para los laicos la santidad implica el estar en medio del mundo. Se trata de ser hombres de Dios en medio del mundo según la máxima evangélica: “Estar en el mundo sin ser del mundo”.

Ser santo es alcanzar un perfeccionismo psicológico y moral que convierte a la persona en más que humano

Es muy común que se entienda la santidad como un cierto perfeccionismo psicológico y moral que hace que la persona no se equivoque, no cometa errores, no se vea afectado por sus emociones, etc. Se trataría de un ideal porque el que prácticamente se dejaría de ser humano para ser una especie de máquina. Esta es una grave distorsión. Es verdad que la santidad implica un esfuerzo generoso y perseverante por vivir las virtudes hasta el heroísmo, pero no consiste en modo alguno en una infalibilidad y perfección que, por lo demás, no son posibles en esta vida. El santo se sabe siempre necesitado de la misericordia de Dios.

Tampoco consiste la santidad en deshumanizarse haciendo desaparecer los pensamientos, sentimientos, emociones, sueños, deseos y reacciones auténticamente humanas. Todo lo contrario, ser santo es ser un ser humano pleno según el proyecto original de Dios. No es deshumanización sino plena humanización.