Opinión Recomendamos

Cristo no. Pseudocristianismo sí.

Biblia-MVC

Por Mariana De Lama

«Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no de buen fruto será cortado y arrojado al fuego»[1], « Y si tu mano derecha te es ocasión de pecado,córtatela y arrojala de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la gehenna»[2], «Sea vuestro lenguaje: Sí,sí; no,no»[3], «Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la brizna del ojo de tu hermano»[4].

No son las palabras de un dogmático, fundamentalista e intolerante que no respeta a los demás. Son algunas de las palabras de Cristo Jesús, único Salvador y Reconciliador de la humanidad. Palabras que de repente no se conocen o están olvidadas, ¿la razón? Existen varias. Una de ellas es lo molesto que resultan para el tiempo en el que vivimos “las palabras fuertes” frente al lenguaje débil y “buenista” de hoy en día.

Las palabras del Señor, recogidas en los cuatro evangelios, están llenas de justicia, verdad, amor, perdón, misericordia entre otras muchas más virtudes; sin embargo la mentalidad relativista del mundo de hoy en día, pareciera tener como objetivo único desvirtuar el mensaje evangélico, haciéndolo parecer como desfasado, fuera de moda, ajeno a los tiempos; asimismo también es frecuente leer o escuchar nuevas interpretaciones que afirman ser el verdadero mensaje del Evangelio reduciéndolo a un “buenismo” portador de una falsa misericordia.

El anuncio —completo— del Evangelio y la creencia firme en las enseñanzas de la Revelación, no son una forma más de creer, “digna de ser respetada”. Es la única manera. La creencia por partes o sólo creer en “algunas frases o expresiones” del Evangelio o de la Revelación, no cuentan. O es todo ó es nada.

Ya en el año 2000 la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe en la declaración doctrinal Dominus Iesus enseña que: «Para poner remedio a esta mentalidad relativista, cada vez más difundida, es necesario reiterar, ante todo, el carácter definitivo y completo de la revelación de Jesucristo. Debe ser, en efecto, firmemente creída la afirmación de que en el misterio de Jesucristo, el Hijo de Dios encarnado, el cual es “el camino, la verdad y la vida” (cf. Jn 14,6), se da la revelación de la plenitud de la verdad divina: “Nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11,27). “A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha revelado” (Jn 1,18); “porque en él reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente” (Col 2,9-10)»[5].

Este creer en Jesucristo y en todo su Evangelio y no en algunas partes obedece a una razón muy simple: mientras menos se hable de Cristo, mientras menos se conozca el mensaje —completo— del Evangelio y se haga vida, se vivirá en la mentira de creerse cristiano cuando en realidad no es así.

Ya lo describe Soloviev en su obra El Anticristo: «Vivía en aquel tiempo, entre los pocos que aún creían en el espiritualismo, un hombre de dotes excepcionales —muchos lo llamaban un superhombre— que estaba lejos de ser niño tanto en la mente como en el corazón. Era todavía joven pero, gracias a su extraordinaria genialidad, a los treinta y tres años alcanzó fama de pensador excepcional, de escritor y reformador social. Consciente de su gran poder espiritual, fue siempre un convencido espiritualista y su clara inteligencia le señaló siempre la verdad de aquello en lo que se debía creer: el bien, Dios, el Mesías. Él creía en esto, pero sólo se amaba a sí mismo. Creía en Dios, pero en lo profundo de su alma, inconsciente e involuntariamente, se prefería a sí mismo.

Creía en el Bien, pero el ojo de la Eternidad que lo ve todo, sabía que este hombre se arrodillaría frente a la potencia del mal apenas ésta lo conquistase; no con el engaño de los sentimientos o de las pasiones bajas, ni tampoco con la seducción de un alto poder, sino tan sólo estimulando su desmesurado amor propio».

Ya lo dijo el Señor antes de su ascención al Cielo: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado[6]


 [1] Mt 3,10.
[2] Mt 5,30.
[3] Mt 5,37.
[4] Mt 7,5.
[5] Dominus Iesus, 5
[6] Mt 28,18-20.