Artículos Opinión

Momo y los ladrones del tiempo

El 2 de abril se celebra el día internacional del libro infantil creado en 1967 coincidiendo con la fecha del nacimiento del escritor danés Hans Christian Andersen. Por eso quiero hacer una pequeña reseña de un libro “infantil” pero que esconde un tesoro para los lectores de cualquier edad.

«Momo, o la extraña historia de los ladrones de tiempo y de la niña que devolvió el tiempo a los hombres», del escritor alemán Michael Ende, es uno de esos libros que, a primera vista, parece un “libro para niños” y nada más. Es la historia de una niña que aparece de la nada en un barrio de las afueras de una ciudad; no tiene parientes, y se llama a sí misma “Momo”. Se aloja en unas ruinas donde los vecinos le arreglan una pequeña habitación.

Momo tiene un don excepcional: Es capaz de escuchar. Pero escuchar de verdad, ayudando, sin decir nada, a que las personas entren en sí mismas y descubran lo que de verdad hay en sus corazones:

“¿Es que Momo era tan increíblemente lista que tenía un buen consejo para cualquiera? ¿Encontraba siempre las palabras apropiadas cuando alguien necesitaba consuelo? ¿Sabía hacer juicios sabios y justos? No; Momo, como cualquier otro niño, no sabía hacer nada de todo eso.

Entonces, ¿es que Momo sabía algo que ponía a la gente de buen humor? ¿Sabía cantar muy bien? ¿O sabía tocar un instrumento? ¿O es que –ya que vivía en una especie de circo– sabía bailar o hacer acrobacias? No, tampoco era eso.

¿Acaso sabía magia? ¿Conocía algún encantamiento con el que se pudiera ahuyentar todas las miserias y preocupaciones? ¿Sabía leer en las líneas de la mano o predecir el futuro de cualquier otro modo? Nada de eso. Lo que la pequeña Momo sabía hacer como nadie era escuchar. Eso no es nada especial, dirá, quizás, algún lector; cualquiera sabe escuchar.

Pues eso es un error. Muy pocas personas saben escuchar de verdad.”

Este don de escuchar convierte a Momo en objetivo de un grupo de seres que se dedican a robar el tiempo de los hombres. Estos “hombres grises” a través de distintos medios convencen a las personas de que el tiempo es valioso y no debe ser malgastado, pero esto no es más que un truco para robarles a los seres humanos lo más valioso que tienen.

El Tiempo y el Silencio

Los “Hombres grises” van convenciendo a muchos de la necesidad de ahorrar el tiempo: «el tiempo es oro» es uno de sus más conocidos lemas y esta obsesión por ahorrar tiempo, por mantenerse siempre ocupados, por no desperdiciar ni un momento en cosas “superfluas” hace que el silencio sea cada vez más peligroso:

Según decían, tenían que aprovechar incluso los ratos libres, con lo que tenían que conseguir como fuera y a toda prisa diversión y relajación.

“Así que ya no podían celebrar fiestas de verdad, ni alegres ni serias. El soñar se consideraba, entre ellas, casi un crimen. Pero lo que más les costaba soportar era el silencio. Porque en el silencio les sobrevenía el miedo, porque intuían lo que en realidad estaba ocurriendo con su vida. Por eso hacían ruido siempre que los amenazaba el silencio. Pero está claro que no se trataba de un ruido divertido, como el que reina allí donde juegan los niños, sino de uno airado y pesimista, que de día en día hacía más ruidosa la ciudad.

El que a uno le gustara su trabajo y lo hiciera con amor no importaba; al contrario, eso sólo entretenía. Lo único importante era que hiciera el máximo trabajo en el mínimo de tiempo.”

No voy a desarrollar aquí la trama del libro, ni a hacer un análisis exhaustivo; lo que quiero es simplemente reseñar un elemento que me atrajo particularmente: el silencio.

En “Momo” el silencio —el silencio de verdad— no es algo pasivo; es una propiedad “activa” de la realidad, es, digámoslo así, un lenguaje propio de la Creación:

Momo escuchaba a todos: a perros y gatos, a grillos y ranas, incluso a la lluvia y al viento en los árboles. Y todos le hablaban en su propia lengua.

Algunas noches, cuando ya se habían ido a sus casas todos sus amigos, se quedaba sola en el gran círculo de piedra del viejo teatro sobre el que se alzaba la gran cúpula estrellada del cielo y escuchaba el enorme silencio.

Entonces le parecía que estaba en el centro de una gran oreja, que escuchaba el universo de estrellas. Y también que oía una música callada, pero aun así muy impresionante, que le llegaba muy adentro, al alma.

Y es ese silencio el que los hombres tienen que recuperar si quieren ser felices, si quieren volver a ser dueños de su tiempo y de sus vidas. No en el trabajo sin descanso, no en el ritmo frenético de nuestra sociedad actual, no en el ruido constante de los medios de comunicación y las redes sociales, sino en las pequeñas cosas que hacen una gran diferencia en la vida. Pareciera fácil, pero es un gran reto; es ir contracorriente, es aprender a ver “con los ojos del corazón”, como decía Antoine de Saint-Exupéry.

En fin, un libro corto y sencillo con una gran enseñanza y una desconcertante actualidad.

© 2017 – Carlos Díaz Galvis para el Centro de Estudios Católicos – CEC