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Editorial VE 89: La reconciliación hoy

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RevistaVE89 pdfHace 30 años el Papa Juan Pablo II recogió en la exhortación apostólica Reconciliatio et paenitentia los frutos del Sínodo de los Obispos reunido para profundizar sobre la reconciliación y la penitencia en la misión de la Iglesia.  Dicho evento eclesial, así como el citado documento, enfatizaban que hablar de reconciliación es «una invitación a volver a encontrar —traducidas al propio lenguaje— las mismas palabras con las que Nuestro Salvador y Maestro Jesucristo quiso inaugurar su predicación: “Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1,15), esto es, acoged la Buena Nueva del amor, de la adopción como hijos de Dios y, en consecuencia, de la fraternidad»[1].  En ese sentido, la reconciliación «es ante todo un don misericordioso de Dios al hombre.  La historia de la salvación —tanto la de la humanidad entera como la de cada hombre de cualquier época— es la historia admirable de la reconciliación»[2].  De esta forma, tanto el Sínodo como la exhortación apostólica fueron expresión del «ansia por conocer y comprender mejor al hombre de hoy y al mundo contemporáneo»[3] desde la Buena Nueva, desde la historia de la salvación, es decir desde la mirada de la fe.

Reconciliatio et paenitentia recoge la acuciante preocupación del Concilio Vaticano II por hacer audible al ser humano de nuestro mundo la Buena Nueva, y se hace eco del magisterio y los esfuerzos pastorales que el Papa Pablo VI realizó en continuidad con el impulso de la renovación conciliar.  La revista «Vida y Espiritualidad» quiere conmemorar este documento y aprovechar la ocasión para poner a consideración un tema central en la vida de la Iglesia como es el de la reconciliación.

Proclamar el don de la reconciliación es proclamar la centralidad del gran acontecimiento cristiano, en atención reverente y profunda a las circunstancias de los hombres y mujeres encarnados en su propio tiempo.  En ese sentido, con respecto al tiempo en que se promulgó la exhortación, San Juan Pablo II, desde su penetrante mirada de Pastor, veía un mundo lacerado por la ruptura.  Con dolor, el Papa expresaba que percibía un «mundo en pedazos», y que la vida de la Iglesia no era ajena a las rupturas.  La mirada cabal de la realidad, enraizada en la fe y la esperanza, no busca esconder las expresiones de la ruptura, pues, como decían los obispos chilenos a mediados de los años ’80, «la palabra misma “reconciliación” podría desvirtuarse si se considerara como una simple conciliación que ocultara la gravedad de los problemas»[4].

¿De dónde proviene esa mirada integradora que asume la ruptura —sin ignorarla ni agudizarla— en un horizonte de mayor significación?  Esa mirada se enraíza en el dinamismo reconciliador de la Encarnación.  El Verbo de Dios hecho hombre ha asumido la realidad humana para redimirla y elevarla: «Si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, reconciliados ya, seremos salvos en su vida» (Rom 5,10).  Nada de lo humano es ajeno al misterio de la reconciliación y, por tanto, desde él se entiende aquella «dimensión “vertical” de la división y de la reconciliación» que se derrama como una luz definitiva sobre la «dimensión “horizontal”» es decir, «sobre la realidad de la división y sobre la necesidad de la reconciliación entre los hombres»[5].

Sobre este fundamento la Iglesia, poniendo al hombre en el centro de su atención y misión evangelizadora[6], puede considerar con serenidad y esperanza la realidad, en toda su complejidad, y proponer «una mirada penetrante a la reconciliación, para así profundizar su significado y alcance pleno, sacando las consecuencias necesarias en orden a la acción»[7].

Fijos, pues, los ojos en el misterio de Cristo Reconciliador[8], poniéndose «a la escucha del grito del hombre y viendo cómo manifiesta en las circunstancias de la vida una nostalgia de unidad con Dios, consigo mismo y con el prójimo», Juan Pablo II propuso con fuerza a la Iglesia y al mundo «ese don original de la Iglesia que es la reconciliación»[9].

A la raíz de la ruptura y de la reconciliación

La voz del Pastor invita a considerar que para la Iglesia proclamar el Evangelio de la Reconciliación es una «verdadera función profética»[10].  ¿Qué significa esto?  Significa llevar la reflexión a la raíz de la ruptura, señalando la «causa radical de toda laceración o división entre los hombres y, ante todo, con respecto a Dios: el pecado»[11].  Esta perspectiva “radical” nos aleja de toda forma de pesimismo o negatividad frente a la comprensión del ser humano y del mundo así como de todo romanticismo ingenuo.  Estamos, más bien, ante una aproximación al misterio desde una mirada realista que brota de la fe, la cual, al señalar el origen de toda forma de ruptura, indica también la unidad primigenia de la creación y la fuente de su reconciliación en Cristo Reconciliador.

El Apóstol San Pablo expresó de manera dramática la experiencia existencial de esta ruptura y se hizo eco de la profunda nostalgia de unidad y reconciliación que también inquieta el corazón humano.  Pablo se descubre «vendido al poder del pecado» bajo el imperio de esta ley: «Queriendo hacer el bien, es el mal el que se me presenta.  Pues me deleito en la ley de Dios según el hombre interior, pero advierto otra ley en mis miembros que litiga contra la ley de mi razón y me encadena a la ley del pecado» (Rom 7,14.21-23).  Su desgarradora exclamación recoge el grito de todo ser humano que ha tomado contacto con la raíz de su ruptura: «¡Desdichado de mí!  ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?» (Rom 7,24).

Tal vez aquí radique una de las grandes paradojas de una visión del hombre que no toma en cuenta la densidad real del pecado y sus consecuencias en la vida del ser humano: Si excluimos el pecado, entonces la noche del pesimismo y la negatividad se cierne sobre el hombre sin remedio.  La revelación del pecado nos permite comprender el porqué de una vida fragmentada, rota, el porqué de nuestras contradicciones y rupturas aquí y ahora.  Y puesto que «donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rom 5,20), podemos también esperar fundadamente la liberación de sus cadenas: «¡Gracias a Dios, por Jesucristo nuestro Señor!» (Rom 7,25).

Así, pues, la voz profética de la Iglesia «en lo que a la reconciliación se refiere, en cualquier nivel haya de actuarse», reside «en el hecho de que ella apela siempre a aquella reconciliación fontal», aquella que es el «principio eficaz de toda verdadera reconciliación»[12].  Lo que debería ser algo evidente y conocido por todos en la vida de la Iglesia necesita ser renovadamente anunciado: El Señor Jesús, y sólo Él, sana las heridas, nos rescata del pecado, nos reconcilia con Dios, con nosotros mismos, con nuestros hermanos y con la creación toda, y nos encarga el ministerio de la reconciliación (ver 2Cor 5,18).  En Él realmente se calma la sed de comunión y reconciliación que aqueja el corazón del hombre.

Nuevos rostros de ruptura

Parece pertinente hacernos hoy, transcurridos 30 años, la misma pregunta que entonces se hacía el Papa en relación a la reconciliación: ¿Por qué proponer de nuevo este tema?  En primer lugar porque, como todo ser humano de cualquier época, somos personas necesitadas de reconciliación.  En segundo lugar porque la mirada a la realidad actual desde la fe nos muestra que el ser humano vive también hoy en medio de modalidades peculiares, específicas de nuestro tiempo, de ruptura y amenazas a su dignidad y vocación.  Quizá los rostros de la ruptura hayan cambiado o algunos se hayan agravado.  Sin embargo, la mirada desde el realismo del Evangelio nos permite reconocer su raíz, sopesar sus consecuencias y proponer maneras de salir al encuentro del hombre y evangelizar su cultura.

Hoy se percibe una forma de ruptura con lo real, con la realidad en cuanto tal y en especial con su fundamento, con Dios, que se manifiesta en un rechazo o indiferencia —teórica o práctica— a Él y a su Plan en la vida de las personas.  Ello parecería agudizar el proceso de dimisión de lo humano al punto de pretender desdibujar los contornos de la creación.  Asistimos, por ejemplo, a un in crescendo en el que de atentar contra el don de la vida se pasa a la pretensión de diseñar ideológicamente el matrimonio para llegar a la alteración de la propia identidad sexual.  La realidad de ser varón y mujer, dada por la naturaleza, también se busca someter al arbitrio libertino.  Esta forma de ruptura fue lúcidamente denunciada por Benedicto XVI, quien advertía: «Si no existe la dualidad de hombre y mujer como dato de la creación, entonces tampoco existe la familia como realidad preestablecida por la creación… Allí donde la libertad de hacer se convierte en libertad de hacerse por uno mismo, se llega necesariamente a negar al Creador mismo y, con ello, también el hombre como criatura de Dios, como imagen de Dios, queda finalmente degradado en la esencia de su ser.  En la lucha por la familia está en juego el hombre mismo.  Y se hace evidente que, cuando se niega a Dios, se disuelve también la dignidad del hombre»[13].

No se puede dejar de señalar la crudeza con la que nuevas formas de esclavitud someten hoy a millones de personas.  Dentro de ellas, y siendo todas igualmente perniciosas en cuanto que atentan contra la dignidad de la persona, hay una que viene alcanzando proporciones que algunos han calificado de epidémicas: la pornografía.  El salto cualitativo que los medios de información actuales han ocasionado hace fácilmente accesible material pornográfico, en muchos casos de manera gratuita.  No se puede minusvalorar el efecto cultural de esta plaga —y de la industria multimillonaria a la que ha dado lugar—, que ocasiona graves rupturas en la persona, adicciones, desviaciones y perversiones de diverso tipo, sumiéndola en el aislamiento y poniendo en serio riesgo su capacidad actual de relacionarse con otras personas y con Dios mismo y, en última instancia, de vivir el amor.

Por otra parte, la persecución y el martirio al que están siendo sometidos los cristianos en Oriente son un grito que clama por reconciliación.  Los conmovedores testimonios de hermanos y hermanas en Cristo, para quienes la fe no es un pensamiento sino aquello irrenunciable que configura su identidad, al tiempo que nos edifican son una evidencia de las rupturas que generan el terrorismo y el fundamentalismo religioso.  ¿Quién toma la bandera de estos miles y miles de desplazados en Siria, en Iraq, en África?  ¿Quién defiende sus derechos fundamentales?

Tanto Benedicto XVI como el Papa Francisco han advertido sobre los peligros de la autonomía absoluta del mercado y de la especulación financiera que no toma en cuenta a la persona humana, particularmente a los más débiles, a los que quedan excluidos de la dinámica que le es propia[14].  ¿No se ha convertido el mercado en un nuevo Leviatán, configurando un orden de cosas en el que se adora a un nuevo dios?  Más allá de las necesarias consideraciones situacionales, de la complejidad y gradualidad en los procesos que se deben dar para cambiar las estructuras económicas establecidas, no podemos como cristianos ignorar las palabras de Cristo que inequívocamente delinean lo que es esa forma radical de ruptura con Dios que es la idolatría: «Nadie puede servir a dos señores, pues o bien desatenderá a uno y amará al otro, o bien adhiriéndose al uno pospondrá al otro.  No se puede servir a Dios y a las riquezas» (Mt 6,24).

La reconciliación hoy

El Papa Francisco plantea como un principio de análisis y acción el que la unidad prevalezca sobre el conflicto.  Para ello, dice, «el conflicto no puede ser ignorado o disimulado» y tampoco podemos detenernos «en la coyuntura conflictiva» de manera que «perdamos el sentido de la unidad profunda de la realidad».  El conflicto «ha de ser asumido»[15] en «Cristo que ha unificado todo en sí: cielo y tierra, Dios y hombre, tiempo y eternidad, carne y espíritu, persona y sociedad.  La señal de esta unidad y reconciliación de todo en sí es la paz»[16].

La reconciliación, pues, no es —como tampoco lo fue hace 30 años— una respuesta situacional, de coyuntura.  Nos permite una apropiación del Acontecimiento central de la historia de la humanidad hoy, asumiendo la realidad en todas sus dimensiones desde y en Aquel en quien quiso el Padre que «habitase toda la plenitud y por Él reconciliar consigo, pacificando mediante la sangre de su Cruz todas las cosas, así las de la tierra como las del cielo» (Col 1,19-20).  En este sentido, comprender al hombre situado, con sus grandezas y miserias, con sus alegrías y esperanzas, con sus anhelos y rupturas, en clave de reconciliación nos permite como hijos de la Iglesia atender con realismo y eficacia a sus necesidades urgentes, anunciándole al mismo tiempo la verdad sobre sí mismo, su situación, su razón de ser y su destino definitivo.

Iglesia reconciliada y reconciliadora

La reconciliación es un don que viene de Dios y del cual la Iglesia es depositaria.  En ese sentido, San Agustín caracterizaba a la Iglesia, en su más profundo sentido espiritual, como «mundo reconciliado»[17].  En ella Dios sigue obrando el misterio de la reconciliación del cual es signo e instrumento.  «En conexión íntima con la misión de Cristo se puede, pues, condensar la misión —rica y compleja— de la Iglesia en la tarea —central para ella— de la reconciliación del hombre: con Dios, consigo mismo, con los hermanos, con todo lo creado»[18].

Como bautizados hemos sido reconciliados de esa ruptura fundamental que es el pecado, y hemos recibido el ministerio y la palabra de la reconciliación (ver 2Cor 5,18).  Esta tarea alcanza a todo bautizado y exige un continuo proceso de acoger ese don en la propia vida.  Para el discípulo de Cristo la reconciliación está, pues, íntimamente unida a la conversión personal.  No podemos realizar el ministerio de la reconciliación si no vivimos cotidianamente el don de la reconciliación; no podemos anunciar al mundo la palabra de la reconciliación si no vivimos reconciliados como comunidad eclesial.

En este sentido, el santo Papa Juan Pablo II planteaba un horizonte que hoy nos interpela con total actualidad: La Iglesia «para ser reconciliadora, ha de comenzar por ser una Iglesia reconciliada.  En esta expresión simple y clara subyace la convicción de que la Iglesia, para anunciar y promover de modo más eficaz al mundo la reconciliación, debe convertirse cada vez más en una comunidad (aunque se trate de la “pequeña grey” de los primeros tiempos) de discípulos de Cristo, unidos en el empeño de convertirse continuamente al Señor y de vivir como hombres nuevos en el espíritu y práctica de la reconciliación»[19].


[1] San Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, 1.

[2] Allí mismo, 4.

[3] Allí mismo, 1.

[4] Conferencia Episcopal Chilena, Reconciliación en la verdad, 1985, n. 12.

[5] San Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, 7.

[6] San Juan Pablo II, Redemptor hominis, 14.

[7] Allí mismo, 4.

[8] Ver allí mismo, 7.

[9] San Juan Pablo II, Homilía en Misa conclusiva del Congreso Eucarístico de las diócesis de Téramo y Atri, 30/6/1985, 6.

[10] San Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, 4.

[11] Lug. cit.

[12] Lug. cit.

[13] Benedicto XVI, Discurso a la Curia romana con motivo de las felicitaciones de Navidad, 21/12/2012.

[14] Ver Benedicto XVI, Caritas in veritate, 25, 35-41; Francisco, Evangelii gaudium, 53-58, 202-208.

[15] Allí mismo, 226.

[16] Allí mismo, 229.

[17] San Agustín, Sermo 96, 7: PL 38, 588.

[18] San Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, 8.

[19] Allí mismo, 9.

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